Estas máquinas infernales desde las que escribimos adolecen de ser estúpidamente imperfectas y a veces, nos juegan malas pasadas, como la que esta compañera me hizo anoche, escamoteándome el artículo que me había costado toda la tarde escribir.
Iba sobre el comienzo del proceso Malaya y, al ir a colgarlo esta mañana, me he llevado la desagradable sorpresa de encontrar un preocupante vacío, por lo que deduzco que pulsé la tecla indebida y el ordenador no lo archivó.
Como reconozco mi casi absoluta ineptitud a la hora de andar buscando en las entrañas de este tecnológico amigo, me apresuro a improvisar unas líneas para no romper el lazo de unión que nos une y a maldecir en arameo contra la costumbre de depender de estas modernices para comunicarme con vosotros, ya que recién levantada, es prácticamente imposible hilar con claridad los pensamientos para montar algo medianamente interesante.
Quizá, cuando aparezca el experto informático de esta santa casa, en uno de sus imaginativos alardes de conocimiento, sea capaz de llegar a dar con el paradero del trabajo y mañana sin falta, lo tendréis en el blog, lo prometo.
Mientras, aprovecharemos para añorar la época en que las máquinas de escribir, con su maravilloso sonido de teclado, nos acompañaban por la vida sin más función que plasmar en la blancura del papel nuestros pensamientos y no había truco ni cartón: si escribías el papel se emborronaba y si no, es que no habías escrito.
Pero en fin, esta es la época que es y nosotros esclavos de la tecnología, de sus ventanas, entresijos, archivos y complicados subterfugios que a veces nos dejan a cuadros, como a mí –y a vosotros- esta mañana. Perdón.
Iba sobre el comienzo del proceso Malaya y, al ir a colgarlo esta mañana, me he llevado la desagradable sorpresa de encontrar un preocupante vacío, por lo que deduzco que pulsé la tecla indebida y el ordenador no lo archivó.
Como reconozco mi casi absoluta ineptitud a la hora de andar buscando en las entrañas de este tecnológico amigo, me apresuro a improvisar unas líneas para no romper el lazo de unión que nos une y a maldecir en arameo contra la costumbre de depender de estas modernices para comunicarme con vosotros, ya que recién levantada, es prácticamente imposible hilar con claridad los pensamientos para montar algo medianamente interesante.
Quizá, cuando aparezca el experto informático de esta santa casa, en uno de sus imaginativos alardes de conocimiento, sea capaz de llegar a dar con el paradero del trabajo y mañana sin falta, lo tendréis en el blog, lo prometo.
Mientras, aprovecharemos para añorar la época en que las máquinas de escribir, con su maravilloso sonido de teclado, nos acompañaban por la vida sin más función que plasmar en la blancura del papel nuestros pensamientos y no había truco ni cartón: si escribías el papel se emborronaba y si no, es que no habías escrito.
Pero en fin, esta es la época que es y nosotros esclavos de la tecnología, de sus ventanas, entresijos, archivos y complicados subterfugios que a veces nos dejan a cuadros, como a mí –y a vosotros- esta mañana. Perdón.

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