martes, 26 de octubre de 2010

El olvido en la arena

Va siendo hora que los Organismos Internacionales establezcan, de una vez, a quién corresponde la propiedad de las arenas saharauis.
Ha pasado demasiado tiempo sin que una resolución clara y contundente se haya tomado sobre este conflicto permanentemente candente, que amenaza con desembocar, cualquier día, en una escaramuza de mayor consideración, si las fronteras no se delimitan, atendiendo las dispares opiniones de las partes en litigio y ofreciendo una respuesta de justicia a los nativos del lugar, que satisfaga sus aspiraciones de ser dueños de una identidad propia, frente a las reclamaciones, evidentemente interesadas, de las naciones aledañas que añoran la posesión de un territorio con el único fin de explotar sus riquezas.
Aunque el gobierno marroquí se empeña en hacer ver al mundo que los ciudadanos que pueblan las arenas desean con ardor abrazar la bandera que les ofrecen, la realidad nunca admitida abiertamente, es que la inmensa mayoría reclama para su pueblo la constitución de un Estado independiente que, con pleno derecho y merecimiento, pueda gestionar los asuntos que les incumben sin la supervisión de la monarquía absolutista de Rabat, que roza radicalmente con la ideología progresista que los habitantes de la zona han ido adquiriendo a lo largo del tiempo, abanderados por el frente polisario.
La represión ejercida por Marruecos sobre los líderes de este movimiento es archiconocida por todos y los enfrentamientos que se producen frecuentemente, suelen acarrear una violencia gratuita como una demostración sistemática de fuerza que, sin embargo, pasa inadvertida para los encargados de legislar una solución justa para evitar males mayores que, de no corregirse, puede quizá acabar pareciéndose demasiado a lo que ocurre entre Palestina e Israel.
Ayer mismo, un chaval de dieciséis años resultó muerto en una de estas batallas y otras tres personas fueron heridas, en una zona en la que conviven mujeres y niños, sin que la reacción internacional haya hecho otra cosa más que pedir que el episodio se aclare a la mayor brevedad, volviendo a dejar absolutamente desamparado a un pueblo que parece no interesar a nadie.
Ya está bien de dorar la píldora a Marruecos con una permisividad que ignora de manera consciente la férrea dictadura que allí se ejerce, como si los valores democráticos, tan aireados como garantes de las sociedades modernas, quedaran enterrados cuando del gobierno de Rabat se trata, en un silencio aterrador que,en este caso, ni llama al orden, ni impone embargos económicos a quienes practican una política que carece de todo tipo de libertades.
Y es seguramente nuestro país, el primero en tener la obligación de preocuparse con vehemencia de hallar una vía rápida de solución al problema. Desinhibirnos de esta contrariedad, no exigir una radicalización en las posturas, no alzar la voz con contundencia en los foros internacionales que nos acogen, no hacen otra cosa que dar alas a las aspiraciones de quien probablemente se cree un semidiós con derecho a la ampliación de sus fronteras, aún a costa de la pérdida de vidas humanas o el sometimiento de las voluntades de los que nunca quisieron formar parte de su monarquía tiránica.
No obstante, todo quedará en palabrería vana y seguirá dilatándose en el tiempo, admitiendo periódicamente concesiones a un régimen autoritario, por no chocar diametralmente con el escozor que originaría la verdad.
Mientras, unos seres humanos con los mismos derechos que nosotros, han de soportar en medio de las arenas del desierto, las inclemencias del tiempo, la falta de agua y energía, y todas las necesidades primarias que puedan imaginarse, en un abandono inadmisible que clama a todos los cielos, cualesquiera que sean los dioses que los habiten.

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