miércoles, 12 de mayo de 2010

Un llamamiento a la unidad




El efecto dominó del conflicto griego no tarda en manifestarse en nuestro territorio y por primera vez en la historia, un presidente teóricamente socialista, reduce el sueldo a los funcionarios y congela las pensiones con una contundencia sin precedentes.
Avergüenza pensar que estos recortes en los derechos de los trabajadores provengan de un partido que aún lleva la o de obrero en sus siglas y que nace de unas premisas de reparto equitativo de los medios de producción o la riqueza y duele esta rendición al capitalismo feroz en detrimento de los más débiles cuando llega de la mano de los que tendrían, por doctrina, la obligación de defenderlos.
Resulta intolerable que en el discurso parlamentario de todos los partidos no se haga una sola mención a la Banca y lo que es peor, que siendo la culpable de la tremenda crisis que nos azota, salga ilesa manteniendo un volumen similar de beneficios y disfrutando de las ayudas estatales a fondo perdido mientras la vida de los ciudadanos se devalúa sin que nadie haga caso de sus lamentos.
Falta valor para ir a la raíz del problema, para afrontar una nacionalización a gran escala que solucionaría el déficit nacional con sus dividendos millonarios. Es más cómodo no enemistarse con las grandes potencias y cargar sobre las espaldas de los trabajadores los errores de la insaciable avaricia de quienes manejan los hilos del verdadero poder.
Falta honradez para explicar cómo es la situación en que nos encontramos y reconocer que somos meros peones de un sistema globalizado cuya exigencia parece no tener fin.
Falta moralidad para dejar de lamer la mano de los grandes patronos de nuestro siglo ocultos tras sus grandes negocios desde los que nos arrojan las migas de un trabajo cada vez más indigno y cuya fingida magnanimidad cada vez nos acerca más a la degradación y la aniquilación como seres humanos.
Debe pues ser nuestra primera obligación redefinirnos como clase y al igual que entre los de arriba es ley el corporativismo y la unión, hacer de nuestras voces una sola y de nuestra actitud una bandera para defender nuestros intereses que nada tienen que ver con los de los magnates y los grandes economistas.
Para nosotros, ha fallado el sistema y no queda otra opción para nuestra subsistencia que ser radicales en la dirección hacia un cambio total. Podríamos empezar por terminar de un plumazo con nuestra dependencia total de la banca: exigir el pago en mano de las nóminas, cancelar las tarjetas de crédito, retirar el dinero de las cuentas, etc. Y quizá continuar con una abstención total en las elecciones más próximas y por supuesto, una movilización a nivel nacional con paros de los que hacen daño al único lenguaje que se habla en estos tiempos: el dinero.
Sin una clase trabajadora no hay beneficios. Esto es claro y evidente. Sin una clase trabajadora, los cimientos de la sociedad capitalista de tambalean quebrando seriamente los valores en que se asienta, sin una clase trabajadora, se acaban los negocios, las fortunas y el estado de bienestar que les proporcionamos con nuestro esfuerzo durante tanto tiempo, sin una clase trabajadora no hay producción ni en definitiva, clase capitalista.
Ser conscientes de nuestra fuerza, de nuestro potencial y de la necesidad que tiene el poder de nosotros es seguramente, la única vía para cambiar un sistema que nunca nos favoreció y convertirlo en un modelo más acorde con nuestros elementales intereses. Es justo y necesario.











1 comentario: