jueves, 27 de mayo de 2010

En mis zapatos

Para entender al que tenemos enfrente no existe una lección mas esclarecedora que la de ponerse en su lugar. Hay posiciones que quedan tan lejos de una comprensión por nuestra parte, que sólo calzar los zapatos del otro y situarnos en su lado de la historia puede llegar a convencernos de lo que haríamos en su situación.
Esta debiera ser una práctica habitual obligatoria al menos una vez en nuestras vidas, pues contribuiría notablemente al destierro de la intolerancia y a la humanización de los radicalismos exagerados que conducen a una falta total de entendimiento.
Así, cuando nuestros políticos repiten hasta la saciedad que comprenden la posición de funcionarios y jubilados ante las últimas medidas adoptadas por el gobierno, su afirmación resulta por lo menos, incompleta y faltan datos que prueben que ese entendimiento pudiera siquiera acercarse a ser auténtico.
Adopten sus señorías la personalidad de los afectados: Abandonen por unos días el Congreso y trasládense durante un solo mes, por ejemplo, a la conserjería de un Instituto de barrio, cambien sus coches oficiales por un utilitario de segunda mano, soporten los atascos mañaneros hasta llegar a su lugar de trabajo ,dejen sus chalets de la Moraleja y acomódense en un piso de protección oficial de setenta metros en un barrio de la periferia, reciban en su nómina la magnífica cantidad de mil euros y empiecen a organizar el pago de los recibos de la hipoteca, la luz, el agua, el teléfono y los impuestos de circulación y la contribución urbana: distribuyan el sobrante en hacer una compra en un centro comercial donde los precios fluctúan de acuerdo a mercado, cambien los viajes al extranjero por una semana en un apartamento compartido en la playa más cercana o, como mucho, en la casa del pueblo y en vez de acudir a las cenas del palacio real, las inauguraciones de los locales de moda y a cualquier otro evento de la categoría de sus señorías, tómense una mala cerveza en el bar de la esquina sin poderse siquiera permitir una tapa de tortilla, porque los mil euros hace tiempo que se acabaron y ya empiezan a acumular deudas para el mes que viene. Además, han de prescindir de las tiendas de lujo para adquirir la ropa que llevan (la pague quien la pague) y aficionarse a los mercadillos de la zona para poder vestir de una manera decente, reducir la paga de sus hijos cuando salen a la calle, apuntarlos a los colegios públicos y olvidarse de los estudios en Estados Unidos o los master de perfeccionamiento para que su educación llegue a ser completa. Prescindan del Club de tenis, el palco del Bernabeu o las entradas del rally de Montecarlo porque lo más cerca que estarán del deporte será el sillón de su casa o el Polideportivo municipal.
Si se ponen enfermos, su sueldo no dará para mantener el gasto que supone una compañía privada y sus muy ilustres posaderas habrán de soportar estoicamente las nueve horas en las urgencias de los hospitales públicos, su dolencia no podrá ser inmediatamente operada y entrarán a formar parte de una lista de espera en la que no es extraño acabar muerto y, por si fuera poco, tendrán que ir a trabajar todos los días sin los periodos vacacionales a que se acostumbraron cuando ingresaron en la política y el único regalo que recibirán será una agenda de plástico malo que les repartirán en navidad como deferencia a los servicios prestados y para que no olvide el calendario laboral.
Y ahora, encuéntrense con que quien ocupó su lugar en este trueque, les sorprende anunciándoles que a los mil euros que tanto estiró para cubrir sus necesidades vitales, se les recortan un cinco por ciento por decreto, que debe ponerse manos a la obra para ver de qué modo es capaz de hacer lo mismo con menos dinero y autoconvénzase de que es culpable de la crisis y que encima, ha de prestar dinero a la banca,
Y cuando experimenten todo esto, podrán decir con toda propiedad que nos comprenden y nosotros, cuando hayamos sufrido en carne propia todos los privilegios que las ajetreadas vidas de sus señorías tienen, seguramente entenderemos también. Y no querremos volver jamás al estado inicial en que nos encontrábamos ni conservar el recuerdo de las experiencias pasadas cuando en vez de ustedes, éramos nosotros.

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