Como por hechizo, se recupera repentinamente la Bolsa con la sola mención de la creación de una especie de caja de resistencia europea que será la muleta de los países más desfavorecidos de la Unión, en caso de necesitarlo.
El abracadabra de los ministros de economía alentando al recorte del gasto público y el compromiso fehaciente de conseguirlo, obra como un bálsamo en la maltrecha situación que atravesamos y el parquet se anima hasta la locura creando una corriente de movilidad monetaria que inunda los mercados de buenas nuevas.
Sale la oposición como siempre, adjudicándose el éxito de la operación y criticando ferozmente al gobierno y al mismo tiempo, pierden en intención de voto quedándose a una distancia mínima de los que según ellos, son los únicos causantes del caos en el que nos movemos mientras los de a pie contemplamos atónitos todas estas escenas sin comprender absolutamente nada.
Es la política de altos vuelos, que nos abruma primero pronosticándonos una bajada sin freno a los infiernos y nos aupa después al infinito creándonos en un mismo día un enorme desconcierto.
Porque mientras suceden estas cosas, cerca de cinco millones de compatriotas siguen engrosando las listas del INEM sin que gobierno, ni oposición, ni los altos estamentos de la Comunidad Económica Europea, aboguen claramente por hacer de esta causa desesperada, el objetivo prioritario de su agenda. Se escudan en reformas laborales que se encaminan claramente a un recorte en los derechos del trabajador, en aumentar el rendimiento, en minimizar el gasto social y en luchar a capa y espada contra toda especulación que pueda devaluar el precio de un dinero que permanece en manos de los poderosos.
Y sin embargo, el gran abismo entre clases que se va instalando de manera sibilina entre nosotros, el endeudamiento de las familias, la trágica agonía de los jóvenes para poder iniciar un camino, no son siquiera mencionados en ninguna de sus actas de reunión, como si fueran un pecado venial que tuvieran, en su magnanimidad, que perdonarnos a diario.
Entretanto, colocados en el borde del precipicio, los ciudadanos abominan de haber depositado su confianza en quienes no parecen merecerla. Ya no le sirven los discursos de buena voluntad fingida, ni las largas sesiones parlamentarias que en lugar de abrir caminos van cerrando puertas, ni los tira y afloja de los partidos que claramente no albergan otra pretensión más que la de destronarse unos a otros para asegurarse una posición de privilegio. Se nos han muerto los principios ideológicos en una guerra librada exclusivamente contra las cifras astronómicas de los grandes emporios y nos hemos cansado de que nadie pronuncie nuestros nombres.
Tenemos claro que saldremos de esta crisis cuando y donde ellos quieran. Seguramente mucho más humillados y empobrecidos de lo que entramos en ella, pero probablemente adscritos de por vida a un odio visceral a la clase política que permitió que nos ahogáramos sin echar un cable al mar de nuestras miserias.
Así que sintiéndolo mucho, toda la euforia que hoy protagonizaron las Bolsas, nos importa un carajo. Ninguno de nosotros se pudo permitir jamás invertir en ella y nuestra única preocupación no es otra que la de saber si tendremmos dónde ir a trabajar mañana.

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