martes, 4 de mayo de 2010

Arriba el telón.



La imposibilidad de encontrar buenas noticias en el panorama informativo parece perseguirnos a través del territorio nacional como una espada de Damocles que nos acecha esperando una distracción por nuestra parte.
La olla de grillos en que se ha convertido la política, la lista interminable de delitos, encabezados por la violencia de género, la decepción generalizada de los ciudadanos con sus representantes y en particular, la mala educación, protagonizan los titulares de la prensa convirtiéndola en casi folletinesca.
A veces dan ganas de abandonar. Ser sordo, mudo y ciego a los malos augurios que nos llegan fotografiados y comentados al detalle y que logran que se nos atragante la comida provocándonos un escalofrío capaz de helar la más dura de las conciencias.
Quizás la proliferación de los medios informáticos, con su celeridad apabullante, contribuya sobremanera a esa saturación de desastres que se ciernen sobre nuestras vidas cotidianas y el tono exasperado de los oradores, se convierta en la guinda que adorna el envenenado pastel que nos sirven sobre las páginas de los diarios.
Pues basta ya. Hay que dar una oportunidad al optimismo, al buen humor, a la risa y a la bonanza de las cosas pequeñas que aunque carecen de valor económico, reconfortan el espíritu. Es un poco, como elaborar una de esas listas de obligado cumplimiento que tanto gustan a los cineastas para incluir en sus historias románticas.
No vendría mal poner una pincelada de humor a la tragedia y dejarnos convencer por el lado menos siniestro de las cosas intentando sacar lo poco de bueno que pudiera haber en ellas para devolvérnoslas mejoradas y reconfortantes.
Se podría suavizar el tono de la escritura, tratar de ser menos hirientes en nuestras afirmaciones sobre los otros, construir en vez de destruir, escudriñar en las historias haciendo menos drásticos sus finales, en fin reírnos de nosotros mismos, de nuestros propios defectos y carencias.
Material no nos falta y son muchos los que podrían ser actores principales de tan grata comedia. Basta una mirada alrededor, una pizca de observación satírica y las ganas de adornar a los personajes y situaciones con una alta dosis de teatralidad.
La función estaría servida.



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