domingo, 9 de mayo de 2010

Los espejos rotos




Todo un mundo de perversos sueños se desliza diariamente bajo la cama de nuestros jóvenes. Subyugados por grandiosas imágenes prefabricadas de rutilante neón, caen rendidos ante los ídolos una y otra vez recompuestos que les ofrecen su perfección a través de todo tipo de pantallas.
El concepto de estética y los cánones de belleza se han impuesto sobre la débil voluntad de quienes han tenido la suerte de vivir una vida fácil, han penetrado en la profundidad de su espíritu arrastrándolos hacia una esclavitud tácita que parece no tener vuelta atrás.
La posibilidad de cambiar la fisonomía con la que nacimos, se ha convertido en una peligrosa rutina que está desembocando en una exigencia clamorosa para conseguir un físico de diseño y la permisividad de los progenitores alimenta las descabelladas ideas de quienes ni siquiera son aún capaces de tomar una decisión con plenitud de facultades.
El bombardeo desconsiderado de engañosa publicidad sobre moda, dietas y cosméticos, los cuerpos esculpidos a golpe de bisturí de actores y modelos, la machacona idealización de la felicidad a través de lo que se considera bello, nos han colocado en una coyuntura tiránica que ni siquiera nos permite una concesión a la naturalidad sin ser mal considerados por quienes nos rodean.
Pero ¿qué queda después de la belleza? . El paso inexorable del tiempo, probablemente nos traiga la respuesta pero difícilmente estaremos preparados para admitirla si basábamos toda nuestra vida en cuestiones estrechamente relacionadas con la visión de nuestra imagen en los espejos.
Resulta indiscutible que negociar con la estabilidad mental de los jóvenes ya debería, per se, constituir un delito. Sin embargo, es tal el volumen de negocio que se mueve alrededor de este submundo sin corazón, que no interesa a los gobiernos terminar de un plumazo con la mentira colectiva de que cualquiera puede ser perfecto.
El amargo cáliz que soportan las familias de los afectados por anorexia, podría ser la punta del iceberg que empieza a mostrar una mínima parte del volumen de daños que la sobre valoración de la estética personal puede traernos. Habría que cuestionarse si todo ese sufrimiento sin salida en la mayoría de los casos, merece la pena sólo por poseer un reflejo engañoso de lo que nos hubiera gustado ser.
Por otra parte, se está haciendo habitual la repetición de un mismo modelo en los escaparates de nuestra juventud que da un aspecto de rebaño al grueso de la población. El mismo corte de pelo, los mismos pechos de silicona, el mismo grosor en los labios, las mismas nalgas y las mismas narices les hacen parecer clones idénticos salidos de la misma probeta de laboratorio o en este caso, de las mismas clínicas de cirugía por las que se animaron a pasar.
La originalidad de lo genuino se diluye en el aire destruyendo aquello que nos diferenciaba de los demás convirtiéndonos en únicos e irrepetibles. A todos nos cabe la culpabilidad de fomentar con nuestro silencio estas posturas descontroladas cercanas a la obsesión y a la locura. Y por tanto, a todos nos cabe el deber de hacer un arma del diálogo para tratar de terminar con esta esclavitud en la que dejamos caer a nuestros hijos para educarlos en la obligación de ser ante todo, personas, sin que el aspecto sea prioritario en su tránsito por la vida ni imprescindible para su felicidad.







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