El grado de crispación de un país es el caldo de cultivo ideal para confundir la mirada de quienes los habitan. Los pueblos son cómodos por naturaleza y necesitan la figura del líder como representante de su voz y de sus esperanzas.
La necesidad de ser gobernado se acentúa en los tiempos difíciles y es propensa a la manipulación ideológica por parte de quienes ansían el poder por encima de todas las cosas.
Es lícito delegar responsabilidades por medio de las urnas y desear la pronta resolución de los problemas depositando en los políticos nuestra confianza, pero habría que estar preparado ante los encantadores de serpientes que se ofrecen a la salvación de las masas y de cuyos antecesores nos quedó tan ingrato recuerdo.
Es fácil encabezar un movimiento aglutinador e ilusionante que reúna a los se3gidores mas desfavorecidos alrededor de un liderazgo. No hay más que ahondar una y otra vez en un recordatorio sistemático de las carencias sin permitir a los individuos que olviden su malestar , insinuando que la única salida posible estaría en el camino que le ofrecen determinadas manos. También es fácil excluir a quienes desde el principio demuestran una clara oposición, sólo hay que inventar una excusa y provocar desde la sombra una psicosis que aconseje su desaparición de la escena para que el bienestar colectivo pueda ser alcanzado. Se ha de acompañar esto con un discurso enardecedor capaz de alterar las conciencias y hacer que se unan bajo la protección indispensable de quien capitanea el movimiento…y habremos creado un fascismo.
La única medicina contra esta enfermedad de nuestro tiempo sería una consideración de los hechos mucho más coherente. La huída hacia adelante del hombre moderno habría de pasar forzosamente por una mirada individual y razonada de la situación en la que se encuentra y una participación colectiva en el esfuerzo de la reconstrucción de un mundo en el que quepamos todos.
Por ello es necesario saber dónde mirar y aplicar desde la libertad de elección los mecanismos que preserven los principios de los individuos, sen cuales fueren sus tendencias ideológicas y su criterio.
Perder la dignidad permitiendo la alienación de los pueblos es un peligro que debemos evitar significando con nuestra actitud ante la vida que nuestra prioridad es la de conservar nuestro propio pensamiento.
Obligatoriamente, habremos de estar alerta porque probablemente los Mesías llegarán ejercitando su mágica persuasión para arrastrarnos hacia un camino que no tendrá vuelta atrás y no podremos asombrarnos si después creamos una historia que nos avergonzará para siempre.

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