En el año l928, un recién nacido con importantes minusvalías físicas, fue abandonado en un cajón a las puertas del Hospital provincial de Pontevedra. Así comenzó la historia de Agapito.
Hasta ahí todo entraría dentro de una aceptable rutina, pero a pesar de que nos movemos en un mundo que se nutre generalmente de malas noticias, la vida de este hombre que ahora acaba de morir, me h parecido una pincelada de ternura entre tantas cenizas.
Los hechos son los que han sido, pero se me dispara la vena de escritor y los novelo conmovida por la escueta noticia que he leído en un diario imaginando cómo pudieron ser los acontecimientos que generan una anormalidad humana y maravillosa.
Los mismos facultativos de entonces, examinaron con los escasos medios de que disponían al recién nacido, diagnosticando una inmovilidad en tres de sus miembros.
Quizá arropados por el equipo de enfermeras, se angustiaron por el futuro de la criatura, que no habría de ser otro que su reclusión en un hospicio. Es probable que amparados en las dolencias que padecía y en espera de que una mejor idea aflorara a sus bien pensantes cabezas, tomaron la decisión de ingresarle en el Hospital guardando secretamente la esperanza de que alguien se apiadara de él.
Transcurrido un tiempo prudente y dado su lamentable estado, cualquier posibilidad se hizo menos probable y se tomó la decisión unánime de adoptarlo en la institución y asumir su crianza.
Agapito fue niño, adolescente, joven. Fueron cambiando las generaciones de médicos, de enfermeras. Pasaron miles de pacientes por las salas del Hospital, la Medicina y la vida se modernizaron y a la vez que él, fueron creciendo.
Llegado a la madurez, se le asignó una habitación que hizo suya. Hasta el punto que el Ayuntamiento consintió en empadronarlo en ella, como a cualquier hijo de vecino.
Pronto empezó a colaborar en tareas del hospital para no estar ocioso y se convirtió en parte integrante de un edificio del que se negó sistemáticamente a salir hasta que tuvo más de sesenta años.
A esa edad y por única vez en su vida, accedió a ver el mar.
Es de imaginar su asombro y su alegría ante la grandiosidad inexplicable del Océano. Allí miró al cielo, aspiró la brisa salada, tocó la arena de la playa y volvió para siempre, agradecido por la suerte de haber visto una maravilla, a su refugio tranquilo del Hospital.
Y allí ha permanecido hasta su muerte.
La vida, que en cierta medida fue muy generosa con él, suplió el abandono y la soledad regalándole incontables amigos. Los mismos que ahora lloran su ausencia y hacen perdurable su recuerdo.
Yo, que nunca le conocí, quiero hoy desde mi página hacerlo mi noticia. Su historia me parece una perla de valor incalculable y un ejemplo de solidaridad infinita que merece ser repetida, por inaudita y por hermosa.

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