La observación de lo que nos rodea puede llegar a ser un ejercicio de sana reflexión para aquellos que mostramos un mínimo interés por ser portadores de noticias. A veces no se trata tanto de contar hechos concretos, sino de relatar una sucesión de acontecimientos que aparentemente, nada tienen que ver entre si pero que sin embargo, por mera intuición uno coloca en un mismo hábitat dentro de su cabeza.
Es como si una suerte de azares confluyera a la vez en lugares distintos produciendo una reacción en cadena que se presenta ante nosotros como una historia completa. Permítanme un inciso en mi columna diaria para ilustrar el ejemplo.
Hoy me he bajado de la cama viendo el rostro abatido del presidente Zapatero, en quién tantas esperanzas pusimos después de aquel cuatro de Marzo. Es ahora la suya una imagen de absoluta desolación, el espectro macabro de un hundimiento asumido que se debate en los últimos estertores de agonía antes de afrontar una tragedia irremediable, un reflejo esperpéntico de la soledad que debe experimentar quien se traiciona a sí mismo.
Mientras, el vertido de la plataforma Deepwater Horizon avanza imparable destrozando cuanta vida marina le rodea sin que los grandes potentados del petróleo sean capaces de ofrecer una solución a tan espantosa tragedia dado que emplean su capital en nuevas prospecciones y nuevas tecnologías que incrementen sus beneficios. La tristeza del rostro de la madre tierra ennegrecida por la vileza de estos canallas, no ha lugar a comentarios, habla por sí misma.
Crece la inestabilidad extrema en las calles de Bangkok como prueba evidente de la dificultad que constituye para los ciudadanos prescindir de un gobierno y del aislamiento a que son sometidos los pueblos sin importar el coste en vidas humanas que suponga el mantenimiento del poder.
Otro tipo de individualidad mucho más cercano al narcisismo ha poseído al dueño de los trajes más comentados de la historia que no siente rubor en alardear de haber defenestrado al ministro Bermejo y al juez Garzón mientras esboza una espléndida sonrisa. Es el suyo el rostro del ganador y no oculta su satisfacción por serlo.
Los americanos persisten en su empeño de hacer frente al terrorismo y continúan desactivando coches bomba al mismo tiempo que hacen lo posible por que el dólar recupere su hegemonía sobre el euro, sabe Dios a costa de cuantas conspiraciones encubiertas.
Y todo esto, que teóricamente serían columnas distintas de las páginas de cualquier periódico, íntimamente parece interrelacionarse constituyendo una velada forma de exterminio de todo un modo de vida y nos hace (a mi, al menos,) considerar la posibilidad de que la inestabilidad está invadiendo nuestros espacios con el ánimo de arrastrarnos a una suerte incierta. Ganar, perder, mucho depende de quién calibre la balanza, de quién mueva los hilos de la marioneta, de quién lleve las riendas de nuestro mundo.
También el grueso de la población está solo. Mucho más que sus dirigentes y sobre todo, sin poder ser partícipe de su propio destino. Asistimos a la voladura de los cimientos de un modelo de sociedad sin ser conscientes de que el enemigo se sienta en nuestra mesa. Y lo que es peor, estamos tan acostumbrados a la mansedumbre, que casi no recordamos cómo levantar la cabeza.
Acaso si pasáramos de la mera observación a una implicación paulatina en los problemas comunes, estas páginas desordenadas de un mismo periódico cobraran por fin un sentido único y fuéramos capaces de abrir un camino entre tanta maleza. Sería el triunfo de la mente sobre la fuerza bruta.

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