Desde que el hombre descubrió el miedo y sobre todo, desde que el hombre descubrió el miedo de los otros, los más osados lo convirtieron en un arma de poder que ha perdurado a lo largo del tiempo.
El grado de temor es inherente a las personas. Cada cual teme a cosas distintas, pero es común el miedo a lo desconocido y fundamentalmente, el miedo al dolor y la muerte.
Curiosamente, el miedo genera inseguridad y desconfianza en uno mismo, de tal suerte, que un hombre temeroso difícilmente encuentra respuesta para salir airoso de sus miedos.
Esta situación suele degradarnos hasta conseguir una aniquilación total de nuestro pensamiento asentando en nosotros una inquietud creciente que se mueve en nuestro interior creando monstruos irreconciliables con cualquier atisbo de valor o decencia.
Los poderosos, conscientes de que una situación de pánico colectivo puede repercutir ampliamente en la consecución de sus objetivos sin apenas esfuerzo, no han parado de generar estrategias de miedo durante toda la historia de la humanidad. El desconocimiento, la incultura, fueron durante siglos un campo de cultivo ideal para fomentar la proliferación de estas estrategias. Los cataclismos, el Apocalipsis, las leyendas oscurantistas y truculentas, fueron sistemáticamente utilizados para intranquilizar a los que poco o nada tenían.
Pero a medida que el hombre fue adquiriendo luz y conocimientos, se hizo difícil mantener esas teorías y se cambiaron los esquemas. El acceso a la educación del hombre moderno lo convirtió en menos crédulo sin que quedara otro remedio que el de ir reinventando, sobre la marcha, métodos que aún escaparan a su capacidad de comprensión pero que periódicamente, actuaran como revulsivo en las conciencias sobresaltándolas hasta el extremo de hacerlas inestables.
Así empezaron las amenazas terroristas, las armas de destrucción masiva, los virus asesinos y el oportuno hallazgo de explosivos a punto de estallar en los núcleos urbanos más poblados de cualquier urbe principal en el panorama de nuestro mundo.
Cierto es que se han producido atentados que han supuesto una pérdida de vidas irrecuperables, pero ¿quién mueve las siglas de los que ponen las bombas? Nadie lo sabe realmente y uno llega a preguntarse si esas víctimas no serán consideradas más que como un daño colateral de la estrategia del miedo. El horror de la masacre, la visión de los cuerpos ensangrentados, el dolor de los familiares, alertarían fácilmente a la población si se mencionara una mínima posibilidad de que estos hechos pudieran repetirse y por tanto, su espíritu quedaría coaccionado para dar una respuesta contundente si se le pidiera colaboración o respaldo.
Así, seguirían teniendo salida las fábricas de armas, serían viables y ¨necesarias¨ las guerras, justificadas las invasiones de los países y un largo etcétera de situaciones favorables a la economía de los grandes capitalistas.
Habría de verdad que temer al Cambio climático, a la destrucción de la Naturaleza y a las enfermedades físicas y anímicas que nos azotan, pero eso no genera beneficios y ccomo tal, no interesa...

¿Estrategias del miedo como la crisis? Ya San Agustín decía que el hereje era necesario para evidenciar las contradicciones del dogma cristiano, así que a veces me planteo si la pretendida crisis y el pánico que nos han inculcado sobre ella no serán vías de reajuste para "quitar lo que sobra" y engrosar la base de la pirámide, siempre a costa, por supuesto, de los más débiles, a los que se utiliza también para incrementar el terror como historias (griegas) ejemplares. ¿Seguro que somos las generaciones más formadas de la historia?
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