Volvemos a encontrarnos de frente con la trágica visión de unas imágenes que años atrás se convirtieron para nosotros en tristemente, familiares.
El vertido provocado por la plataforma Deepwater Horizon lleva a las primeras páginas de la prensa las fotografías de los animales embadurnados de crudo , arrastrados irremediablemente a una suerte nefasta de muerte y extinción.
Otra vez, las aguas son altamente contaminadas por una mancha negra que en su avance imparable, escribe sobre el blanco de las olas una destrucción de incalculables consecuencias.
Fresco en nuestra memoria, el recuerdo del Prestige hace que comprendamos en toda su magnitud la naturaleza de este drama. Aún respiramos el fuerte olor que impregnaba las costas de nuestra Galicia y la desolación que supuso para sus habitantes la contemplación de su paisaje derruido.
Paradójicamente, el oro negro síntoma primordial de riqueza en la época que vivimos y cuyo afán de posesión provoca guerras y hunde mercados, puede también ser portador de catástrofes colosales sobre el medio ambiente y portador de amarguras sin fin sobre la vida de los hombres.
Sería lícito preguntarse si la mano del que exprime las entrañas de la tierra en busca de tan codiciada mercancía no debiera estar también dispuesta a devolver un poco de lo ganado a quien tanto beneficio le generó y poner su mente a cavilar una solución anticipada a este tipo de sucesos que con tanta asiduidad se producen pareciendo que siempre nos cogen por sorpresa.
Es obvio que de nada sirven las inversiones millonarias en aparataje de urgencia que no hacen más que demostrar que las leyes de la Naturaleza se cumplen escrupulosamente pasando por encima de nuestra pequeñez manifestando nuestra ignorancia. Es apremiante la antelación, una legislación clara y contundente que avise de las consecuencias de delitos como estos y una voluntad universal de protección de las riquezas naturales frente a la materialidad de las empresas.
Pronto ya no nos quedarán lágrimas para llorar nuestros errores y si finalmente acabamos con el planeta como parece que nos hemos empeñado en conseguir, de nada servirán a quien los tuviere, esos tesoros que fueron amasados sin consideración ni otro respeto más que a una mercadería deshonesta que ya no tendrá razón de ser.
La prepotencia de las multinacionales, su avaricia sin límite y la extensión maléfica de sus tentáculos sobre la pequeñez de los seres humanos corrientes, trata de hacernos ciegos a una realidad con la que nos vemos obligados a convivir y nos cierra la boca restando intencionadamente importancia a las calamidades, asumiendo un papel de dios venturoso salvador y magnánimo.
Creo que debemos sucumbir a la evidencia: el mundo no necesitaría salvadores si antes no lo hubieran hecho derrapar hacia un destino desastroso y la única especie que merece una desaparición fulminante de la faz de la tierra es la de los especuladores capaces de traficar con el futuro de toda una raza.

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