domingo, 30 de mayo de 2010

In extremis





No acaban de ponerse de acuerdo loa agentes sociales `para llevar a cabo la tan cacareada reforma laboral que nos anuncian como imprescindible para remontar la crisis.
Los magnates del capitalismo nunca podrían adoptar una postura de conformidad con los logros de las clases trabajadoras y ahora que han conseguido hipotecar a los Estados, ahogan a los dirigentes con exigencias que vuelvan a llevar las aguas a un cauce del que, a su juicio, nunca debieron salir.
La lucha continuada de los asalariados y lo que con ella se ha conseguido a lo largo del tiempo, claramente no reportaba ya los beneficios millonarios con que acostumbraban a cerrar su gestión y con la vista puesta en la rentabilidad de los mercados asiáticos, la salida no era otra que la de provocar un caos financiero del que obtener a todas luces , una sumisión urgente que iguale los horarios laborales y los sueldos con aquellos aportando un crecimiento escandaloso de las divisas de los que tienen el poder. El desgarrador crecimiento del paro y las carencias en las necesidades más primarias, han ido minando a la sociedad hasta el punto de convertir en una prioridad absoluta la consecución de un puesto de trabajo, al precio que sea.
La Reforma laboral desde luego, no es realmente una cuestión de urgencia para los obreros. No puede serlo desde el momento que se instruye desde el recorte de nuestros derechos y nos obliga a replantear nuestro itinerario dentro de unas nuevas premisas que exigen trabajar más por menos o a padecer una inestabilidad en un empleo del que resultará mucho más fácil despedirnos. La reforma es urgente para empequeñecer las deudas creadas por nuestros políticos ahora convertidos en marionetas del capital y para los socios fundadores de un sistema globalizado cuya ambición no se satisface suficientemente.
Debemos saber que la oratoria decadente de quienes nos representan está muy lejos de reflejar una realidad que nos incumbe plenamente y nos aleja de un futuro prometedor en el que desenvolvernos con plena autonomía material para lanzarnos de bruces a un laberinto donde seremos dominados hasta donde los señores del dinero quieran permitir.
No nos cuentan los líderes sindicales cuales son las pretensiones que ponen encima de la mesa de negociación el resto de los participantes. No someten a plebiscito qué cuestiones podrían ser aceptadas y cuales son inadmisibles para el bienestar general como si temieran que la respuesta pudiera ser de una rotundidad incontestable.
Pero la marcha de las negociaciones ha de ser de una transparencia absoluta ya que las clases populares somos en realidad los verdaderos afectados por las decisiones tomadas y los únicos sufridores de pérdidas que probablemente, jamás podremos volver a recuperar.
Nuestra mayor preocupación ahora, es a quien exigir responsabilidades en este despropósito que nos conduce irremediablemente a una existencia desesperanzadora y que nos muestra un mañana bastante tenebroso para nuestros hijos. Alguien tendrá que cargar con el peso de tantas concesiones y enmendar en la medida de lo posible, la dirección en la que el mundo habrá de moverse para llegar a ser justo y equilibrado con aquellos que lo habitan.
Sería un suicidio permitir una manipulación orquestada sobre nuestras conciencias, condescender a nuestra desintegración sin plantar cara o alzar la voz frente a quienes usurpan nuestras funciones en beneficio propio sin demostrar siquiera un mínimo interés en el sufrimiento de las masas.
No hay otro modo más que apelar a la unidad para dar una contestación decisiva a quienes nos obligan a renunciar al porvenir, ya sea en una mesa de negociación o por decreto. Empecemos a desterrar el recuerdo de un pasado en el que una vez fuimos aparentemente felices y mirémonos ahora desmembrados por la insolidaridad de los que aspiran a poseernos en su totalidad.
Si callamos, nada podremos exigir cuando lo peor sea irremediable y habremos de soportar de por vida, la vergüenza de haber sido cobardes una vez.

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