lunes, 24 de mayo de 2010

Dobles vertientes





Desearía tener la oportunidad de sentarme una mañana ante el papel y poder escribir una buena noticia, huir de la oscuridad que nos envuelve y asomar la cabeza a un mundo distinto más acorde con la justicia social que no se viera empañado por la infelicidad de los hombres.
Al principio pensé que la creación de la célula artificial que nos anunciaba la prensa la semana pasada representaba un punto de esperanza para la curación de enfermedades tanto físicas como medioambientales y que su hallazgo podría tal vez ser uno de los más importantes conseguidos en un laboratorio.
Debo sin embargo adolecer de un mecanismo oculto que me alerta de la doble vertiente de las cosas y de un sentido estricto de la ética que me mueve inconscientemente a reconsiderarlo todo pidiendo una segunda lectura que lleve más allá de la simple noticia.
Quizá se trate de una desconfianza inducida por la visión terrorífica de lo que nos rodea y de cómo los intereses creados son capaces de obrar transformaciones aberrantes de sucesos de los que en principio, no cabría esperarse ningún mal. O probablemente, el reflejo de pasadas experiencias irremediablemente augura nubarrones de tormenta sobre las mansas aguas de todas nuestras alegrías inmiscuyendo las doctrinas económicas en cualquier paso adelante que demos, arrastrando nuestros avances hacia terrenos pantanosos.
Hasta los propios autores del descubrimiento reclaman medidas urgentes que regulen la ética de su evolución para que no sea mal empleado en terrenos de inminente peligro. Ya han demostrado su interés las Industrias petroleras y aunque se omite, estoy segura que también las de armamento, cuyos escabrosos fines no conoceremos jamás.
Contemplando la presunción de inocencia, es de suponer que los creadores de la nueva célula, no abrigarán otra esperanza que la de no hacer mal a nadie, pero sin capital no hay investigación y la falta de colaboración en el proyecto podría terminar relegándolo al ostracismo u obligando a sus progenitores a rendirse al soborno de las empresas si su deseo es el de seguir trabajando.
Es por eso, que mi primera impresión de alegría, de pensamiento positivo y ánimo enfervorizado hacia lo que sería a todas luces una buena noticia, pronto se torna en suspicacia relativamente bien fundada y se nubla el horizonte mientras vaticino un futuro incierto a las consecuencias de este hallazgo.
Ojala y la duda ofendiera y las mías no fueran más que elucubraciones de quien anda escarmentado del mundo en el que vive, pero mucho me temo que la esencia de las buenas noticias son y serán un simple referente de lo que pudo ser si el ser humano no anduviera más que en la dirección que le marca el camino de su propia ambición.

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