miércoles, 5 de mayo de 2010

Las historias vigentes.





Grecia se levanta en un estallido de voluntad popular que reclama que su voz sea oída. Es la primera consecuencia de una crisis que parece no prosperar en busca de una luz al final del túnel. Mientras, los políticos se debaten en una maraña de ineptitud que en nada presagia la esperanza.
Las calles que recorren los ciudadanos griegos son también nuestras calles. Ellos somos nosotros, tú, yo, los que no poseemos más que el esfuerzo de nuestro trabajo y su grito desgarrado es nuestro grito y su desesperación es la nuestra.
Esto no es una algarada caprichosa de unos cuantos utópicos antisistema que lanzan piedras contra las fuerzas del orden en un intento de llamar la atención. Esta es la clase trabajadora que despierta de un letargo inducido cuando se ve despojada de sus derechos por un capitalismo desorbitado que no atiende a otra cosa más que a los beneficios que puedan reportar sus inversiones a lo largo y ancho del planeta.
Es la gota ha colmado el vaso y se ha agotado la paciencia. El hombre se ha cansado de esa explotación silenciosa que ha programado su vida desde las Entidades Financieras hasta conducirla a la negrura espesa del abismo para abandonarlo allí después.
Grecia es pues, un principio ejemplar que reclama solidaridad y contundencia. No cabe flexibilidad cuando todo se ha perdido, ni se han de permitir moratorias en la búsqueda de una solución que satisfaga a la inmensa mayoría. Hay que arrimar el codo y dejar hasta el último aliento en la defensa de unos principios justos. No ha más lugar a las desigualdades, al engaño, a la pérdida de una identidad que fue nuestra porque hace tiempo se ganó sólo con el esfuerzo de nuestras propias herramientas.
Ceder sería aceptar la derrota sin lucha, tolerar que nos cambien un modelo de vida por otro infinitamente peor, volver al hambre, al hacinamiento, a la alienación y a la incultura, retroceder siglos atrás como si los que nos antecedieron, no hubieran existido.
Sin embargo, todas esas historias de un pasado que nos parecía superado, adquieren de pronto una vigencia incontestable y esta época convulsa que nos ha tocado vivir reclama una mirada reconfortante a aquellos tiempos en que el hombre fue capaz de cambiar un camino al que parecía predestinado.
Habrá que salir de los retiros placenteros que disfrutábamos y sopesar cuales son nuestras prioridades en la vida. La primera regla es ser considerados personas. Y la segunda, tener claro que hay muchos tipos de esclavitud, pero que no queremos pertenecer a ninguno de ellos.
Hoy, la voz de los trabajadores del mundo, está en las calles de Grecia. Para que el hombre deje de ser una marioneta cuyos hilos mueven los poderosos y recupere la dirección que le marca su conciencia de clase y su afán de justicia.





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