jueves, 13 de mayo de 2010

Esa linea invisible




La fragilidad de la línea que nos separa de lo inmoral queda a menudo al descubierto en el instante en que nos vendemos por un precio. Somos al fin y al cabo criaturas humanas y el bien y el mal son una dualidad inherente a nuestra especie.
Esa línea invisible que permanece bajo nuestros pies acompañándonos toda la vida, está situada para cada cual en un lugar diferente y es una tentación permanente que nos causa inquietud en su actitud beligerante contra nuestra voluntad de hacer lo correcto.
Atravesar al otro lado puede ser cuestión de un momento. En una fracción de segundo somos capaces de tomar una decisión errónea de la que podremos arrepentirnos toda la vida e incluso no llegar a rozar el arrepentimiento si esa decisión nos reporta gratificantes beneficios de algún tipo.
No me cabe la menor duda de que todos tenemos un precio. Casi siempre material, debo añadir, pero a veces incluso nos vemos obligados a vendernos para salvaguardar nuestras conexiones sentimentales o incluso por miedo. El terror justifica muchas cosas. Las amenazas, la tortura, el dolor, la miseria, podrían ser eximentes perfectamente lógicos para quien se rinde a la falta de ética para con los demás e incluso podrían generar una corriente de misericordia que acabaría disculpando su falta.
Aún así, todos en nuestra intimidad escuchamos lo que se llama la voz de la conciencia que no es otra cosa, que ese desasosiego perturbador que te turba sin permitirte el descanso y que en cierta manera te orienta hacia el otro lado con su silencio ensordecedor.
Hoy me pregunto si nuestros líderes dispondrán del tiempo necesario para reflexionar sobre sus acciones y si serán conscientes del peso que sus decisiones arrastran sobre las vidas de los otros.
Cuando los actos son individuales y sólo afectan a quienes los cometen convirtiéndose en errores o aciertos, sus consecuencias quedan reducidas al plano de la unicidad. Pero cuando otros seres humanos dependen de la elección de un camino equivocado, la cosa se complica y es el elector el responsable directo del triunfo o del fracaso de una comunidad que en principio, obró de buena fe cuando le votó como su legítimo representante.
He aquí la importancia en estos casos de mantener unos principios inamovibles, una voluntad férrea que no pueda jamás inclinar la balanza hacia el lado de la traición y una profunda vocación de servicio que ya no tenga nada que ver con nuestro propio precio y todo con el precio de la colectividad que no es otro, que el bienestar común y un mínimo coste de sufrimiento.
Pero parece que ya no es tiempo de voluntades sino de obediencias, que se han truncado los catecismos ideológicos que nos aventaron con una brisa de libertad y que las líneas de la moralidad se han borrado a golpe de capital arrastrando en su marea a nuestros líderes a un terreno de sumisión en el que una negativa se considera un suicidio político. Los grandes hombres son ahora los más ricos y no los reyes del pensamiento. La nueva filosofía imperante se escribe en las cintas de las cajas registradoras y no en los cuadernos de los ideólogos. Cualquier posibilidad de reflexión es abortada de inmediato por cifras abrumadoras que nos amenazan con la extinción. Las ideas son condenadas a la soledad como si de un delito se tratasen y la autoestima del hombre es minada hasta ser convertida en una sombra fugaz sin opinión en una escalada sin precedentes hacia una anulación total de su cerebro.
No debemos permitir esta tragedia. ¿Qué somos sin nuestro raciocinio, sin nuestra voluntad, sin la libertad de elección, sin nuestra ideología?
Habrá que asentar de nuevo los pies en el suelo y ahondar para que la línea de la moralidad se remarque con claridad meridiana de tal suerte, que quien la cruce sepa que lo ha hecho y que hacerlo tendrá unas consecuencias.
Hace tiempo que tomamos la decisión de abandonar la ignorancia y bajo ningún concepto debemos dejar que nos arrastren de nuevo a ella. Cueste lo que cueste.




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