jueves, 20 de mayo de 2010

Los conflictos creados




Se suele tachar de utópicos a los que abogan por la desaparición de los ejércitos pensando que esta opinión proviene siempre de una juventud antisistema empeñada en boicotear con bastante sonoridad los actos oficiales de los gobiernos.
Sería muy largo explicar en profundidad de dónde nace la oposición al militarismo pero muchos de nosotros hemos radicalizado esta postura con el paso del tiempo y a medida que avanzamos en experiencia, nos asentamos en una visión del mundo que puede prescindir de la parafernalia del armamento y de aquellos que lo manejan.
Basta echar una mirada al panorama de los conflictos para convencerse de que siempre empeoran con la intervención de los ejércitos y que meras escaramuzas de ámbito local que podrían ser resueltas con el diálogo o la diplomacia, tiñen de sangre las calles de las ciudades en cuanto entran en juego los carros blindados y aún las armas más rudimentarias.
El ejemplo de Bangkok se asoma a nuestras ventanas demostrando una vez más esta teoría. Las tropas cargan sobre una población civil fundamentalmente de origen campesino cuyas barricadas formadas por neumáticos son derribadas por los tanques sin consideración hacia la vida de ancianos o niños inermes.
No se qué tipo de paranoia invade la mente humana cuando nos dan una herramienta capaz de matar. Quizá se nos dispara un resorte de ambición de poder y perdemos toda perspectiva de raciocinio para asentarnos en una postura de fuerza. Esta demencia nos convierte en psicópatas despiadados sin un atisbo de conmiseración hacia los débiles y nos transporta a una vorágine de violencia de la que ya no somos capaces de salir.
El peligro de caer en esta perversa obsesión es inminente cuando los gobiernos nos otorgan un mecanismo de legalidad vigente para llevar a cabo estas acciones y nos proporcionan los más sofisticados instrumentos para aplicar la represión. Si todo esto se alimenta con la arenga de un desmesurado patriotismo, el resultado acaba siendo un cóctel explosivo de hombría mal entendida que termina por transformarnos en pequeños tiranos sin consideración para con nuestros congéneres.
Pero detrás de esta descripción simplista se esconde uno de los más grandes negocios del mundo y la industria armamentista se ve a diario obligada a organizar conflictos para asegurar su beneficiosa subsistencia obviando que el objetivo de su rentabilidad son las vidas de los seres humanos de todo el planeta. No interesa cerrar las academias militares ni firmar pactos por el desarme universal, sino manipular a las masas a través del miedo alentando la idea de que los enemigos son cada vez mayores y más peligrosos. Fomentar el terror se ha convertido en un juego macabro pero eficaz en las declaraciones periódicas de las más absurdas guerras.
Podríamos deducir que en el fondo lo que subyace es un miedo cerval de unas naciones hacia otras y una tensa espera de que se produzca un ataque en cualquier momento.
Sin embargo, el tímido nacimiento de los movimientos antimilitaristas ponen un rayo de esperanza en este túnel de sin razón y una gran parte de la juventud se conciencia de la inutilidad de las acciones armadas ejercitando su libre derecho a no participar de esta farsa. No son buenos los recuerdos que dejan a su paso los ejércitos. Nos hace falta la inversión empleada en los ministerios de defensa. Los ciudadanos somos mayoritariamente pacíficos y acaso la utopía de la desaparición de todas las tropas está cerca.


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