domingo, 2 de septiembre de 2018

Rehabilitación anímica



 Estaba claro que después de este último año, yo necesitaba una limpieza interna que canalizara todas las emociones negativas que se habían ido acumulando dentro de mí, de manera imperativa e inconsciente y que no había, como desconectar absolutamente de la vida rutinaria y absorbente que a todos nos asalta sin pedirnos permiso, para recuperar  la perspectiva de lo que viene ocurriendo alrededor como si no formáramos parte de ello, cosa que he conseguido estando un mes totalmente distanciada de cualquier asunto relacionado con temas políticos y sociales, que suelen ser los que  conforman mi tiempo, a lo largo de los meses en los que me muevo en mi pequeño mundo cotidiano y mi ambiente.
Al inicio del periodo vacacional, me hice a mí misma la promesa de apartar la vista y los oídos de cualquier medio de comunicación, contando con que si se producía alguna noticia de calado, similar a la que ocurrió el año pasado con el atentado de Barcelona, la sabría inmediatamente por el antiquísimo método del boca a boca, promesa que he logrado mantener durante más de treinta días y que ha conseguido rehabilitarme, convirtiéndome en una persona mucho más tolerante, pacífica y sin adicciones a las redes sociales, que he procurado utilizar lo menos posible, exceptuando comunicaciones familiares, que ésas sí son, del todo ineludibles.
Perdida entre los montes, los pueblos  y las ciudades de  la hermosa Galicia, respirando aire puro y con la sola compañía de mis seres queridos y un par de libros, he conseguido reunir el valor suficiente para volver a la palestra dispuesta a retomar la escritura, a través de la cual me comunico con todos ustedes de manera cuasi permanente y también para hacer una reflexión profunda de cuáles han podido ser mis peores errores, a lo largo de los pasados meses, llegando a la conclusión de que tomarse la vida con demasiada intensidad, termina por agotar los recursos emocionales que una posee y que teóricamente, debieran durarle hasta los últimos momentos.
De vuelta a casa, me doy cuenta que no me he perdido gran cosa en este paréntesis de inacción y que incluso podría retomar este artículo, como si me hubiera marchado ayer, sin que ustedes percibieran que he permanecido en mi retiro durante más de treinta días, lo que puede dar idea de lo poco que cambia el mundo en realidad y de lo mucho que exageramos, cada vez que decidimos ofrecer nuestro punto de vista, sobre una determinada noticia.
No quisiera dejar pasar la ocasión de recomendar a todos, los que aún no lo hayan leído, el libro “Patria”, de Fernando  Aramburu, que tenía como una de mis lecturas pendientes desde hace más de un año y que me ha dejado impresionada por la manera en que analiza el llamado conflicto vasco, a través del estudio de una serie de personajes personalmente implicados en los dos bandos que allí se establecieron, dejando en la sociedad, en general, una huella profunda e imborrable y que está tratado, con una exquisitez casi mágica, de modo que a una le cuesta distinguir quiénes han sufrido más, en todo el tiempo en el que ETA se mantuvo en activo, aunque por razones de pura razón, es humano posicionarse del lado de las víctimas.
También terminé de releer “Las uvas de la ira” de Steinbeck, un libro obligatorio que a pesar del tiempo trascurrido desde su aparición, no ha perdido un ápice de vigencia y que ayuda, desde su perspectiva de la crisis del 29, en el medio rural americano, a entender con claridad meridiana lo ocurrido en estos años que estamos viviendo y las auténticas motivaciones que han llevado a un gran número de familias, a los límites mismos de la miseria.
Mañana, retomaré la actividad habitual a las que les tengo acostumbrados, a través de estos artículos de opinión que suelen mezclar el plano emocional con el natural discurrir de las noticias y ya les anticipo, que entre la guerra de los lazos, la reincorporación a la política de Pablo Iglesias, tras su baja por paternidad o la exhumación de los restos de  Franco, que continúa levantando ampollas, entre sus incondicionales sempiternos, de no ocurrir algo imprevisto, habrá poca carne que poner en el asador, pero permítanme que hoy, que es mi último día de vacaciones, dedique el resto de las horas, a la añoranza de la paz que dejé entre el verdor de los helechos gallegos, en los que me hubiera quedado prendida, de no ser porque las obligaciones laborales y otras menudencias de las que prefiero no hablar, no lo hubieran impedido inexorablemente,
Encantada de que nos volvamos a encontrar. No podría negar que les quiero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario