Al
inicio del periodo vacacional, me hice a mí misma la promesa de apartar la
vista y los oídos de cualquier medio de comunicación, contando con que si se
producía alguna noticia de calado, similar a la que ocurrió el año pasado con
el atentado de Barcelona, la sabría inmediatamente por el antiquísimo método
del boca a boca, promesa que he logrado mantener durante más de treinta días y
que ha conseguido rehabilitarme, convirtiéndome en una persona mucho más
tolerante, pacífica y sin adicciones a las redes sociales, que he procurado
utilizar lo menos posible, exceptuando comunicaciones familiares, que ésas sí
son, del todo ineludibles.
Perdida
entre los montes, los pueblos y las ciudades
de la hermosa Galicia, respirando aire
puro y con la sola compañía de mis seres queridos y un par de libros, he
conseguido reunir el valor suficiente para volver a la palestra dispuesta a
retomar la escritura, a través de la cual me comunico con todos ustedes de
manera cuasi permanente y también para hacer una reflexión profunda de cuáles
han podido ser mis peores errores, a lo largo de los pasados meses, llegando a
la conclusión de que tomarse la vida con demasiada intensidad, termina por
agotar los recursos emocionales que una posee y que teóricamente, debieran durarle
hasta los últimos momentos.
De
vuelta a casa, me doy cuenta que no me he perdido gran cosa en este paréntesis
de inacción y que incluso podría retomar este artículo, como si me hubiera
marchado ayer, sin que ustedes percibieran que he permanecido en mi retiro
durante más de treinta días, lo que puede dar idea de lo poco que cambia el
mundo en realidad y de lo mucho que exageramos, cada vez que decidimos ofrecer
nuestro punto de vista, sobre una determinada noticia.
No
quisiera dejar pasar la ocasión de recomendar a todos, los que aún no lo hayan
leído, el libro “Patria”, de Fernando Aramburu,
que tenía como una de mis lecturas pendientes desde hace más de un año y que me
ha dejado impresionada por la manera en que analiza el llamado conflicto vasco,
a través del estudio de una serie de personajes personalmente implicados en los
dos bandos que allí se establecieron, dejando en la sociedad, en general, una
huella profunda e imborrable y que está tratado, con una exquisitez casi
mágica, de modo que a una le cuesta distinguir quiénes han sufrido más, en todo
el tiempo en el que ETA se mantuvo en activo, aunque por razones de pura razón,
es humano posicionarse del lado de las víctimas.
También
terminé de releer “Las uvas de la ira” de Steinbeck, un libro obligatorio que a
pesar del tiempo trascurrido desde su aparición, no ha perdido un ápice de
vigencia y que ayuda, desde su perspectiva de la crisis del 29, en el medio
rural americano, a entender con claridad meridiana lo ocurrido en estos años
que estamos viviendo y las auténticas motivaciones que han llevado a un gran
número de familias, a los límites mismos de la miseria.
Mañana,
retomaré la actividad habitual a las que les tengo acostumbrados, a través de
estos artículos de opinión que suelen mezclar el plano emocional con el natural
discurrir de las noticias y ya les anticipo, que entre la guerra de los lazos,
la reincorporación a la política de Pablo Iglesias, tras su baja por paternidad
o la exhumación de los restos de Franco,
que continúa levantando ampollas, entre sus incondicionales sempiternos, de no
ocurrir algo imprevisto, habrá poca carne que poner en el asador, pero permítanme
que hoy, que es mi último día de vacaciones, dedique el resto de las horas, a
la añoranza de la paz que dejé entre el verdor de los helechos gallegos, en los
que me hubiera quedado prendida, de no ser porque las obligaciones laborales y
otras menudencias de las que prefiero no hablar, no lo hubieran impedido
inexorablemente,
Encantada
de que nos volvamos a encontrar. No podría negar que les quiero.

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