martes, 11 de septiembre de 2018

La droga de nuestro tiempo




Se aprueba en Francia una Ley que impide la entrada de teléfonos móviles en las Escuelas y también en algunos cursos de Secundaria, sentando un importante precedente que debiera ser puesto en práctica, en el resto de la Unión europea, pues el uso de estos aparatos, absolutamente generalizado a lo largo y ancho de todo el mundo, está provocando una oleada inmensa de adicciones, que en el caso de los niños y jóvenes, podría, literalmente, llegar a destrozarles la vida.
Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en una especie de autómatas que caminan por las calles embelesados ante las pequeñas pantallas de esos celulares que son, para  una inmensa mayoría de la gente, absolutamente imprescindibles y de los que no somos capaces de separarnos, ni siquiera en las horas de reposo, como si nuestra existencia dependiera in extremis de lo que a través de ellos nos llega y el resto del paisaje que nos rodea, las caras con las que nos cruzamos y los lugares por los que transitamos, hubieran desaparecido de pronto, situándonos en una especie de burbuja insonorizada, en la que nos aislamos radicalmente, llegando incluso a  enojarnos severamente si al tropezar con alguien, se nos interrumpe lo que llevamos entre manos, en esos momentos.
Hemos cambiado el concepto de la amistad, transformando los encuentros periódicos con aquellos a los que amamos por interminables listas de gente que apenas conocemos y por ciertos chats ciertamente nocivos en los que intercambiamos opiniones personales con grupos formados por gente variopinta, con la que apenas compartimos algunos intereses, abriendo nuestra intimidad, nuestro pensamiento y hasta nuestras conciencias, a una nueva forma de comunicación, extremadamente peligrosa y que se mueve en un vacío legal que permite que ocurran a través de ella, todo tipo de atrocidades, en muchos casos irreversibles y todo en pos de una comodidad que sin embargo nos está transformando en seres solitarios y asociales, enganchados a la dureza de una droga que por no ser ingerida, puede parecer  inocua, aunque su abandono inmediato produzca en nosotros efectos similares o peores que los que pudiera sufrir cualquier adicto, por ejemplo, al consumo desmedido de cocaína.
 Si se nos estropea el móvil, se produce, como poco, un drama familiar que no cesa hasta que teniendo posibilidades económicas o careciendo de ellas, corremos hasta el Centro comercial más cercano para hacernos con uno nuevo, asumiendo la consabida deuda de años, con tal de no quedar apartados de este mundo particular que para nosotros han creado, seguramente, con la intención de conseguir una alienación colectiva y hasta podemos entrar en una profunda depresión, si por el motivo que fuere, no pudiéramos en ese momento hacernos con un nuevo celular, con el que seguir navegando,  charlando o jugando, durante horas, sin advertir que en el fondo hemos contraído una espantosa enfermedad, a la que no se conoce otra cura que la de recorrer un largo y doloroso camino hasta llegar a una desintoxicación que muchos no conseguirán alcanzar, recayendo de nuevo, porque así lo propicia el ambiente que nos rodea, en el oscuro pozo de esta droga de nuestro tiempo.
Estas actitudes, que nuestros hijos observan en nosotros prácticamente desde su nacimiento, se convierten pues para ellos, en algo con lo que conviven de  manera absolutamente natural y que a sus ojos reporta sin duda, un placer infinito, provocándoles la necesidad perentoria de imitar los comportamientos de sus progenitores, que además, en una gran parte de los casos, han adquirido la costumbre de entretener a los bebés, poniendo los móviles en sus manos y ofreciéndoles a través de ellos andanadas de música, juegos y color que logran embelesarles, mientras los papás disfrutan tranquilamente de su tiempo libre, por lo que no es de extrañar que en cuanto cumplen una edad que viene rondando alrededor de los cinco o seis años, reclamen con insistencia uno propio, que las familias otorgan con la excusa de poder tenerlos vigilados, en todo momento.
Estamos creando así, una masa ingente de pequeños drogadictos que sufren continuos ataques de ira, en el mismo momento en que se les prohíbe, por alguna razón, el uso de estas pantallas infernales y que ya en muchos casos, cuando alcanzan la adolescencia, se rebelan violentamente contra su entorno familiar, profundamente dañados por esta adicción que se ha convertido en una pandemia, para la que no existe un remedio conocido.
Totalmente ajenos al daño que estamos causando a nuestros hijos y aunque modelar su carácter y educarles corresponde obligatoriamente a los progenitores, ni siquiera nos planteamos la búsqueda de una solución, como si se pudiera delegar impunemente en otros, hablemos de los Gobiernos o simplemente del ámbito de la escuela, la responsabilidad de velar por su salud mental  y las consecuencias que para ellos puede traer el abuso de las nuevas tecnologías.
Por ello, no podemos sino aplaudir las medidas que se estrenan en Francia y exigir, en nuestro caso a nuestros gobernantes, que sigan a la mayor brevedad, también ese camino, pero el espejo en el que se miran nuestros hijos y las conductas que repiten en sus primeros años, son un reflejo de los actos que cometemos quiénes formamos su familia, por lo que resultaría ser extremadamente urgente arbitrar unos mecanismos de reeducación, que ayudara a todos aquellos que padecen esta adicción desenfrenada a la telefonía móvil y otros mecanismos relacionados con las nuevas tecnologías, a escapar, por su propio bien y por el de los suyos, de esta plaga que pone en peligro los principios fundamentales de la confraternización natural y que nos convierte en seres cada vez más instalados en el más absoluto aislamiento.

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