Se
aprueba en Francia una Ley que impide la entrada de teléfonos móviles en las Escuelas
y también en algunos cursos de Secundaria, sentando un importante precedente
que debiera ser puesto en práctica, en el resto de la Unión europea, pues el
uso de estos aparatos, absolutamente generalizado a lo largo y ancho de todo el
mundo, está provocando una oleada inmensa de adicciones, que en el caso de los
niños y jóvenes, podría, literalmente, llegar a destrozarles la vida.
Casi
sin darnos cuenta, nos hemos convertido en una especie de autómatas que caminan
por las calles embelesados ante las pequeñas pantallas de esos celulares que
son, para una inmensa mayoría de la
gente, absolutamente imprescindibles y de los que no somos capaces de
separarnos, ni siquiera en las horas de reposo, como si nuestra existencia
dependiera in extremis de lo que a través de ellos nos llega y el resto del
paisaje que nos rodea, las caras con las que nos cruzamos y los lugares por los
que transitamos, hubieran desaparecido de pronto, situándonos en una especie de
burbuja insonorizada, en la que nos aislamos radicalmente, llegando incluso a enojarnos severamente si al tropezar con
alguien, se nos interrumpe lo que llevamos entre manos, en esos momentos.
Hemos
cambiado el concepto de la amistad, transformando los encuentros periódicos con
aquellos a los que amamos por interminables listas de gente que apenas conocemos
y por ciertos chats ciertamente nocivos en los que intercambiamos opiniones
personales con grupos formados por gente variopinta, con la que apenas
compartimos algunos intereses, abriendo nuestra intimidad, nuestro pensamiento
y hasta nuestras conciencias, a una nueva forma de comunicación, extremadamente
peligrosa y que se mueve en un vacío legal que permite que ocurran a través de
ella, todo tipo de atrocidades, en muchos casos irreversibles y todo en pos de
una comodidad que sin embargo nos está transformando en seres solitarios y
asociales, enganchados a la dureza de una droga que por no ser ingerida, puede
parecer inocua, aunque su abandono
inmediato produzca en nosotros efectos similares o peores que los que pudiera
sufrir cualquier adicto, por ejemplo, al consumo desmedido de cocaína.
Si se nos estropea el móvil, se produce, como
poco, un drama familiar que no cesa hasta que teniendo posibilidades económicas
o careciendo de ellas, corremos hasta el Centro comercial más cercano para
hacernos con uno nuevo, asumiendo la consabida deuda de años, con tal de no
quedar apartados de este mundo particular que para nosotros han creado, seguramente,
con la intención de conseguir una alienación colectiva y hasta podemos entrar
en una profunda depresión, si por el motivo que fuere, no pudiéramos en ese
momento hacernos con un nuevo celular, con el que seguir navegando, charlando o jugando, durante horas, sin
advertir que en el fondo hemos contraído una espantosa enfermedad, a la que no
se conoce otra cura que la de recorrer un largo y doloroso camino hasta llegar
a una desintoxicación que muchos no conseguirán alcanzar, recayendo de nuevo,
porque así lo propicia el ambiente que nos rodea, en el oscuro pozo de esta
droga de nuestro tiempo.
Estas
actitudes, que nuestros hijos observan en nosotros prácticamente desde su
nacimiento, se convierten pues para ellos, en algo con lo que conviven de manera absolutamente natural y que a sus ojos
reporta sin duda, un placer infinito, provocándoles la necesidad perentoria de
imitar los comportamientos de sus progenitores, que además, en una gran parte
de los casos, han adquirido la costumbre de entretener a los bebés, poniendo
los móviles en sus manos y ofreciéndoles a través de ellos andanadas de música,
juegos y color que logran embelesarles, mientras los papás disfrutan
tranquilamente de su tiempo libre, por lo que no es de extrañar que en cuanto
cumplen una edad que viene rondando alrededor de los cinco o seis años,
reclamen con insistencia uno propio, que las familias otorgan con la excusa de
poder tenerlos vigilados, en todo momento.
Estamos
creando así, una masa ingente de pequeños drogadictos que sufren continuos
ataques de ira, en el mismo momento en que se les prohíbe, por alguna razón, el
uso de estas pantallas infernales y que ya en muchos casos, cuando alcanzan la
adolescencia, se rebelan violentamente contra su entorno familiar, profundamente
dañados por esta adicción que se ha convertido en una pandemia, para la que no
existe un remedio conocido.
Totalmente
ajenos al daño que estamos causando a nuestros hijos y aunque modelar su carácter
y educarles corresponde obligatoriamente a los progenitores, ni siquiera nos
planteamos la búsqueda de una solución, como si se pudiera delegar impunemente
en otros, hablemos de los Gobiernos o simplemente del ámbito de la escuela, la
responsabilidad de velar por su salud mental y las consecuencias que para ellos puede traer
el abuso de las nuevas tecnologías.
Por
ello, no podemos sino aplaudir las medidas que se estrenan en Francia y exigir,
en nuestro caso a nuestros gobernantes, que sigan a la mayor brevedad, también
ese camino, pero el espejo en el que se miran nuestros hijos y las conductas
que repiten en sus primeros años, son un reflejo de los actos que cometemos
quiénes formamos su familia, por lo que resultaría ser extremadamente urgente
arbitrar unos mecanismos de reeducación, que ayudara a todos aquellos que
padecen esta adicción desenfrenada a la telefonía móvil y otros mecanismos relacionados
con las nuevas tecnologías, a escapar, por su propio bien y por el de los
suyos, de esta plaga que pone en peligro los principios fundamentales de la confraternización
natural y que nos convierte en seres cada vez más instalados en el más absoluto
aislamiento.

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