martes, 4 de septiembre de 2018

En busca de la felicidad




Por mucho que uno quiera apartarse de los acontecimientos que le rodean, tratando de construir una burbuja en la que aislarse de todo aquello que le produce dolor y sufrimiento, protagonizando seguramente uno de los actos más estrechamente relacionados con el egoísmo, hay escenas, sucesos que acaecen cotidianamente en este mundo  en el que por fortuna nos hemos acostumbrado a vivir, rodeados de comodidades y de pequeños placeres superfluos y en la mayoría de las ocasiones absolutamente innecesarios, a los que las personas de bien no podemos ni debemos volver la espalda, como si se hubiera producido dentro de nosotros una crisis de deshumanización, que nos empujara irremediablemente a perder la racionalidad, animalizando nuestra condición hasta reconvertirnos en meras bestias.
Las mareas migratorias  que se están produciendo cerca de las costas europeas y que hacinan, en condiciones infrahumanas, a miles de personas que huyen desesperadamente de los horrores del hambre, la miseria y las guerras, soñando con hallar un paraíso de paz, en este viejo continente dominado por los pensamientos de un capitalismo feroz, que no conoce ni obedece a los dictados de la conciencia, son sin embargo, una imagen que refleja en un espejo cristalino, las consecuencias de nuestro propio modo de actuar y del daño que hemos causado con nuestro elitismo  clasista y nuestro afán indomable de dominación, a millones de seres humanos que habiendo nacido, en teoría, con las mismas necesidades y derechos que nosotros, se han visto abocados a tratar de sobrevivir en unos escenarios donde la pobreza extrema les atrapa, sin dejarles otra salida que intentar zafarse de la condena a una muerte segura, agarrándose desesperadamente a la posibilidad de una huida precipitada, arriesgada y milimétricamente organizada por mafias sin corazón, pero que insufla un soplo de esperanza en quiénes nada tienen ya que perder y mucho que ganar, si finalmente, su aterrador viaje se concluye con éxito.
Pobres que conservan aún la inocencia infantil que suele caracterizar a los inocentes, el sueño de alcanzar las costas de cualquier país europeo y poder, al menos, respirar sin tener que mirar atrás temiendo lo peor durante todos los minutos del día, ser acogidos, sin que importe demasiado dónde, con un poco de comprensión y tener la oportunidad de vivir lejos de la miseria y el miedo, lo que menos pueden imaginar, cuando inician estos viajes, para muchos de ellos sin retorno, es que de llegar a estar tan cerca del objetivo que se propusieron, se encontrarán de frente con nuevos muros de intolerancia e insolidaridad, que les convertirán en una especie de nómadas errantes a los que nadie está dispuesto a ofrecer un rincón en el que poder olvidar la crudeza del pasado que les persigue.
Se topan de pronto, con un mundo supuestamente civilizado en el que lejos de imperar los principios del respeto a los derechos humanos y la compasión hacia los más desafortunados, nos regimos por las leyes que marcan los poderes relacionados con los movimientos del dinero y en el que los más poderosos, se jactan de haber logrado un satatus de altísimo  nivel, que no están dispuestos a compartir, bajo ningún concepto, con nadie que pueda hacer peligrar la belleza de su paisaje globalizado y perfecto.
Ese muro, que no tiene por qué ser físico, aunque en muchas ocasiones lo es, está fundamentalmente firmemente instalado en la mentalidad empobrecida de infinidad de hombres y mujeres que conviven entre nosotros y que ni siquiera reconocen que han adquirido, a base de oír reiteradamente los mensajes lanzados sibilinamente desde el poder, unos hábitos de xenofobia que sólo consiguen emponzoñar sus corazones, acercándoles peligrosamente a una ideología de tintes claramente fascistas, aunque ni siquiera ellos mismos se hallen dispuestos a reconocer el fracaso que como seres humanos de buena voluntad, representan.
Si miramos alrededor, son muchos los que apoyan el cierre de fronteras, las devoluciones en caliente y otras de las  muchas atrocidades que se están cometiendo con estos migrantes, cuyo único pecado es el de pertenecer al último de los eslabones de la cadena de las clases sociales, sin percatarse de que son, en el fondo, víctimas de su propio miedo, un miedo que se ha multiplicado por un millón, desde que todos empezamos a sufrir los terribles estragos de la crisis y que los poderosos se han encargado minuciosamente de acrecentar, colocando a nuestro alrededor gruesas cadenas que nos impidan cualquier tipo de movimiento.
Son esos que niegan amparo a los que más lo necesitan, igual o más desgraciados que ellos, pues ni siquiera les queda ya esa esperanza que los que llegan a través de los mares traen, en sus ojos  y sus corazones, puesto que se han dejado vencer, sin resistencia, por el pensamiento de sus propios verdugos, cayendo en brazos de una ignorancia que les conduce sin remisión y mansamente, no solo a la pérdida de su propia identidad, sino también a la de la dignidad, que es algo que todos debiéramos saber salvaguardar, como un tesoro, sin permitir que nadie nos la arrebatase.
Y mientras estas cosas suceden, nuestros mandatarios siguen perdiéndose en eternas conversaciones sin contenido,  intentando repartirse, como si de ganado se tratara, estas mareas migratorias compuestas por personas con nombres e historias que a ninguno de ellos parece interesar, por cierto.
Esta falta más que evidente de humanidad, es el precio que estamos pagando religiosamente al Dios intocable del dinero y darnos cuenta de ello, hablarlo y difundirlo,  que abran los ojos todos los que aún los conservan cerrados, a la espera de que algún milagro que no llegará, mejore sus situaciones personales, es una obligación que todos los que todavía consideramos que somos capaces de a razonar, debiéramos marcarnos sin dilación, antes de que las aguas de nuestros mares desaparezcan dejando al descubierto los cementerios que albergan y que nuestras conciencias ya no puedan soportar la culpa que produce esta impotencia por no poder ayudar a estos desheredados de la tierra, que en otras circunstancias, podríamos haber sido  nosotros.

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