Por
mucho que uno quiera apartarse de los acontecimientos que le rodean, tratando
de construir una burbuja en la que aislarse de todo aquello que le produce
dolor y sufrimiento, protagonizando seguramente uno de los actos más
estrechamente relacionados con el egoísmo, hay escenas, sucesos que acaecen
cotidianamente en este mundo en el que
por fortuna nos hemos acostumbrado a vivir, rodeados de comodidades y de pequeños
placeres superfluos y en la mayoría de las ocasiones absolutamente innecesarios,
a los que las personas de bien no podemos ni debemos volver la espalda, como si
se hubiera producido dentro de nosotros una crisis de deshumanización, que nos
empujara irremediablemente a perder la racionalidad, animalizando nuestra
condición hasta reconvertirnos en meras bestias.
Las
mareas migratorias que se están
produciendo cerca de las costas europeas y que hacinan, en condiciones
infrahumanas, a miles de personas que huyen desesperadamente de los horrores
del hambre, la miseria y las guerras, soñando con hallar un paraíso de paz, en
este viejo continente dominado por los pensamientos de un capitalismo feroz,
que no conoce ni obedece a los dictados de la conciencia, son sin embargo, una
imagen que refleja en un espejo cristalino, las consecuencias de nuestro propio
modo de actuar y del daño que hemos causado con nuestro elitismo clasista y nuestro afán indomable de
dominación, a millones de seres humanos que habiendo nacido, en teoría, con las
mismas necesidades y derechos que nosotros, se han visto abocados a tratar de
sobrevivir en unos escenarios donde la pobreza extrema les atrapa, sin dejarles
otra salida que intentar zafarse de la condena a una muerte segura, agarrándose
desesperadamente a la posibilidad de una huida precipitada, arriesgada y
milimétricamente organizada por mafias sin corazón, pero que insufla un soplo
de esperanza en quiénes nada tienen ya que perder y mucho que ganar, si
finalmente, su aterrador viaje se concluye con éxito.
Pobres
que conservan aún la inocencia infantil que suele caracterizar a los inocentes,
el sueño de alcanzar las costas de cualquier país europeo y poder, al menos,
respirar sin tener que mirar atrás temiendo lo peor durante todos los minutos
del día, ser acogidos, sin que importe demasiado dónde, con un poco de
comprensión y tener la oportunidad de vivir lejos de la miseria y el miedo, lo
que menos pueden imaginar, cuando inician estos viajes, para muchos de ellos
sin retorno, es que de llegar a estar tan cerca del objetivo que se
propusieron, se encontrarán de frente con nuevos muros de intolerancia e
insolidaridad, que les convertirán en una especie de nómadas errantes a los que
nadie está dispuesto a ofrecer un rincón en el que poder olvidar la crudeza del
pasado que les persigue.
Se
topan de pronto, con un mundo supuestamente civilizado en el que lejos de
imperar los principios del respeto a los derechos humanos y la compasión hacia
los más desafortunados, nos regimos por las leyes que marcan los poderes
relacionados con los movimientos del dinero y en el que los más poderosos, se
jactan de haber logrado un satatus de altísimo nivel, que no están dispuestos a compartir,
bajo ningún concepto, con nadie que pueda hacer peligrar la belleza de su
paisaje globalizado y perfecto.
Ese
muro, que no tiene por qué ser físico, aunque en muchas ocasiones lo es, está
fundamentalmente firmemente instalado en la mentalidad empobrecida de infinidad
de hombres y mujeres que conviven entre nosotros y que ni siquiera reconocen
que han adquirido, a base de oír reiteradamente los mensajes lanzados
sibilinamente desde el poder, unos hábitos de xenofobia que sólo consiguen
emponzoñar sus corazones, acercándoles peligrosamente a una ideología de tintes
claramente fascistas, aunque ni siquiera ellos mismos se hallen dispuestos a
reconocer el fracaso que como seres humanos de buena voluntad, representan.
Si
miramos alrededor, son muchos los que apoyan el cierre de fronteras, las
devoluciones en caliente y otras de las muchas
atrocidades que se están cometiendo con estos migrantes, cuyo único pecado es
el de pertenecer al último de los eslabones de la cadena de las clases
sociales, sin percatarse de que son, en el fondo, víctimas de su propio miedo,
un miedo que se ha multiplicado por un millón, desde que todos empezamos a
sufrir los terribles estragos de la crisis y que los poderosos se han encargado
minuciosamente de acrecentar, colocando a nuestro alrededor gruesas cadenas que
nos impidan cualquier tipo de movimiento.
Son
esos que niegan amparo a los que más lo necesitan, igual o más desgraciados que
ellos, pues ni siquiera les queda ya esa esperanza que los que llegan a través
de los mares traen, en sus ojos y sus
corazones, puesto que se han dejado vencer, sin resistencia, por el pensamiento
de sus propios verdugos, cayendo en brazos de una ignorancia que les conduce
sin remisión y mansamente, no solo a la pérdida de su propia identidad, sino
también a la de la dignidad, que es algo que todos debiéramos saber salvaguardar,
como un tesoro, sin permitir que nadie nos la arrebatase.
Y
mientras estas cosas suceden, nuestros mandatarios siguen perdiéndose en
eternas conversaciones sin contenido, intentando repartirse, como si de ganado se
tratara, estas mareas migratorias compuestas por personas con nombres e
historias que a ninguno de ellos parece interesar, por cierto.
Esta
falta más que evidente de humanidad, es el precio que estamos pagando religiosamente
al Dios intocable del dinero y darnos cuenta de ello, hablarlo y difundirlo, que abran los ojos todos los que aún los
conservan cerrados, a la espera de que algún milagro que no llegará, mejore sus
situaciones personales, es una obligación que todos los que todavía
consideramos que somos capaces de a razonar, debiéramos marcarnos sin dilación,
antes de que las aguas de nuestros mares desaparezcan dejando al descubierto
los cementerios que albergan y que nuestras conciencias ya no puedan soportar
la culpa que produce esta impotencia por no poder ayudar a estos desheredados
de la tierra, que en otras circunstancias, podríamos haber sido nosotros.

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