domingo, 16 de septiembre de 2018

Canto de esperanza



Una mala noticia sobre la salud de un gran amigo, traslada mi pensamiento muchos años atrás, evocado estos tiempos en que hemos compartido tantas cosas y tantas querencias, apoyándonos mutuamente en los buenos y malos momentos, cayendo y rehaciéndonos y construyendo un camino  que ha mantenido nuestra comunión sin reservas, mucho más allá de las vicisitudes y los cambios sobrevenidos sorpresivamente.
El hachazo, que me ha descompuesto por dentro como si repentinamente  me hubiera roto en dos, deshaciéndome todos los esquemas ya preparados,  sobre los que pensaba escribir, me retrotrae a mi vida interior, haciendo que me reafirme en mi teoría de que las cosas mundanas pierden en un instante toda su importancia, si lo que nos sucede como seres humanos que somos, sensibles al dolor, consigue superarnos de pronto recordándonos nuestra extrema fragilidad y sobre todo, el peso incandescente de nuestra propia conciencia.
Gracias a que creemos en la esperanza y a que nuestro afán de superación nos presta una inestimable ayuda en casos parecidos a este, procuramos recomponernos poniendo nuestras  expectativas en que la suerte y la buena labor de los profesionales de nuestra sanidad logren dar con una rendija por la que pueda entrar un poco de luz que nos saque de las tinieblas, pero el impacto de esos primeros instantes, esos primeros minutos que transcurren hasta que una es consciente de no haber abandonado jamás  la rebeldía y que el deber ahora es apoyar sin tregua la lucha y no rendirse  a los reveses que puedan ir viniendo, te sumen en un mar de incertidumbre y desesperación, difícilmente superables, por la propia naturaleza de la magnitud de los sentimientos.
Comprenderán mis lectores, humanos como yo, simplemente porque pertenecemos a una misma e irrepetible especie, que obvie hoy los temas que pensaba, pues sencillamente han quedado reducidos a una especie de polvo sin  valor, al haber perdido toda su trascendencia, ya que el mero hecho de haber sido capaz de sentarme a escribir, tras haber conocido la mala noticia, ha supuesto, para esta humilde bloguera, un esfuerzo inconmensurable, pues no puedo evitar que los pensamientos  se  un hayan estancado en un bucle de irracionalidad, al que después trataré de encontrar una salida, cuando consiga controlar este vendaval de sufrimiento.
Par alguien que nunca ha sido amiga de la resignación y que jamás ha apartado la mirada de los problemas, habiendo encarado, durante toda la vida, lo malo y lo bueno, de frente, nada hay peor que ese periodo incierto en el que todavía no se ha tomado la decisión del camino a seguir y en el que uno queda paralizado por la acción directa del miedo, como si de pronto se hubieran cerrado todas las ventanas y se produjera en nuestro interior una especie de niebla intensa que nos impide analizar con perspectiva, la realidad de lo que está ocurriendo.
Permítanme dedicar esta tarde, al llanto y a la meditación y también a buscar una tabla a la que agarrarme con todas mis fuerza, para  poder ofrecer en breve a quién ahora más lo necesita, la voluntad de acompañarle en el duro camino que le espera, pues a los compañeros del corazón, hay que brindarles siempre una mano fuerte que les sostenga en los malos momentos y unas palabras cálidas que mitiguen las circunstancias adversas, con amor, pues este sentimiento es el único capaz de ayudar a realizar milagros, que en principio, podrían considerarse imposibles.
En este mundo extraño, por su incondicionalidad, de la amistad, en el que uno entra y se queda al lado de determinadas personas, aceptándolas como son, sin esperar de ellas nada más que su confianza plena y su afecto eterno, dar es mucho más importante que recibir y cuando se ha compartido toda una vida con seres únicos e irrepetibles, que han convertido tus circunstancias en las suyas y tus alegrías en sus alegrías y  tu angustia en  la suya, resarciéndote con su compañía de otros muchos fracasos y sinsabores, surgidos a lo largo de un viaje que todos hacemos, devolver todo lo que te dieron, procurar el bienestar de aquellos a los que amas o simplemente estar a su lado cuando lo necesitan, ha de ser una obligación inaplazable y una manera de dejar constancia de que estar en el mundo merece la pena, aunque sólo sea por la inmensa suerte de haber conocido a los que llevaremos en  el corazón para siempre, nuestros amigos.

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