domingo, 23 de septiembre de 2018

En contra de la evolución



Viendo hace un par de días el Debate organizado por El País, entre Felipe González y José María Aznar, moderado por Soledad Gallego y perteneciendo a una generación que vivió la llamada Revolución del 78, como militante activa de la vida política, aunque en un plano de inferioridad en relación con estos debatientes, al oírles hablar sobre lo divino y lo humano y de las acciones que convirtieron la Transición española en un hecho único e irrepetible que nos trajo una Constitución consensuada que satisfizo medianamente las aspiraciones primarias de todos, no pude por menos, que estar de acuerdo en que las decisiones que se tomaron entonces, fueron quizá las menos lesivas para la población en general, aunque nadie nos dijo que los textos que se escribieran en aquella Carta Magna que aprobaron por mayoría todos los españoles, tuvieran que durar para siempre, como si la vida se hubiera detenido en el tiempo en que se redactó, sin contemplar en ningún momento que la Historia evolucionaría en el mundo y también en este país, como ha solido ser natural, a lo largo de todos los siglos.
Fue el Debate entre los ex Presidentes, una loa continua que ensalzaba la supuesta grandeza de su propia labor y que se limitó a resaltar, desde una posición de egocentrismo totalitario,  irrespetuoso para los telespectadores, las bondades casi dogmáticas de las acciones que se realizaron bajo sus dos mandatos y desdeñando, de manera desconsiderada y absolutamente tajante, no sólo el trabajo de los Partidos políticos actuales, sino también, cualquier posibilidad de cambiar la  Constitución, que pudieran estar reclamando en estos momentos, algún colectivo o la totalidad de los españoles.
Sin poder dar crédito al pasteleo que fluía entre ambos ex Presidentes, pues una recordaba a la perfección los durísimos enfrentamientos protagonizados entre ambos años atrás y la más que probada enemistad que entre ellos existía y no sólo en el ámbito de la vida política, parecía imposible entender que simplemente con el paso del tiempo, los pensamientos diametralmente opuestos de antaño, hubieran podido acercarse de tal suerte, que parecieran uno mismo, como si las enormes brechas que les separaron, se hubieran convertido en un bloque sin fisuras, del que ahora emanaba una ideología casi idéntica.
De nada sirvieron los esfuerzos mutuos por demostrar que continúan siendo expertos en el arte de la oratoria, pues los contenidos de los mensajes que se lanzaron denotaron una oposición absoluta a cualquier tipo de evolución, demostrando que ninguno de ellos se ha resignado nunca al hecho de haber tenido que abandonar el poder y que ambos continúan creyendo que poseen una superioridad natural, sobre el resto de los ciudadanos.
Pretendiendo en todo momento ofrecer lecciones magistrales de Historia y Política a los nuevos líderes de los Partidos actuales, con un tono de condescendencia que ofendía, en sí mismo y  supuestos consejos que parecían querer brindar a quiénes nunca los han pedido y que probablemente no los necesitan, llegaron hasta el punto de poner en duda el hecho de que alguno de ellos se hubiera tomado la molestia de leer la Constitución, dando por sentado que de haberlo hecho, resultarían impensables algunas de las sugerencias de cambio que estaban proponiendo.
Afortunadamente para esta Nación nuestra, no todos los que protagonizamos la transición hemos permanecido anclados a lo que ocurrió en aquellos momentos, sino que hemos  ido, como suele ser lo normal, creciendo y desarrollando un proceso de adaptación a las vicisitudes que se han convertido en evidencias y luchando a la vez, contra todo aquello que nos ha ido pareciendo que no era justo, a lo largo de estos cuarenta años y muy especialmente, en los últimos tiempos.
Por ello creemos que la Constitución del 78 no es, como sugirieron González y Aznar, durante todo el supuesto Debate, un Catecismo inalterable, parecido a los que poseen todas las religiones que conocemos, sino un texto que ha de ir contemplando las necesidades que vayan surgiendo al paso de los tiempos y que pudieran lesionar gravemente los derechos de los ciudadanos, debiendo ser incuestionablemente reformada, si así lo requiriera la ocasión o lo exigiera el grueso de la Sociedad, que por Ley está obligada a acatarla, aunque no esté de acuerdo con su contenido total o parcial, como es evidente.
¿Temen acaso los ex Presidentes que si se admiten cambios en la Constitución, ese prestigio del que presumen quede minimizado ante la mirada de las nuevas generaciones y también de las viejas?
Lo que hicieron, las decisiones que cada uno de ellos tomó en su momento, las luces y las sombras de lo que ocurrió mientras permanecieron en el poder, se encuentra ya, para bien o para mal, plasmado en los libros de Historia y por ello resulta ser inalterable, por lo que habrá de perseguirles mientras vivan y aún después de muertos.
Esta oposición declarada, obtusa e inaceptable, a cualquier cambio que pueda producirse en el ámbito constitucional, el empeño en perseverar  en unas ideas que han envejecido con ellos y el desprecio demostrado hacia los conocimientos y la ideología de los jóvenes que les han sucedido en sus cargos y que luchan ahora por cambiar, porque es su momento, aquellos conceptos que les parecen contra derecho, no hace, sino mostrar una imagen parecida a la que debieron dar todos aquellos supuestos científicos que durante años se negaron a aceptar las teorías de Darwin, allá por el siglo XIX.
Son el retrato amarillento y desgarrador de una época que ya pasó y esconden, bajo su apariencia de pulcritud, la oscura y única ambición de no ser olvidados, aunque sin asumir que las nuevas generaciones están en su derecho de ocupar puestos de relevancia política y de tomar sus propias decisiones, como ya ellos mismos hicieran, en sus tiempos de gloria, por la voluntad expresa del pueblo.
Poner palos en las ruedas, minimizar el talento de los políticos actuales o su capacidad para gestionar los asuntos de Estado, constituye una imperdonable falta de respeto, no sólo a sus propios compañeros, sino a todos los que creemos en el futuro que pueden ofrecernos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario