Viendo
hace un par de días el Debate organizado por El País, entre Felipe González y
José María Aznar, moderado por Soledad Gallego y perteneciendo a una generación
que vivió la llamada Revolución del 78, como militante activa de la vida
política, aunque en un plano de inferioridad en relación con estos debatientes,
al oírles hablar sobre lo divino y lo humano y de las acciones que convirtieron
la Transición española en un hecho único e irrepetible que nos trajo una
Constitución consensuada que satisfizo medianamente las aspiraciones primarias
de todos, no pude por menos, que estar de acuerdo en que las decisiones que se
tomaron entonces, fueron quizá las menos lesivas para la población en general,
aunque nadie nos dijo que los textos que se escribieran en aquella Carta Magna
que aprobaron por mayoría todos los españoles, tuvieran que durar para siempre,
como si la vida se hubiera detenido en el tiempo en que se redactó, sin
contemplar en ningún momento que la Historia evolucionaría en el mundo y
también en este país, como ha solido ser natural, a lo largo de todos los
siglos.
Fue
el Debate entre los ex Presidentes, una loa continua que ensalzaba la supuesta
grandeza de su propia labor y que se limitó a resaltar, desde una posición de
egocentrismo totalitario, irrespetuoso
para los telespectadores, las bondades casi dogmáticas de las acciones que se
realizaron bajo sus dos mandatos y desdeñando, de manera desconsiderada y
absolutamente tajante, no sólo el trabajo de los Partidos políticos actuales,
sino también, cualquier posibilidad de cambiar la Constitución, que pudieran estar reclamando
en estos momentos, algún colectivo o la totalidad de los españoles.
Sin
poder dar crédito al pasteleo que fluía entre ambos ex Presidentes, pues una
recordaba a la perfección los durísimos enfrentamientos protagonizados entre
ambos años atrás y la más que probada enemistad que entre ellos existía y no
sólo en el ámbito de la vida política, parecía imposible entender que
simplemente con el paso del tiempo, los pensamientos diametralmente opuestos de
antaño, hubieran podido acercarse de tal suerte, que parecieran uno mismo, como
si las enormes brechas que les separaron, se hubieran convertido en un bloque
sin fisuras, del que ahora emanaba una ideología casi idéntica.
De
nada sirvieron los esfuerzos mutuos por demostrar que continúan siendo expertos
en el arte de la oratoria, pues los contenidos de los mensajes que se lanzaron
denotaron una oposición absoluta a cualquier tipo de evolución, demostrando que
ninguno de ellos se ha resignado nunca al hecho de haber tenido que abandonar
el poder y que ambos continúan creyendo que poseen una superioridad natural, sobre
el resto de los ciudadanos.
Pretendiendo
en todo momento ofrecer lecciones magistrales de Historia y Política a los
nuevos líderes de los Partidos actuales, con un tono de condescendencia que
ofendía, en sí mismo y supuestos
consejos que parecían querer brindar a quiénes nunca los han pedido y que
probablemente no los necesitan, llegaron hasta el punto de poner en duda el
hecho de que alguno de ellos se hubiera tomado la molestia de leer la
Constitución, dando por sentado que de haberlo hecho, resultarían impensables
algunas de las sugerencias de cambio que estaban proponiendo.
Afortunadamente
para esta Nación nuestra, no todos los que protagonizamos la transición hemos
permanecido anclados a lo que ocurrió en aquellos momentos, sino que hemos ido, como suele ser lo normal, creciendo y
desarrollando un proceso de adaptación a las vicisitudes que se han convertido
en evidencias y luchando a la vez, contra todo aquello que nos ha ido
pareciendo que no era justo, a lo largo de estos cuarenta años y muy especialmente,
en los últimos tiempos.
Por
ello creemos que la Constitución del 78 no es, como sugirieron González y Aznar,
durante todo el supuesto Debate, un Catecismo inalterable, parecido a los que
poseen todas las religiones que conocemos, sino un texto que ha de ir
contemplando las necesidades que vayan surgiendo al paso de los tiempos y que
pudieran lesionar gravemente los derechos de los ciudadanos, debiendo ser incuestionablemente
reformada, si así lo requiriera la ocasión o lo exigiera el grueso de la
Sociedad, que por Ley está obligada a acatarla, aunque no esté de acuerdo con
su contenido total o parcial, como es evidente.
¿Temen
acaso los ex Presidentes que si se admiten cambios en la Constitución, ese
prestigio del que presumen quede minimizado ante la mirada de las nuevas
generaciones y también de las viejas?
Lo
que hicieron, las decisiones que cada uno de ellos tomó en su momento, las
luces y las sombras de lo que ocurrió mientras permanecieron en el poder, se encuentra
ya, para bien o para mal, plasmado en los libros de Historia y por ello resulta
ser inalterable, por lo que habrá de perseguirles mientras vivan y aún después
de muertos.
Esta
oposición declarada, obtusa e inaceptable, a cualquier cambio que pueda
producirse en el ámbito constitucional, el empeño en perseverar en unas ideas que han envejecido con ellos y
el desprecio demostrado hacia los conocimientos y la ideología de los jóvenes que
les han sucedido en sus cargos y que luchan ahora por cambiar, porque es su
momento, aquellos conceptos que les parecen contra derecho, no hace, sino
mostrar una imagen parecida a la que debieron dar todos aquellos supuestos
científicos que durante años se negaron a aceptar las teorías de Darwin, allá
por el siglo XIX.
Son
el retrato amarillento y desgarrador de una época que ya pasó y esconden, bajo
su apariencia de pulcritud, la oscura y única ambición de no ser olvidados,
aunque sin asumir que las nuevas generaciones están en su derecho de ocupar
puestos de relevancia política y de tomar sus propias decisiones, como ya ellos
mismos hicieran, en sus tiempos de gloria, por la voluntad expresa del pueblo.
Poner
palos en las ruedas, minimizar el talento de los políticos actuales o su
capacidad para gestionar los asuntos de Estado, constituye una imperdonable
falta de respeto, no sólo a sus propios compañeros, sino a todos los que
creemos en el futuro que pueden ofrecernos.

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