jueves, 13 de septiembre de 2018

La Universidad, a juicio



Para los que tenemos cierta edad y procedemos de familias humildes que se vieron obligadas a soportar durísimas condiciones vitales, entre las  que  destacaba la imposibilidad material de tener acceso a la educación, entonces concebida en exclusividad para las clases más poderosas de la Sociedad, concebir el sueño de que alguno de sus miembros pudiera llegar a cursar una carrera universitaria que le permitiera salir del bucle de pobreza y desolación intelectual en el que se encontraban sumidos nuestros padres y nuestros abuelos, podía considerarse simplemente como una inalcanzable utopía, que algunos, como en el caso de mi padre, con respecto a mí, consiguieron hacer realidad, a base de agallas, lucha y un gran esfuerzo.
La Universidad representaba para nuestros antecesores y por ende, también para los pocos de sus descendientes que logramos entrar en ella, una Institución siempre ligada a la propagación de la Cultura, la Ciencia y la Sabiduría, que otorgaba un prestigio inalterable a los que pasaban por ella, permitiéndoles una libertad de pensamiento y opinión, que no sólo marcaba el camino que cada uno tomaría después en su vida, sino que además moldeaba ,en cierta medida, el carácter individual, pues el hecho de abrir la mente, gracias a las enseñanzas allí recibidas, suponía ya una curiosidad permanente por continuar aprendiendo y una tolerancia con la diversidad, que convirtió a una buena parte de nuestra generación, en personas mucho más valiosas para construir un futuro en el que la lucha por la igualdad de oportunidades para todos, se convirtiera en un hecho.
 Allí dimos nuestros primeros pasos en el dominio de determinadas materias, esforzándonos hasta límites insospechados por no defraudar las ilusiones que en nosotros habían depositado los nuestros y allí también, se nos abrió otro mundo, en el que parecía posible escapar de la oscuridad que dominaba los años de la dictadura franquista, hasta transformarnos en auténticos luchadores que habiéndose zafado de la ignorancia, pelearon sin tregua porque  en nuestro país se instaurara una Democracia y muy fundamentalmente porque a todos nos fueran reconocidos nuestros derechos.
Nadie se habría atrevido a poner en duda en ningún momento que la única manera de obtener una Licenciatura o un Doctorado podía basarse en nada más que en la capacidad de trabajo que cada uno de nosotros tuviera, por lo que la posibilidad de alcanzar un buen expediente, se encontraba directamente  relacionada con la cantidad de horas dedicadas al estudio y la investigación, en lo que constituía un durísimo camino que culminaba con la recompensa de la satisfacción personal que suponía aquella firma que constataba que habías superado todas las pruebas.
Jamás se nos pasó por la cabeza que ninguna Universidad pudiera aventurarse a poner en riesgo el honor de ser considerada como la cuna del conocimiento y menos aún, que aquellos profesores a los que admirábamos y respetábamos, en mayor o menor medida, pudieran pensar siquiera en la eventualidad de dejarse corromper, ofreciendo a cambio de dinero o privilegios, regalos académicos como los que estamos conociendo en estos días, pues obtener una Cátedra universitaria y ganarse el respeto  de la intelectualidad en general y muy especialmente de alumnos y compañeros, requería una implicación absoluta con las reglas marcadas por la Institución y un compromiso inalterable con la decencia y la honradez, pues lo que se jugaban por su criterio, era el futuro de las nuevas generaciones de españoles.
Asistimos atónitos y casi sin poderlo creer a esta degeneración progresiva de aquellos valores que se nos inculcaron y en los que creímos, comprobando que desgraciadamente los tentáculos de la corrupción han llegado también y probablemente para quedarse, a las Universidades públicas del país y algo se nos remueve por dentro, pues el agravio comparativo que establecen estos títulos regalados con el trabajo real de los alumnos que de verdad cursaron y pagaron estas materias, perjudica seriamente a los afectados y no sólo porque otros obtuvieran sin esfuerzo exactamente lo mismo que ellos poseen, con toda justicia, sino porque la imagen de los Centros en que pasaron estas cosas, devalúa gravemente las titulaciones allí obtenidas, restando oportunidades de trabajo a quienes las disfrutan de manera real, sin haberse beneficiado nunca de convalidaciones imposibles, trabajos copiados o notas infladas o inventadas y habiendo asistido además, a todas y cada una de las clases requeridas para la obtención del Máter o Tesis, en concreto.
Resulta pues imprescindible, primero, destapar todos y cada uno de los casos que hayan podido darse a lo largo y ancho del país, sin importar los nombres o cargos que ocupen, los que se han beneficiado de estos regalos habilitados en exclusiva para ellos e investigar, hasta las últimos consecuencias, las tramas de corrupción que pudieran existir en todas y cada  una de las Universidades públicas españolas, inhabilitando para siempre a todos aquellos, cuya participación en estos hechos quede probada, sin permitirles volver al ejercicio de la profesión que tan vilmente han denostado con sus comportamientos.
A los jóvenes que se sientan indignados y decepcionados por todo lo ocurrido, incluidos nuestros propios hijos y nietos, que lograron a través de su trabajo y dedicación, lo que tienen, decirles que les acompaña,  en todo momento, la razón y que la única vía para conseguir que asuntos como éstos no se repitan, es la de hacer efectiva una lucha sin tregua para que se haga pública la verdad, aunque para ello haya que emplear muchas horas en manifestaciones y protestas.
Y a todos los que han colaborado en las tramas, dejándose seducir por los cantos de sirenas que entonaban en sus oídos los políticos, asegurarles que no hay perdón para la pérdida de su honor, pues con sus actos no sólo han cometido los delitos de los que se les acusan, sino que al prestarse a estos juegos, han perdido para siempre su dignidad y han dañado, quizá de manera irreversible, la reputación de la Institución más importante que posee cualquier país, pues sin educación, nada seríamos,


No hay comentarios:

Publicar un comentario