Después
de que hayan pasado casi cuarenta años desde que se instaurara en este país la
Democracia y de que hayan circulado por Moncloa , siete Presidentes de
Gobierno, al mundo de la política parece haberle entrado mucha prisa por terminar
con los aforamientos que han constituido un privilegio para todos ellos desde
el principio y que los ciudadanos de a
pie, juzgamos siempre como un asunto que nunca debió aprobarse, tal y como está
expuesto, simplemente porque brindaba una especie de inmunidad a unas doscientas cincuenta mil personas, si
añadimos representantes policiales, de
la judicatura y la Casa Real, violando gravemente el derecho de ante la justicia, que a todos debiera
asistirnos de la misma manera.
Durante
años, pero sobre todo en los últimos tiempos, hemos asistido atónitos a una
serie de casos de corrupción, fundamentalmente relacionados con el mundo de la
política, en los que por el hecho de ser aforados, muchos sospechosos se las
han venido ingeniando para evitar con total desfachatez, el hecho de
poder ser imputados en estos delitos, estableciendo ante ellos una barrera
infranqueable que les ha protegido de sentarse en los banquillos que ocupaba la
gente corriente, provocando en la población en general, una suerte de indignación,
que pretende corregirse, en parte, pues
los Partidos establecen criterios distintos, que no terminan de convencer a los que creemos firmemente en una igualdad
real de nuestros derechos.
Esta
serie de prerrogativas de que disfrutan estos doscientos cincuenta mil aforados
y que recuerdan ostensiblemente a las que disfrutaban los nobles en la Edad Media,
no admiten ser afrontadas con medias tintas o contemplando exclusiones
personales o motivadas por si los delitos que pudieran cometerse tuvieran que
ver con el ejercicio de sus funciones o con la vida privada de cada cual, sino
que deben ser eliminadas en su totalidad y de raíz, pues suponen un flagrante
agravio comparativo con el resto de las personas que formamos parte de esta Nación
y que nos vemos obligados en todo momento a someternos a los dictados de la
Ley, si no queremos terminar siendo juzgados por Tribunales ordinarios que
decidirán si somos culpables o inocentes de los delitos de que estuviéramos
acusados.
Perderse
en disquisiciones absurdas o dividir en
apartados distintos a los aforados, estableciendo entre ellos categorías o
pretendiendo mantener la idea de la inviolabilidad de los miembros más relevantes
de la Monarquía, resulta simplemente inaceptable, en cuanto se recuerda que vivimos
en pleno siglo XXI y que ya de por sí, la Institución representa un reducto
feudal sencillamente obsoleto y más aún cuando circulan por todas partes
rumores de que el Rey emérito podría haber estado, presuntamente, cobrando
comisiones indebidas y manteniendo durante años, cuentas en paraísos fiscales,
mientras los demás nos enfrentábamos a la dureza de los peores años de la
crisis, acusados además, por Rajoy y los suyos, de haber intentado vivir por
encima de nuestras posibilidades, culpabilizándonos sin decoro, de todo cuánto
estaba ocurriendo.
Lo
que estaban haciendo una buena parte de estos aforados entretanto, como
apropiarse indebidamente de fondos públicos, o extorsionar a los empresarios
para obtener dinero negro destinado a financiar ilegalmente Campañas
electorales o simplemente al
enriquecimiento personal obtenido a través de la evasión o el blanqueo, ha
costado al bolsillo de los ciudadanos, que se sepa hasta ahora, una cantidad
aproximada a los ochenta mil millones de euros, aunque al no haber podido
juzgarse aún a muchos de los implicados, a causa de su aforamiento, no podemos
calcular totalmente el montante de las operaciones fraudulentas que se han
venido desarrollando a través de estas tramas, que seguramente nunca conoceremos.
Por
ello y porque en conciencia no creemos que La Constitución actual haya de ser
un documento intocable, cuyo contenido haya de permanecer tal como está,
indefectiblemente, la cuestión de la supresión total de los aforamientos, no
admite negociación o discusión, pues lo que los ciudadanos deseamos es que se
nos considere exactamente iguales a todos los efectos, ante la Ley, sin que
pueda haber, ni siquiera uno solo entre nosotros, que por cuestiones de
apellidos o cargo, sea sostenido en volandas, disfrutando de este tipo de
privilegios.
Si
para ello se impone una Reforma urgente de la Constitución, que se haga y a ser
posible, aprovechando la oportunidad para poner al día otras muchas injusticias
que en ella se contemplan y que aunque
puede que fueran útiles en el momento en que se elaboró, los años transcurridos
y los cambios naturales producidos en el país, se han encargado de invalidar,
lógicamente.
Yo
aconsejaría a Pedro Sánchez que no incurriera en el mismo error que su antecesor y que se interesase todos los
días en saber lo que piensa el pueblo, porque en el fondo, es la opinión de los
ciudadanos la que suma o resta poder y los políticos, todos sin excepción, son
simples aves de paso, aunque la mayoría de ellos adolezca del defecto de creer
que ese poder les durará para siempre.
Proponga
pues, señor Presidente, con toda la valentía que el momento requiera y con la
sinceridad que siempre faltó a sus antecesores, una retirada total de los
aforamientos. Atrévase. No se arrepentirá de hacerlo.

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