A todos los que pensaban que éramos una carga para las Arcas
del Estado y que una inmensa mayoría de nosotros habíamos perdido la capacidad
de razonar, convirtiéndonos en inútiles
para ejercer otro tipo de trabajo o afición que no fuera el de cuidar nietos
mientras nuestros hijos trabajaban para ganar un sueldo de miseria o asistir a
ridículas sesiones de gimnasia o de natación, organizadas por los Ayuntamientos
y a algún que otro viaje del IMSERSO, en los que hacer el ridículo bailando Los Pajaritos, en algún
hotel de playa, durante el invierno, ha debido quedarles claro el otro día,
cuando salimos masivamente a las calles, para reclamar nuestro inalienable
derecho a cobrar esas pensiones dignas, que el Gobierno de Mariano Rajoy, nos
niega sistemáticamente, mientras destina el montante reservado a tal fin, a
rescatar bancos y autopistas en quiebra, que no ha estado jamás en nuestro
ánimo rendirnos ante la adversidad y que conservamos, porque la mente permanece
joven, aquel espíritu de lucha que hizo posible salir de la oscuridad de
cuarenta años de dictadura, facilitar una transición y ofrecer a nuestros hijos
una vida mucho mejor que la que nos había tocado en suerte, por desgracia, a
nosotros, abriéndoles el camino a una
educción, que hasta entonces había sido
inaccesible para los que procedíamos de familias obreras y a un pensamiento
libre que les acompañará durante toda su
vida y que habrá sido la herencia más hermosa que les pudimos ofrecer, o al
menos así lo pensábamos, hasta que llegaron los años de la crisis.
Estos viejos inútiles, con los que todos los Partidos
negocian, pues la fuerza numérica de sus votos podría, sin duda alguna, formar
y tirar Gobiernos, pero a los que algunos parecen considerar imbéciles o
indocumentados a los que mover de acá para allá, con unas cuantas palmadas de
consuelo y tres palabritas que llamen a la resignación, por la dureza de los
tiempos, tratando de manipular su libertad de elección, siempre a través del
miedo, acabamos de ofrecer a la totalidad de la Sociedad española una impagable
lección de valor y estamos, aunque sea con muletas, prótesis de caderas o
marcapasos colocados en unos corazones agotados de trabajar, lúcidos, unidos,
organizados y perfectamente dispuestos a continuar en una lucha por la justicia
social, que aprendimos a sangre y fuego y que jamás podremos olvidar, por las
esquinas de este mismo país, que hemos ayudado a transformar en otro bien
distinto al que tuvimos en aquella
juventud, peligrosa e incierta.
Puede, que la derecha gobernante nos hubiera dado por
muertos, o al menos, por una masa sometida a los vaivenes de sus deseos y hasta
que hayan creído, desde su pedestal de irreverente soberbia, que las pensiones que recibimos son una
especie de limosna que nos ofrece cada mes el Estado, confundiéndolas con una
ayuda social, que palie en lo posible el destrozo que ha ocasionado la
espantosa gestión que ellos mismos han hecho de esta crisis, con esa políticas
de recortes y esa Reforma Laboral, que ha llevado a nuestros jóvenes a la
desesperación del paro y la pobreza y a nosotros, como padres y abuelos, a la
tácita obligación de sostener con lo poco que recibimos, unas vidas
destrozadas, que sin embargo, a nuestro amparo, han evitado el estallido social
que sin duda merecerían nuestros dirigentes, por lo que a todos nos han hecho.
Pero además, resulta que las pensiones no sólo no son
asistenciales, sino que para quién no lo haya querido entender, se trata
simplemente de una estricta devolución de lo que los mayores hemos ido aportando
durante toda nuestra vida laboral, a este sistema único y solidario, como una
inversión simple de futuro y que, por
tanto, nada reclamamos, que no hayamos depositado antes en esa hucha que ha ido
vaciando el PP, a marchas forzadas, desde que en 2011, llegara al Gobierno, por
lo que se podría calificar de vergonzoso que ni siquiera se equiparen las
subidas anuales a las del IPC, restándonos un poder adquisitivo que ha
conseguido situar a muchos de nosotros, al borde mismo del umbral de la pobreza.
No ha sido fácil tener que renunciar a un retiro digno para
acoger a las familias de nuestros hijos despedidos de sus empleos, asumir sus
cargas hipotecarias y su manutención o tener que llorar amargamente mientras
les desahuciaban de sus casas, ni volver a compartir espacio y mesa, con
hombres y mujeres destrozados por la situación que se les vino encima de
repente, incluso con aquellos que a trancas y barrancas, han conseguido
conservar el trabajo, pero a quienes los recortes sufridos han colocado en una
situación de miseria laboral, que no es acorde, ni con su formación, ni con sus
aptitudes y a los que hemos tenido que ayudar a recomponer su malograda
dignidad, triturada por la presión psicológica que les ha impuesto la dureza de
los últimos tiempos.
El caso es, que como la situación se ha ido paliando,
principalmente, a base de cariño y mucho sacrificio, algunos daban ya por
sentado que jóvenes y mayores habíamos llegado a una situación de conformismo
general y que los avatares padecidos nos habrían hecho mucho más vulnerables,
matando nuestro espíritu crítico, cualquier atisbo de ilusión y los sueños de
poder conseguir una vida mejor, basada en la honrada y el esfuerzo y que
seríamos marionetas dispuestas a ser manejadas por los que tiran de los hilos del
poder, sin ofrecer resistencia a esta burda maniobra de adoctrinamiento a
través de una táctica reiterada de
miedo.
No contaban con que ya nos quedaba poco por perder, ni con que los avances de la ciencia, a la que
desprecian profundamente, a juzgar por el presupuesto que en ella invierten,
los hombres y mujeres de este país hemos conseguido aumentar nuestra capacidad
de resistencia, con edades más avanzadas, ni tampoco, con que en el transcurso
de nuestras vidas, nos hemos visto obligados a tener que aprender cualquier
lección que nos hayan ofrecido, sobre todo en los malos tiempos y menos aún, con que
habiendo llegado al momento actual, poseemos inevitablemente, conciencia de la
importancia real que para cualquier Partido, el que sea, tienen y tendrán
nuestros votos, cuestión que nos
convierte en indispensables para todo aquél que desee llegar al poder, de
manera inevitable e indiscutible.
Nada reclamamos, para quién nos quiera escuchar, que no sea
nuestro y tenemos todo el tiempo del mundo para permanecer en las calles
ejerciendo una permanente firmeza, para buscar, los hilos de que tirar y
también, para enseñar a los que nos siguen, desde nuestra probada experiencia,
que el mundo nunca fue de los cobardes y que los pobres jamás consiguieron
nada, si no fue a través de la presión ejercida sobre el poder, como la
Historia nos demuestra.
Conservamos, aquel espíritu de rebeldía que el mundo entero
admiró cuando fuimos capaces de pasar de una Dictadura a una Democracia, ahora
deteriorada y obsoleta y del oscurantismo a la libertad y se nos quedó dentro
que nadie, nunca, jamás, podría volver a silenciar nuestra voluntad, ni a
despojarnos de aquellos bien ganados derechos.
No vendría mal ver, entre las cabezas plateadas por el paso
del tiempo, el apoyo incondicional de esos jóvenes a los que dedicamos nuestras
vidas y que en muchos casos, permanecen anclados a una resignación, impropia de
su edad y de su tiempo. A veces, abandonan la desidia de los sillones, para
tomar las calles en apoyo de algún equipo de fútbol y proyectan su frustración
en actos vandálicos, mientras se les pasa la vida sin haber hecho nada nunca,
para crecer como seres humanos y sentirse más libres.
Nadie debiera consentir que otros le arrebaten sus sueños.

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