domingo, 25 de febrero de 2018

Una lección de valor



A todos los que pensaban que éramos una carga para las Arcas del Estado y que una inmensa mayoría de nosotros habíamos perdido la capacidad de razonar,  convirtiéndonos en inútiles para ejercer otro tipo de trabajo o afición que no fuera el de cuidar nietos mientras nuestros hijos trabajaban para ganar un sueldo de miseria o asistir a ridículas sesiones de gimnasia o de natación, organizadas por los Ayuntamientos y a algún que otro viaje del IMSERSO, en los que hacer  el ridículo bailando Los Pajaritos, en algún hotel de playa, durante el invierno, ha debido quedarles claro el otro día, cuando salimos masivamente a las calles, para reclamar nuestro inalienable derecho a cobrar esas pensiones dignas, que el Gobierno de Mariano Rajoy, nos niega sistemáticamente, mientras destina el montante reservado a tal fin, a rescatar bancos y autopistas en quiebra, que no ha estado jamás en nuestro ánimo rendirnos ante la adversidad y que conservamos, porque la mente permanece joven, aquel espíritu de lucha que hizo posible salir de la oscuridad de cuarenta años de dictadura, facilitar una transición y ofrecer a nuestros hijos una vida mucho mejor que la que nos había tocado en suerte, por desgracia, a nosotros, abriéndoles el camino a  una educción,  que hasta entonces había sido inaccesible para los que procedíamos de familias obreras y a un pensamiento libre que les acompañará durante  toda su vida y que habrá sido la herencia más hermosa que les pudimos ofrecer, o al menos así lo pensábamos, hasta que llegaron los años de la crisis.
Estos viejos inútiles, con los que todos los Partidos negocian, pues la fuerza numérica de sus votos podría, sin duda alguna, formar y tirar Gobiernos, pero a los que algunos parecen considerar imbéciles o indocumentados a los que mover de acá para allá, con unas cuantas palmadas de consuelo y tres palabritas que llamen a la resignación, por la dureza de los tiempos, tratando de manipular su libertad de elección, siempre a través del miedo, acabamos de ofrecer a la totalidad de la Sociedad española una impagable lección de valor y estamos, aunque sea con muletas, prótesis de caderas o marcapasos colocados en unos corazones agotados de trabajar, lúcidos, unidos, organizados y perfectamente dispuestos a continuar en una lucha por la justicia social, que aprendimos a sangre y fuego y que jamás podremos olvidar, por las esquinas de este mismo país, que hemos ayudado a transformar en otro bien distinto al que  tuvimos en aquella juventud, peligrosa e incierta.
Puede, que la derecha gobernante nos hubiera dado por muertos, o al menos, por una masa sometida a los vaivenes de sus deseos y hasta que hayan creído, desde su pedestal de irreverente soberbia,  que las pensiones que recibimos son una especie de limosna que nos ofrece cada mes el Estado, confundiéndolas con una ayuda social, que palie en lo posible el destrozo que ha ocasionado la espantosa gestión que ellos mismos han hecho de esta crisis, con esa políticas de recortes y esa Reforma Laboral, que ha llevado a nuestros jóvenes a la desesperación del paro y la pobreza y a nosotros, como padres y abuelos, a la tácita obligación de sostener con lo poco que recibimos, unas vidas destrozadas, que sin embargo, a nuestro amparo, han evitado el estallido social que sin duda merecerían nuestros dirigentes, por lo que a todos nos han hecho.
Pero además, resulta que las pensiones no sólo no son asistenciales, sino que para quién no lo haya querido entender, se trata simplemente de una estricta devolución de lo que los mayores hemos ido aportando durante toda nuestra vida laboral, a este sistema único y solidario, como una inversión simple de futuro   y que, por tanto, nada reclamamos, que no hayamos depositado antes en esa hucha que ha ido vaciando el PP, a marchas forzadas, desde que en 2011, llegara al Gobierno, por lo que se podría calificar de vergonzoso que ni siquiera se equiparen las subidas anuales a las del IPC, restándonos un poder adquisitivo que ha conseguido situar a muchos de nosotros, al borde mismo del umbral de la pobreza.
No ha sido fácil tener que renunciar a un retiro digno para acoger a las familias de nuestros hijos despedidos de sus empleos, asumir sus cargas hipotecarias y su manutención o tener que llorar amargamente mientras les desahuciaban de sus casas, ni volver a compartir espacio y mesa, con hombres y mujeres destrozados por la situación que se les vino encima de repente, incluso con aquellos que a trancas y barrancas, han conseguido conservar el trabajo, pero a quienes los recortes sufridos han colocado en una situación de miseria laboral, que no es acorde, ni con su formación, ni con sus aptitudes y a los que hemos tenido que ayudar a recomponer su malograda dignidad, triturada por la presión psicológica que les ha impuesto la dureza de los últimos tiempos.
El caso es, que como la situación se ha ido paliando, principalmente, a base de cariño y mucho sacrificio, algunos daban ya por sentado que jóvenes y mayores habíamos llegado a una situación de conformismo general y que los avatares padecidos nos habrían hecho mucho más vulnerables, matando nuestro espíritu crítico, cualquier atisbo de ilusión y los sueños de poder conseguir una vida mejor, basada en la honrada y el esfuerzo y que seríamos marionetas dispuestas a ser manejadas por los que tiran de los hilos del poder, sin ofrecer resistencia a esta burda maniobra de adoctrinamiento a través de una táctica  reiterada de miedo.
No contaban con que ya nos quedaba poco por perder, ni  con que los avances de la ciencia, a la que desprecian profundamente, a juzgar por el presupuesto que en ella invierten, los hombres y mujeres de este país hemos conseguido aumentar nuestra capacidad de resistencia, con edades más avanzadas, ni tampoco, con que en el transcurso de nuestras vidas, nos hemos visto obligados a tener que aprender cualquier lección que nos hayan ofrecido, sobre todo en  los malos tiempos y menos aún, con que habiendo llegado al momento actual, poseemos inevitablemente, conciencia de la importancia real que para cualquier Partido, el que sea, tienen y tendrán nuestros votos,  cuestión que nos convierte en indispensables para todo aquél que desee llegar al poder, de manera inevitable  e indiscutible.
Nada reclamamos, para quién nos quiera escuchar, que no sea nuestro y tenemos todo el tiempo del mundo para permanecer en las calles ejerciendo una permanente firmeza, para buscar, los hilos de que tirar y también, para enseñar a los que nos siguen, desde nuestra probada experiencia, que el mundo nunca fue de los cobardes y que los pobres jamás consiguieron nada, si no fue a través de la presión ejercida sobre el poder, como la Historia nos demuestra.
Conservamos, aquel espíritu de rebeldía que el mundo entero admiró cuando fuimos capaces de pasar de una Dictadura a una Democracia, ahora deteriorada y obsoleta y del oscurantismo a la libertad y se nos quedó dentro que nadie, nunca, jamás, podría volver a silenciar nuestra voluntad, ni a despojarnos de aquellos bien ganados derechos.
No vendría mal ver, entre las cabezas plateadas por el paso del tiempo, el apoyo incondicional de esos jóvenes a los que dedicamos nuestras vidas y que en muchos casos, permanecen anclados a una resignación, impropia de su edad y de su tiempo. A veces, abandonan la desidia de los sillones, para tomar las calles en apoyo de algún equipo de fútbol y proyectan su frustración en actos vandálicos, mientras se les pasa la vida sin haber hecho nada nunca, para crecer como seres humanos y sentirse más libres.
Nadie debiera consentir que otros le arrebaten sus sueños.

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