martes, 6 de febrero de 2018

Prácticas deleznables



Impresionante, el programa de Jordi  Évole, sobre las industrias cárnicas en España y no sólo por las terribles imágenes que pudimos ver sobre un maltrato animal que ignoramos los consumidores, cuando llevamos estos productos a nuestras mesas, sino también, por el mortificación que determinados empresarios sin escrúpulos están infringiendo a los emigrantes a los que explotan en sus fábricas y que roza la esclavitud que se viviera a principios de la revolución industrial, en las textiles, como si no hubieran pasado dos siglos y la lucha por los derechos de los trabajadores hubiera quedado pulverizada, sin ningún tipo de intervención de los Gobiernos.
Los testimonios de estos operarios, que son obligados a darse de alta como autónomos  cooperativistas, sin llegar nunca a serlo y que soportan interminables jornadas de durísimas labores, sin derecho a pagas extraordinarias ni vacaciones  y teniendo que costearse incluso los equipos que necesitan, recibiendo a cambio unos sueldos de miseria y unas humillaciones constantes, por parte de quiénes les mandan, nos parecieron, como salidos de otra realidad que estuviera sucediendo en algún país muy lejano, pues no dábamos crédito a que en este nuestro estuvieran ocurriendo estas cosas, en el tiempo en el que vivimos.
Hablemos ahora, de esas granjas en las que los cerdos se ven obligados a vivir hacinados, carentes de los más mínimos cuidados fundamentales y sin ningún tipo de vigilancia sanitaria o no se entenderían los gravísimos casos de enfermedades que se pudieron contemplar en el programa, ni el canibalismo practicado con los animales muertos y que sirven, impunemente sus productos a firmas de cierto reconocimiento entre la población, como es el ejemplo de El Pozo, cuyas etiquetas aparecían tiradas por el suelo, entre la podredumbre que caracterizaba el escenario que se nos estaba mostrando en aquel momento.
La existencia de estos lugares, documentada y no sólo esta vez, por quiénes  se han interesado por esclarecer la verdad de lo que ocurre en un sector poderoso, como éste, resulta ser absolutamente inadmisible y llama la atención, cómo los encargados de vigilar que estos productos puedan llegar a los consumidores, o niegan la evidencia o alegan un imperdonable desconocimiento que supone un incumplimiento flagrante de las obligaciones de su cargo, o tratan de paliar los efectos que puedan producir este tipo de reportajes en la población, alegando una falta de medios que aun siendo cierta, no  exime de la urgente necesidad de realizar las visitas pertinentes y por supuesto, las revisiones  sanitarias que sean menester, para garantizar también, la salud de los consumidores, en todo momento.
Ninguna de las dos Empresas mencionadas en el reportaje, The Gourmet Pig, en Vic (Barcelona), ni El Pozo, a la que servía la granja de cerdos, situada en Murcia, quisieron abrir sus puertas al programa para mostrar lo que ocurría en su interior y ambas declinaron aparecer en pantalla, aunque la segunda sacó ayer un comunicado en el que se acusaba a Évole de haber mostrado imágenes capciosas.
Lo que pudimos ver el Domingo, provocó en nosotros tal grado de indignación y repugnancia, como para pensarse seriamente la urgencia de abandonar el consumo de cualquier cerdo que no sea criado en libertad, aunque su precio se encarezca o incluso la opción de no volver a probar jamás este producto, pues las garantías que ofrecen los encargados de la vigilancia de la cadena de producción, parecieron ser del todo nulas, para desgracia nuestra.
La Empresa de Vic, por el trato que ofrece a sus operarios, merece  directamente el cierre de sus instalaciones y uno se pregunta qué hacen los inspectores de trabajo en su horario laboral, porque no se puede comprender que sucedan este tipo de hechos, sin que se produzca una intervención del Estado, o al menos de la Comunidad, en este caso la catalana, para que desaparezca esta clarísima explotación humana, que allí se está cometiendo.
Y la otra, esa que se anuncia a bombo y platillo en todas las cadenas televisivas, asegurando una calidad de sus productos, que visto lo visto, resulta ser absolutamente incierta, uno de esos boicots que tanto gusta proponer a los que establecen luchas de banderas y que en este caso es, no sólo merecido, sino urgente.
Matar al mensajero, que suele ser en este país, la estrategia más socorrida cuando vienen mal dadas, para alguien en concreto, no resuelve sin embargo, el gravísimo problema que subyace en este sector millonario en ventas, pero que no respeta las más elementales normas exigidas en la elaboración de un producto, que resulta ser de consumo  masivo, en esta nación nuestra.
Si lo que vimos no mueve al Gobierno a una inmediata intervención en el tema, al menos, sí que moverá las conciencias de los ciudadanos, que en general, abominamos de estas prácticas deleznables, no sólo con los pobres animales, sino muy fundamentalmente, con los seres humanos que siendo en todo iguales que nosotros, se ven obligados a soportar la avaricia sin límite de los que dirigen estas Empresas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario