Impresionante, el programa de Jordi Évole, sobre las industrias cárnicas en España
y no sólo por las terribles imágenes que pudimos ver sobre un maltrato animal
que ignoramos los consumidores, cuando llevamos estos productos a nuestras mesas,
sino también, por el mortificación que determinados empresarios sin escrúpulos
están infringiendo a los emigrantes a los que explotan en sus fábricas y que
roza la esclavitud que se viviera a principios de la revolución industrial, en
las textiles, como si no hubieran pasado dos siglos y la lucha por los derechos
de los trabajadores hubiera quedado pulverizada, sin ningún tipo de intervención
de los Gobiernos.
Los testimonios de estos operarios, que son obligados a darse
de alta como autónomos cooperativistas,
sin llegar nunca a serlo y que soportan interminables jornadas de durísimas
labores, sin derecho a pagas extraordinarias ni vacaciones y teniendo que costearse incluso los equipos
que necesitan, recibiendo a cambio unos sueldos de miseria y unas humillaciones
constantes, por parte de quiénes les mandan, nos parecieron, como salidos de
otra realidad que estuviera sucediendo en algún país muy lejano, pues no
dábamos crédito a que en este nuestro estuvieran ocurriendo estas cosas, en el
tiempo en el que vivimos.
Hablemos ahora, de esas granjas en las que los cerdos se ven
obligados a vivir hacinados, carentes de los más mínimos cuidados fundamentales
y sin ningún tipo de vigilancia sanitaria o no se entenderían los gravísimos
casos de enfermedades que se pudieron contemplar en el programa, ni el
canibalismo practicado con los animales muertos y que sirven, impunemente sus
productos a firmas de cierto reconocimiento entre la población, como es el
ejemplo de El Pozo, cuyas etiquetas aparecían tiradas por el suelo, entre la
podredumbre que caracterizaba el escenario que se nos estaba mostrando en aquel
momento.
La existencia de estos lugares, documentada y no sólo esta vez,
por quiénes se han interesado por
esclarecer la verdad de lo que ocurre en un sector poderoso, como éste, resulta
ser absolutamente inadmisible y llama la atención, cómo los encargados de
vigilar que estos productos puedan llegar a los consumidores, o niegan la
evidencia o alegan un imperdonable desconocimiento que supone un incumplimiento
flagrante de las obligaciones de su cargo, o tratan de paliar los efectos que
puedan producir este tipo de reportajes en la población, alegando una falta de
medios que aun siendo cierta, no exime
de la urgente necesidad de realizar las visitas pertinentes y por supuesto, las
revisiones sanitarias que sean menester,
para garantizar también, la salud de los consumidores, en todo momento.
Ninguna de las dos Empresas mencionadas en el reportaje, The
Gourmet Pig, en Vic (Barcelona), ni El Pozo, a la que servía la granja de
cerdos, situada en Murcia, quisieron abrir sus puertas al programa para mostrar
lo que ocurría en su interior y ambas declinaron aparecer en pantalla, aunque
la segunda sacó ayer un comunicado en el que se acusaba a Évole de haber
mostrado imágenes capciosas.
Lo que pudimos ver el Domingo, provocó en nosotros tal grado
de indignación y repugnancia, como para pensarse seriamente la urgencia de
abandonar el consumo de cualquier cerdo que no sea criado en libertad, aunque
su precio se encarezca o incluso la opción de no volver a probar jamás este
producto, pues las garantías que ofrecen los encargados de la vigilancia de la
cadena de producción, parecieron ser del todo nulas, para desgracia nuestra.
La Empresa de Vic, por el trato que ofrece a sus operarios,
merece directamente el cierre de sus
instalaciones y uno se pregunta qué hacen los inspectores de trabajo en su
horario laboral, porque no se puede comprender que sucedan este tipo de hechos,
sin que se produzca una intervención del Estado, o al menos de la Comunidad, en
este caso la catalana, para que desaparezca esta clarísima explotación humana,
que allí se está cometiendo.
Y la otra, esa que se anuncia a bombo y platillo en todas las
cadenas televisivas, asegurando una calidad de sus productos, que visto lo
visto, resulta ser absolutamente incierta, uno de esos boicots que tanto gusta
proponer a los que establecen luchas de banderas y que en este caso es, no sólo
merecido, sino urgente.
Matar al mensajero, que suele ser en este país, la estrategia
más socorrida cuando vienen mal dadas, para alguien en concreto, no resuelve
sin embargo, el gravísimo problema que subyace en este sector millonario en
ventas, pero que no respeta las más elementales normas exigidas en la
elaboración de un producto, que resulta ser de consumo masivo, en esta nación nuestra.
Si lo que vimos no mueve al Gobierno a una inmediata
intervención en el tema, al menos, sí que moverá las conciencias de los
ciudadanos, que en general, abominamos de estas prácticas deleznables, no sólo
con los pobres animales, sino muy fundamentalmente, con los seres humanos que
siendo en todo iguales que nosotros, se ven obligados a soportar la avaricia
sin límite de los que dirigen estas Empresas.

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