Nunca sabremos si Marta Sánchez era consciente de la polémica
que iba a levantar su interpretación del himno nacional, al que había puesto
letra, en un concierto, pero lo cierto y verdad, es que el momento político que
atravesamos es proclive a que se generen reacciones, que quizá en otras
circunstancias, nos parecerían exageradas y a nadie puede pues extrañar, la
polvareda que se ha levantado en la red, en cuanto a alguien se le ocurrió la
feliz idea de subir el vídeo de la actuación,
repartiendo a partes iguales a defensores y detractores, según la
ideología política que profesen.
Lo cierto es que los principales líderes del PP y hasta el
mismo Rajoy, se han declarado desde el primer momento, admiradores del mensaje
que expresa la cantante y también los de Ciudadanos, que hace ya tiempo que se
auto proclamaron adalides de la españolidad, se han sentido auténticamente
emocionados con la idea de que finalmente este himno, que hasta ahora era sólo
tarareable, pueda ser cantado a voz en grito y con la mano en el pecho, si hace
falta, en cualquier ocasión en que sea necesario, por la razón que fuere.
No han tardado en surgir voces como la de González Pons o
Cristina Cifuentes, proponiendo que Marta interprete su recién estrenada
canción, en la final de la Copa del Rey, que por si alguien no lo sabe o lo ha
olvidado, será por cierto, disputada por el Sevilla y el Barcelona, en el campo
del Atlético de Madrid, para más señas.
La propuesta, que encierra un poco de mala intención, pues
todos sabemos que cada vez que el Barsa juega una final de este tipo, se lía
parda con los abucheos al Rey y a la bandera española, ha debido sentar a
cuerno a los cientos de miles de independentistas y ya les digo yo que si
finalmente se produce la actuación, habrá necesariamente enfrentamientos entre
aficionados de uno y otro Club y no precisamente, por razones meramente
deportivas.
Todos sabemos, sin embargo, que estas provocaciones sin
sentido gustan y mucho, en las filas de los conservadores y que no pierden ni
perderán jamás la ocasión de presumir de una españolidad que para otros muchos
de nosotros resulta ciertamente obsoleta y caduca, pues las guerras de banderas
y símbolos y en este caso particular, de himnos, nunca han traído a este país
más que preocupaciones y rencillas, puesto que nuestra visceralidad nos hace
ser bastante irracionales y nos falta templanza para dar a este tipo de
cuestiones, la importancia que realmente tienen.
Pero al PP, le ha venido de perlas la aparición de esta
letrilla improvisada, un tanto cursi y sin ningún trasfondo, elemental en todo
buen himno que se precie, para sacar de nuevo a la palestra, ese orgullo
hispano ancestral que les acompaña permanentemente en el corazón y el estilismo
y que tanto revienta a otros ciudadanos que poseen un sentido de patria menos
hortera y provocador, aunque hayan nacido en esta misma tierra y amen a su país,
igual o más, que quienes lucen gomina, cinturones y pulseras con banderita.
Así que si a Rajoy y los suyos les parece bien esta idea, que
lanzan como a la ligera Pons y Cifuentes, el himno se cantará, aunque luego
haya que lamentar los enfrentamientos que se produzcan o arbitrar un dispositivo
policial especial que controle lo que ocurra dentro y fuera del estadio, que
por cierto pagaríamos, otra vez, todos los ciudadanos.
Me van a perdonar, pero la señora Marta Sánchez, no ha
elegido bien el momento y aunque ignoro, porque no me importa su vida, a qué
corriente ideológica pertenece o si, como parece, siente devoción por la
rojigualda y dolor porque nuestro himno careciera de letra, lo cierto y verdad
es que el mensaje que lanza, más que promover la unidad, propicia la separación
de la gente, en unas circunstancias especialmente delicadas, que como todos
sabemos, está costando mucho trabajo solventar.
Si de eso se trataba, que lo diga y si no, en su mano estará
negarse taxativamente a ser instrumentalizada por la derecha, dejándose
manipular y calificar, seguramente para siempre, pues en este país, afortunadamente,
existen más opciones políticas que las que representan Rajoy o Rivera y no
todos tenemos que pensar, necesariamente, del mismo modo, ni adorar hasta el fanatismo
esos símbolos patrios, que vistos desde este ángulo tan particular, la verdad,
no sentimos como nuestros.

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