Por mucho que se empeñe Carles Puigdemont, en ser investido
President de la Generalitat de Catalunya y por mucho sus partidarios le presten
apoyo aludiendo a una unidad entre partidos separatistas que se va quebrando
por momentos, la suya es una misión imposible de ser llevada a cabo, por las circunstancias que alrededor
de su persona se dan, por lo que sus más allegados dicen que sufre un enojo
mayestático, pues no le va a quedar otro remedio que permanecer en Bruselas, si
quiere conservar la libertad y como mucho, aceptar una propuesta que salta hoy
a los medios de comunicación y que no es otra que ser nombrado President
simbólicamente, por la Asociación de Municipios Catalanes por la independencia,
ofrecimiento al que podrían adherirse todos los parlamentarios que así lo
deseasen.
Así, se puede ir despidiendo de la intención de que en el
Parlament se lea en ningún momento algún discurso suyo, elaborado desde Bruselas
y también de que pueda llevarse a cabo una votación que le corone como máximo
responsable del Gobierno de Catalunya y que termine con el canto enardecido de
Els segador, como seguramente le hubiera gustado que ocurriera, para continuar
manteniendo unas dosis de poder, que ahora le son negadas por los problemas que
tiene pendientes con la Justicia española y que son consecuencia directa de la
decisión que tomó cuando abandonó su propio territorio, en una fuga rocambolesca.
Una cosa es soñar y otra bien distinta que la realidad tenga
que coincidir necesariamente con el contenido de esos sueños, por lo que mucho
nos tememos que Puigdemont, acabará finalmente por convertirse en una especie
de bastión de catalanidad aparcado en una mansión de Bélgica, en la que su
historia presente se irá diluyendo paulatinamente y sin remedio, hasta que sólo
quede de este tiempo que vivimos ahora, un leve recuerdo que no condicione ni
altere para nada el futuro que se abre para Catalunya.
Será, como un Santo al
que puedan ir a rezar los más devotos en una especie de peregrinación, cada vez
que les flaqueen las fuerzas o pierdan potencia, una vez que lleguen al poder y
que podrá, eso sí, aconsejar lo que considere oportuno, en cada momento, aunque
sus opiniones no tengan validez alguna
en las decisiones que tomen los que formen parte del nuevo Gobierno y que no
estarán en modo alguno, obligados a obedecer los mandatos que les lleguen desde
el exilio.
Cautivo de sus propios actos y habiendo infravalorado la
manera de comportarse que siempre caracterizó a los conservadores, Puigdemont
debió haber previsto, antes de dar un salto de fe, hacia su destino belga, que Mariano
Rajoy y los suyos jamás perdonarían la vergüenza de haber sido atacados sin
medida en sus más profundas convicciones y que estarían dispuestos a llegar
hasta las últimas consecuencias, contando como cuentan, con el beneplácito de
la Justicia española, con tal de impedir que el principal autor de tal afrenta,
pudiera siquiera poder aacercarse a las Instituciones catalanas y menos aún,
volver a ser nombrado Presidente.
Toca pues, como mencionaba hace unos días Oriol Junqueras,
hacer frente a las responsabilidades generadas por las acciones de cada cual y
aceptar que ese periodo de ilusión que vivieron durante unos meses los
partidarios de la Independencia, terminó, sin que exista ninguna posibilidad
que permita retomar el camino, al menos en las condiciones en que fuera
truncado por la aplicación del 155, en Catalunya.
No queda otra, que mirar al futuro que viene e intentar
iniciarlo, como se pueda y con quién se pueda, pues los que fueron los
principales protagonistas de esta historia, o están en la cárcel o exiliados o
simplemente, decidieron retirarse de la escena política, que hasta entonces
habían defendido.
De manera que el empecinamiento de Puigdemont, en mantenerse
al frente de una causa perdida de antemano, ha de tener que ver necesariamente
con aquello del ego y no se entiende que su obcecación esté frenando la
elección de un nuevo Govern en Catalunya, propiciando que se prolongue la
aplicación del artículo 155, sine die y, por ende, que su territorio sea regido
por el PP, que ha sido y es el peor enemigo que han tenido, a lo largo de todo
el proceso.
En medio del temporal de nieve que nos azota, la tormenta que
sacude particularmente a Catalunya tampoco parece que vaya a amainar y a los
que miramos desde fuera, sólo se nos ocurre repetir aquella frase que se
hiciera célebre en los labios de Aznar. “Váyase, señor Puigdemont”. Su pueblo
se lo agradecería eternamente.

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