lunes, 5 de febrero de 2018

Misión imposible



Por mucho que se empeñe Carles Puigdemont, en ser investido President de la Generalitat de Catalunya y por mucho sus partidarios le presten apoyo aludiendo a una unidad entre partidos separatistas que se va quebrando por momentos, la suya es una misión imposible de ser llevada  a cabo, por las circunstancias que alrededor de su persona se dan, por lo que sus más allegados dicen que sufre un enojo mayestático, pues no le va a quedar otro remedio que permanecer en Bruselas, si quiere conservar la libertad y como mucho, aceptar una propuesta que salta hoy a los medios de comunicación y que no es otra que ser nombrado President simbólicamente, por la Asociación de Municipios Catalanes por la independencia, ofrecimiento al que podrían adherirse todos los parlamentarios que así lo deseasen.
Así, se puede ir despidiendo de la intención de que en el Parlament se lea en ningún momento algún discurso suyo, elaborado desde Bruselas y también de que pueda llevarse a cabo una votación que le corone como máximo responsable del Gobierno de Catalunya y que termine con el canto enardecido de Els segador, como seguramente le hubiera gustado que ocurriera, para continuar manteniendo unas dosis de poder, que ahora le son negadas por los problemas que tiene pendientes con la Justicia española y que son consecuencia directa de la decisión que tomó cuando abandonó su propio territorio, en una fuga rocambolesca.
Una cosa es soñar y otra bien distinta que la realidad tenga que coincidir necesariamente con el contenido de esos sueños, por lo que mucho nos tememos que Puigdemont, acabará finalmente por convertirse en una especie de bastión de catalanidad aparcado en una mansión de Bélgica, en la que su historia presente se irá diluyendo paulatinamente y sin remedio, hasta que sólo quede de este tiempo que vivimos ahora, un leve recuerdo que no condicione ni altere para nada el futuro que se abre para Catalunya.
Será,  como un Santo al que puedan ir a rezar los más devotos en una especie de peregrinación, cada vez que les flaqueen las fuerzas o pierdan potencia, una vez que lleguen al poder y que podrá, eso sí, aconsejar lo que considere oportuno, en cada momento, aunque sus opiniones  no tengan validez alguna en las decisiones que tomen los que formen parte del nuevo Gobierno y que no estarán en modo alguno, obligados a obedecer los mandatos que les lleguen desde el exilio.
Cautivo de sus propios actos y habiendo infravalorado la manera de comportarse que siempre caracterizó a los conservadores, Puigdemont debió haber previsto, antes de dar un salto de fe, hacia su destino belga, que Mariano Rajoy y los suyos jamás perdonarían la vergüenza de haber sido atacados sin medida en sus más profundas convicciones y que estarían dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, contando como cuentan, con el beneplácito de la Justicia española, con tal de impedir que el principal autor de tal afrenta, pudiera siquiera poder aacercarse a las Instituciones catalanas y menos aún, volver a ser nombrado Presidente.
Toca pues, como mencionaba hace unos días Oriol Junqueras, hacer frente a las responsabilidades generadas por las acciones de cada cual y aceptar que ese periodo de ilusión que vivieron durante unos meses los partidarios de la Independencia, terminó, sin que exista ninguna posibilidad que permita retomar el camino, al menos en las condiciones en que fuera truncado por la aplicación del 155, en Catalunya.
No queda otra, que mirar al futuro que viene e intentar iniciarlo, como se pueda y con quién se pueda, pues los que fueron los principales protagonistas de esta historia, o están en la cárcel o exiliados o simplemente, decidieron retirarse de la escena política, que hasta entonces habían defendido.
De manera que el empecinamiento de Puigdemont, en mantenerse al frente de una causa perdida de antemano, ha de tener que ver necesariamente con aquello del ego y no se entiende que su obcecación esté frenando la elección de un nuevo Govern en Catalunya, propiciando que se prolongue la aplicación del artículo 155, sine die y, por ende, que su territorio sea regido por el PP, que ha sido y es el peor enemigo que han tenido, a lo largo de todo el proceso.
En medio del temporal de nieve que nos azota, la tormenta que sacude particularmente a Catalunya tampoco parece que vaya a amainar y a los que miramos desde fuera, sólo se nos ocurre repetir aquella frase que se hiciera célebre en los labios de Aznar. “Váyase, señor Puigdemont”. Su pueblo se lo agradecería eternamente.

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