jueves, 1 de febrero de 2018

Si los muertos hablaran



Ahora que se cumplen cien años del nacimiento de Marcelino Camacho, un sindicalista ejemplar que sacrificó su vida personal por defender los derechos de los trabajadores de este país, arriesgando su libertad en los oscuros tiempos de la dictadura y después, mientras se lo permitieron las fuerzas, el comportamiento de los Sindicatos tradicionales, con sus líderes a la cabeza, en casos como el de la OPEL, en Aragón, constituye una flagrante traición al recuerdo de quiénes les antecedieron, durante muchos años y que ofrecieron a la clase obrera la oportunidad de ganar en derechos y en dignidad, consiguiendo que el trabajo se convirtiera en un bien común, que se ha ido degradando por la inercia y la ineptitud para negociar con los empresarios de quiénes se nutren a base de subvenciones obtenidas, a base de dar la razón a los Gobiernos.
El chantaje al que han sido sometidos los operarios de la OPEL, con el acuerdo tácito de los conservadores en el poder, que no han levantado un dedo contra una Empresa que escenifica tales prácticas en un país democrático y que amenaza con abandonar nuestro territorio, si la plantilla no se pliega a sus exigencias, debiera haber  sido acometido por los Sindicatos, en general, con muchísima más contundencia, empleando, que para estas ocasiones están, todos los mecanismos legales a su alcance, incluida la huelga , pues no se puede ni se debe consentir que se denigre el honor de los trabajadores hasta tales extremos, ni que estas Sociedades aprovechen la debilidad de la clase obrera, en estos momentos de crisis, para obtener más beneficios, a base de su rendimiento.
En lugar de eso, nuestros renombrados Sindicatos potencian que se firme, punto por punto, la totalidad de este acuerdo, sin molestarse siquiera en hacer un amago de protesta en contra de la evidente extorsión a la que se somete a las ocho mil personas que trabajan en esta Fábrica y aún tienen la tremenda desvergüenza de afirmar que la firma del acuerdo es histórica y desde luego que lo es, pues sienta un terrible precedente que con toda seguridad, será seguido por todas aquellas Empresas que ateniéndose al resultado de esta espantosa negociación, seguramente encuentren un filón para doblar o triplicar, de esta manera, sus beneficios.
Si Camacho y aquellos luchadores a los que debemos, en gran parte, haber logrado salir del hacinamiento, la miseria y la ignorancia en que se encontraba la clase obrera, hasta que ellos iniciaron la lucha, levantaran la cabeza, no podrían sino renegar abiertamente de estos sindicalistas vendidos al poder y al capitalismo, que abandonan a su suerte a los que debieran proteger, en el peor de los momentos, asumiendo dócilmente y sin ningún tipo de rebelión, que el futuro de los trabajadores españoles sea equiparable a la situación que ya sufren los operarios asiáticos y que les hace regresar a una época, peor que la que les tocó vivir a nuestros padres y nuestros abuelos.
¿Qué ha sido de aquellas manifestaciones multitudinarias organizadas por los Sindicatos y en las que los obreros llenaban las calles de nuestros pueblos y ciudades en defensa de sus derechos? ¿Qué ha sido de aquellas noches de encierro en las Fábricas, de aquellas acampadas y de aquellas largas huelgas que cambiaban el curso de las negociaciones, obligando a las empresas a considerar que era mucho mejor hacer concesiones que soportar que todo se detuviera, sine díe, a causa der un paro indefinido?
¿Dónde está aquel espíritu de lucha que caracterizara a los trabajadores del metal, a los estibadores o a los mineros y que tantas alegrías reales diera a los que a base de resistir, consiguieron frenar la avaricia de las Empresas?
Mirando el panorama actual, la resignación con la que aceptamos la naturaleza de lo que nos está ocurriendo y la sumisión con la que nos sometemos a los dictados del poder, se podría decir, que en cierto modo, caminamos indefectiblemente, hacia una vida laboral de pura miseria.
Y esto, que podría ser producto del miedo en aquellos trabajadores humildes  que dependen exclusivamente de su salario para continuar malviviendo, resulta absolutamente inaceptable cuando se habla de los representantes sindicales, cuya primera y única obligación ha de ser la de mirar por el bienestar de las clases obreras e informar, dónde se producen estos conflictos, de que  nunca nada se consiguió antes sin lucha y que la humillación sólo puede traer consigo, indignidad y pobreza.
Al Gobierno del señor Rajoy, habría que decirle que cuando permite que se extorsione de mala manera a los trabajadores de éste país, sin intervenir a su favor de manera clara y directa, se pone en evidencia ante toda la sociedad la importancia real que se da al panorama laboral que se crea y también que por su falta de interés en estos asuntos, por su inacción ante los mismos y por potenciar una clase de puestos de trabajo, cada  vez más precarios, no merecen ni uno sólo de los votos de este extenso colectivo que es, en realidad, el motor necesario para que funcionen las Instituciones y el que paga sus millonarios sueldos.
Y a esos sindicalistas de guante blanco, que evitan con palabrería barata y conmiseración, cualquier tipo de enfrentamientos, que la clase obrera siempre se caracterizó por tener las manos manchadas y por llevar la cabeza muy alta, mientras luchaba por sus derechos.
Pero claro, para eso, hay que creer en lo que se hace y estar dispuesto a sacrificar lo que haga falta, por el bien de las mayorías y estos líderes de ahora, probablemente,  sólo piensan en su bienestar personal y en anteponer la comodidad de los despachos, al futuro de todos aquellos, a los que dicen que representan.

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