Ahora que se cumplen cien años del nacimiento de Marcelino
Camacho, un sindicalista ejemplar que sacrificó su vida personal por defender
los derechos de los trabajadores de este país, arriesgando su libertad en los
oscuros tiempos de la dictadura y después, mientras se lo permitieron las
fuerzas, el comportamiento de los Sindicatos tradicionales, con sus líderes a
la cabeza, en casos como el de la OPEL, en Aragón, constituye una flagrante
traición al recuerdo de quiénes les antecedieron, durante muchos años y que
ofrecieron a la clase obrera la oportunidad de ganar en derechos y en dignidad,
consiguiendo que el trabajo se convirtiera en un bien común, que se ha ido
degradando por la inercia y la ineptitud para negociar con los empresarios de
quiénes se nutren a base de subvenciones obtenidas, a base de dar la razón a
los Gobiernos.
El chantaje al que han sido sometidos los operarios de la
OPEL, con el acuerdo tácito de los conservadores en el poder, que no han
levantado un dedo contra una Empresa que escenifica tales prácticas en un país
democrático y que amenaza con abandonar nuestro territorio, si la plantilla no
se pliega a sus exigencias, debiera haber sido acometido por los Sindicatos, en general,
con muchísima más contundencia, empleando, que para estas ocasiones están,
todos los mecanismos legales a su alcance, incluida la huelga , pues no se puede
ni se debe consentir que se denigre el honor de los trabajadores hasta tales
extremos, ni que estas Sociedades aprovechen la debilidad de la clase obrera,
en estos momentos de crisis, para obtener más beneficios, a base de su
rendimiento.
En lugar de eso, nuestros renombrados Sindicatos potencian
que se firme, punto por punto, la totalidad de este acuerdo, sin molestarse
siquiera en hacer un amago de protesta en contra de la evidente extorsión a la
que se somete a las ocho mil personas que trabajan en esta Fábrica y aún tienen
la tremenda desvergüenza de afirmar que la firma del acuerdo es histórica y
desde luego que lo es, pues sienta un terrible precedente que con toda
seguridad, será seguido por todas aquellas Empresas que ateniéndose al
resultado de esta espantosa negociación, seguramente encuentren un filón para
doblar o triplicar, de esta manera, sus beneficios.
Si Camacho y aquellos luchadores a los que debemos, en gran
parte, haber logrado salir del hacinamiento, la miseria y la ignorancia en que
se encontraba la clase obrera, hasta que ellos iniciaron la lucha, levantaran
la cabeza, no podrían sino renegar abiertamente de estos sindicalistas vendidos
al poder y al capitalismo, que abandonan a su suerte a los que debieran
proteger, en el peor de los momentos, asumiendo dócilmente y sin ningún tipo de
rebelión, que el futuro de los trabajadores españoles sea equiparable a la
situación que ya sufren los operarios asiáticos y que les hace regresar a una
época, peor que la que les tocó vivir a nuestros padres y nuestros abuelos.
¿Qué ha sido de aquellas manifestaciones multitudinarias
organizadas por los Sindicatos y en las que los obreros llenaban las calles de
nuestros pueblos y ciudades en defensa de sus derechos? ¿Qué ha sido de
aquellas noches de encierro en las Fábricas, de aquellas acampadas y de
aquellas largas huelgas que cambiaban el curso de las negociaciones, obligando
a las empresas a considerar que era mucho mejor hacer concesiones que soportar
que todo se detuviera, sine díe, a causa der un paro indefinido?
¿Dónde está aquel espíritu de lucha que caracterizara a los
trabajadores del metal, a los estibadores o a los mineros y que tantas alegrías
reales diera a los que a base de resistir, consiguieron frenar la avaricia de
las Empresas?
Mirando el panorama actual, la resignación con la que aceptamos
la naturaleza de lo que nos está ocurriendo y la sumisión con la que nos
sometemos a los dictados del poder, se podría decir, que en cierto modo, caminamos
indefectiblemente, hacia una vida laboral de pura miseria.
Y esto, que podría ser producto del miedo en aquellos trabajadores
humildes que dependen exclusivamente de
su salario para continuar malviviendo, resulta absolutamente inaceptable cuando
se habla de los representantes sindicales, cuya primera y única obligación ha
de ser la de mirar por el bienestar de las clases obreras e informar, dónde se
producen estos conflictos, de que nunca
nada se consiguió antes sin lucha y que la humillación sólo puede traer
consigo, indignidad y pobreza.
Al Gobierno del señor Rajoy, habría que decirle que cuando
permite que se extorsione de mala manera a los trabajadores de éste país, sin
intervenir a su favor de manera clara y directa, se pone en evidencia ante toda
la sociedad la importancia real que se da al panorama laboral que se crea y
también que por su falta de interés en estos asuntos, por su inacción ante los
mismos y por potenciar una clase de puestos de trabajo, cada vez más precarios, no merecen ni uno sólo de
los votos de este extenso colectivo que es, en realidad, el motor necesario
para que funcionen las Instituciones y el que paga sus millonarios sueldos.
Y a esos sindicalistas de guante blanco, que evitan con
palabrería barata y conmiseración, cualquier tipo de enfrentamientos, que la
clase obrera siempre se caracterizó por tener las manos manchadas y por llevar
la cabeza muy alta, mientras luchaba por sus derechos.
Pero claro, para eso, hay que creer en lo que se hace y estar
dispuesto a sacrificar lo que haga falta, por el bien de las mayorías y estos
líderes de ahora, probablemente, sólo
piensan en su bienestar personal y en anteponer la comodidad de los despachos,
al futuro de todos aquellos, a los que dicen que representan.

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