miércoles, 14 de febrero de 2018

Un desgaste abducido



Con las últimas noticias sobre la corrupción, puede parecer que el problema catalán ha pasado a un segundo plano, pero la cruda realidad es que han pasado casi dos meses, desde que se celebraran allí las últimas elecciones y esta Comunidad, Nación o País,  como cada cual prefiera denominarlo, continúa sin un Gobierno que empiece a restañar las heridas producidas por todo lo ocurrido durante el proces y que acabe, de una vez, con la aplicación del artículo 155.
Como si el tiempo se hubiera detenido y de nada hubiera servido el sufrimiento que ha tenido que soportar  una sociedad a la que se ilusionó desmesuradamente con la idea de que el establecimiento de una República era posible, los partidos independentistas han empezado a mostrar sus sempiternas discrepancias ideológicas y los llamados constitucionalistas, se limitan a ver pasar los días, esperando únicamente que cualquiera de los otros dé un paso en falso, para lanzarles sin piedad y sobre todo sin intención de dialogar, a las manos de la justicia.
Hoy mismo, una destacada dirigente de la CUP declaraba ante el juez, mientras los medios ofrecían sus portadas a las afirmaciones de Francisco Granados, sin dar la menor importancia a la guerra interna que se libra entre los  partidarios del exiliado Puigdemont y los que desde Esquerra Republicana, ven como su líder, Oriol Junqueras, no consigue obtener la libertad y continúa en la cárcel de Extremera.
Y sin embargo, solucionar el problema catalán tendría que ser una de las prioridades más urgentes del Gobierno español, fundamentalmente porque con la situación actual, la imagen de país dividido que estamos ofreciendo al resto del mundo, por muchas razones legales que nos asistan, no puede ni debe prolongarse, sine die, o finalmente, pagaremos todos las consecuencias.
Causa cierta inquietud, oír, como hemos oído estos días a ciertos catalanes de relevancia, decir que en nada están notando la extraña situación que allí se vive y verlos continuar con sus rutinas, ciertamente inusuales, por la tensión reinante en el ambiente, como si tener o no Gobierno, a la mayor brevedad posible y tratar de recuperar la normalidad, no tuviera la menor importancia y los cargos electos que habrán de formar parte del nuevo Parlament, fueran en realidad, perdónenme, absolutamente prescindibles.
Así que mientras los secesionistas buscan afanosamente una fórmula que permita la investidura de Puigdemont, del modo que sea y los encarcelados van perdiendo las esperanzas de recuperar alguna vez la libertad, transcurren unos meses de vacío que van dañando gravemente el panorama laboral y económico en Catalunya, por no hablar de los enfrentamientos personales que continúan produciéndose entre los ciudadanos que la habitan.
Digo yo, que algo habrá que hacer para que esta especie de anarquía controlada desde Madrid no se dilate eternamente y que algo podrían intentar los parlamentarios españoles también, para procurar una solución a un problema, que parece no tener fin, aunque para ello hubiera que hacer concesiones, por ambas partes, dando de una vez carpetazo al engreimiento de declararse vencedores, pues las guerras, como todos sabemos, las perdemos todos en general y no es bueno creerse superior a los otros, causando unas dosis de humillación, absolutamente innecesarias, cuando lo que se pretende conseguir es la paz, por el camino del entendimiento.
De manera que cuando leemos los titulares más destacados de la prensa y vemos la foto de Granados en portada, relanzando un problema que durante años ha sido perdonado al PP, como si fuera una primicia que hubiera nacido ayer mismo, en la exclusiva de cualquier diario, no podemos por menos que empezar a creer que, en cierto modo, conviene relegar el problema catalán a las páginas interiores, a ver si en cierta medida, los ciudadanos van restando fragor a la lucha fratricida que mantienen fuera y dentro de este territorio y las cosas van encajando, a base de olvidar lo que sintieron en un primer momento, convirtiendo en normal una situación, que si se piensa en profundidad, resulta ser del todo insostenible.
Que acabar con la corrupción y castigar a quiénes la cometieron es imprescindible, nadie lo pone en duda, pero es responsabilidad inexcusable de este Gobierno procurar que se restablezca la normalidad en el país y resulta del todo incomprensible que a día de hoy, no sólo no haya conseguido resolver el gravísimo asunto de Catalunya, sino que ya, ni siquiera ponga interés en lo que allí sucede, como si en realidad lo que deseara fuera seguir gobernando este territorio para siempre.

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