La fortaleza humana, por desgracia para nuestro género,
siempre tiene limitaciones, de tipo físico o psicológico y suele verse perturbada
por ellas, con el desgaste que produce el paso del tiempo, afectando muchas
veces a esas primeras intenciones que creímos poder mantener y que en un
momento determinado, cambiamos radicalmente, tomando decisiones que jamás
hubiéramos considerado, en otro instante y en otro ambiente.
Esto, que nos sucede a
todos a lo largo de nuestras vidas, es precisamente lo que viene ocurriendo a
casi todos los imputados por casos de corrupción, que pertenecieron al PP y que
abandonados a su suerte por los órganos de dirección del Partido, pisaron los
patios de las cárceles, convirtiéndose en una especie de apestados
innombrables, de los que se ha intentado borrar la memoria de los cargos que
ejercieron, colocándoles en la tesitura de quedar solos ante el peligro que
suponen las duras sentencias que para ellos se piden y exigiéndoles
tácitamente, un silencio sepulcral que no dañe la imagen de la misma Formación
de la que formaron parte importante, hasta que fueron detenidos.
Todos, sin excepción, comenzaron negando los hechos de que se
les acusaba y haciendo una defensa a ultranza de la limpieza que, según ellos,
caracterizaba a su Partido y todos, han ido cayendo, a la vista de las
circunstancias que han tenido que soportar durante sus años de reclusión, en una especie de
apática depresión, seguramente desengañados por la falta de apoyo recibido de
parte de quiénes hasta entonces habían considerado, compañeros y amigos.
Hemos repetido muchas
veces que en Política no caben sentimentalismos, si no es con la intención de
obtener algún beneficio a cambio de ellos y que las amistades, más que
fraternales e incondicionales, suelen ser peligrosas, pues en el camino del poder,
cualquier escollo que se encuentre, por pequeño que sea, ha de ser, obligatoriamente
eliminado sin piedad y a ser posible, sin poner en riesgo la imagen que se
ofrece a los electores en general, que son los encargados de otorgar con sus
votos, los premios y los castigos.
Esta lección, que es fácil deducir cuando uno se mueve en un
ambiente de gente normal, en el que es imposible ser cegado por la ambición que
caracteriza a los que se encuentran inmersos en el mundo de la política, la han
tenido que aprender, estos imputados del PP, a base de celda y barrote y oyendo
en las televisiones a sus correligionarios afirmar sobre su persona, una retahíla
interminable de calificativos de toda índole, que les señalaban el punto de
soledad en el que se encontraban inmersos, negándoles cualquier posibilidad de
recuperar, aunque fuera mínimamente, su pasada gloria.
Así que su paciencia se ha ido agotando paulatinamente y sin
remisión, en las galerías de las cárceles españolas y aquel silencio que en
principio juraron mantener y que salvaguardaba a los líderes que amaron
lealmente, durante mucho tiempo, ha resultado ser, no sólo inútil de cara a la
defensa de los delitos que se les imputan, sino rematadamente perjudicial, a
título personal y familiar, arrastrándoles a una situación, del todo
insostenible.
Así que una buena parte de estos acusados, de un tiempo a
esta parte, han decidido romper ese pacto que les encadenaba sin remedio a una
larga condena y se han puesto a disposición de los fiscales para ofrecer una
colaboración impagable, para el esclarecimiento de la verdad, cansados de
esperar una ayuda que no ha llegado nunca, por parte de sus superiores en el
Partido, que para mayor decepción, han continuado ejerciendo tranquilamente el
poder, totalmente al margen de lo que estuviera sucediendo con estos encausados, que en otro tiempo
fueron sus propios compañeros.
Todos, apuntan alto en sus afirmaciones y señalan que la
cúpula del PP conocía y respaldaba las oscuras historias que vamos conociendo a
diario, sobre financiaciones obtenidas a base de extorsión y de sobres de
dinero negro y todos, sin excepción, repiten el mismo estribillo, los mismos
nombres, los mismos hechos, acaecidos en los mismos lugares y las mismas tramas
enrevesadas, urdidas en las mismas trastiendas.
El último, ayer, ha sido Francisco Granados, que apunta con
su dedo acusador a Esperanza Aguirre, Ignacio González y Cristina Cifuentes,
como primeros responsables de todo lo ocurrido durante años en Madrid, asegurando que conocían a la
perfección las irregularidades que se estaban cometiendo y que ninguna de ellas
hubiera sido posible sin su aprobación, colocando, principalmente a la actual
Presidenta de la Comunidad, en grave situación de riesgo.
Estamos seguros que Granados no será el último en intentar
abrirse paso entre la jungla en la que se han movido los conservadores y que
habrá muchos más, que indignados por tener que soportar en soledad la privación
de libertad, se irán subiendo al carro de los que se convierten en confidentes.
Hay cosas, que no se pueden tapar más y la coincidencia de
las versiones ofrecidas por estos presos ilustres, en salas de justicia de todo
el país, evidencian que ha de haber un poso de verdad en sus afirmaciones, por
muy duras que sean.
Algún día, los líderes del Partido Popular tendrán que
responder por la verdadera responsabilidad que tuvieron en estos hechos y
depende en gran parte, de la valentía de los jueces y fiscales , que sea
pronto, si no queremos generar una desconfianza aún mayor de la que ya existe,
en el funcionamiento de la Justicia.

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