Cuando los bomberos sevillanos Manuel Blanco, Julio Latorre y
Quique Rodríguez, decidieron emplear su tiempo de vacaciones en prestar ayuda
humanitaria a los que, a través del Mediterráneo, buscaban una manera de
sobrevivir al horror del hambre y de las guerras, no imaginaban que su acto de
buena voluntad, podía terminar teniendo que enfrentarse a una acusación por tráfico
de personas, cursada por la justicia griega, que pide 10 años de prisión para
estos cooperantes, que antes de ser detenidos, ya habían intervenido en varias
acciones de rescate en Lesbos.
Las terribles imágenes que todos hemos podido contemplar en
numerosísimas ocasiones y las espantosas condiciones en las que se ven
obligados a viajar, los hombres, mujeres y niños que buscan en el viejo
continente una manera de sobrevivir al horror que les ha perseguido durante años en sus propios
países, produce en quiénes tenemos la suerte de sentirnos seguros en un entorno
que nos resulta familiar y cercano, la imperiosa necesidad de reclamar
soluciones urgentes para estos genocidios que proliferan, cada vez con más
fuerza, a nuestro alrededor y que no parecen preocupar suficientemente a los Gobiernos del llamado mundo civilizado,
a juzgar por la falta de medios empleados, no sólo en el rescate de los
refugiados de toda índole y procedencia, sino
también, en tratar de erradicar los factores de fondo que dan origen a
estos problemas.
El cementerio en que se está convirtiendo el Mediterráneo en
los últimos tiempos podría aumentar su dimensión, de no ser por la actuación
impagable que prestan en sus aguas Asociaciones sin ánimo de lucro, como es el
caso de Proem-Aid, a la que se adhirieron los tres bomberos mencionados, para poner
a su servicio sus conocimientos profesionales, de manera altruista y sólo con
la intención de salvar algunas de las vidas que se pierden en los naufragios de
las barcazas que transportan a estos miles de seres humanos, que explotados por
las mafias, se arriesgan a navegar en condiciones de total inseguridad, con la
esperanza de alcanzar un destino que garantice su deseo de supervivencia.
Una serie de circunstancias adversas, la avería del barco de
rescate perteneciente a Proem-Aid y una alarma nocturna que aunque luego resultó
ser falsa, reclamaba una intervención inminente, se conjugaron una noche en
contra de estos tres voluntarios, que fueron inmediatamente detenidos por las
autoridades de Lesbos y puestos a disposición judicial, transformando una
historia de sacrificio personal, en una pesadilla que se ha prolongado en el
tiempo y que les llevará el día siete de Marzo, ante un Tribunal, de cuya
sentencia dependerá el futuro que les aguarde, tras esta historia ciertamente
rocambolesca.
Nada se ha podido hacer de momento por remediar este
malentendido, que pone en evidencia el mal funcionamiento de los cuerpos
encargados de vigilar las condiciones de los rescates en Grecia, pues la trayectoria
de los bomberos españoles, en general, goza de un bien ganado reconocimiento
internacional y de todos es sabido que por ello, han sido reclamados en
numerosas ocasiones, para intervenir en situaciones catastróficas, en las que
han conseguido rescatar muchas vidas, que de otro modo se hubieran perdido
irremediablemente.
Así que dudar de las intenciones que movieron a estos tres
hombres, en principio, ya ofende y resulta incomprensible que durante el tiempo
transcurrido desde su detención, no se haya investigado en profundidad lo
ocurrido durante la noche en que se produjeron los hechos, a pesar de los
múltiples esfuerzos realizados, no sólo por las Asociaciones que se mueven en
Grecia, sino también por la gente de a pie, que ha estado recogiendo firmas
para que se anule la celebración de este absurdo juicio, mientras miles de
personas siguen muriendo en los mismos escenarios, en las mismas tragedias.
Es, como si la locura se hubiera apoderado definitivamente del
mundo en el que estamos viviendo y que en lugar de premiar la valentía y la
abnegación de quiénes se atreven a enfrentarse a estas situaciones de riesgo,
sin otro ánimo que el de colaborar desinteresadamente, se tratara de persuadir
a quiénes pudieran estar considerando la posibilidad de ayudar, tratando de frenar
su impulso solidario, en razón de unos legalismos que carecen de toda lógica
natural, cuando se trabaja con la urgencia de establecer dispositivos de
rescate, a cualquier hora del día o de la noche.
La experiencia vivida por estos bomberos, no hace más que
confirmar esta teoría que cobraría aún más fuerza, si se pensara que tal vez,
la labor que cumplen los voluntarios no deben ser del agrado de los Organismos
oficiales encargados de este problema y hasta se podría creer que, en cierta medida,
desagrada que sean testigos de la auténtica realidad cotidiana que se vive y de
la magnitud de la tragedia.
Europa, una vez más, quiere cerrar los ojos ante una
situación que la desborda, por la intranquilidad que produce en la estabilidad de su ambiente
y se convierte por su insolidaridad
manifiesta, en cómplice de una situación, que priva a cientos de miles de seres
humanos de los derechos que les corresponden, simplemente por nacimiento.
Estos bomberos, que en cierto modo, somos todos los que no
hemos perdido la inmensa virtud de la misericordia hacia los demás, se
convierten en una causa que debemos defender, hasta sus últimas consecuencias,
porque si a nuestros dirigentes les quedara un atisbo de humanidad, los
refugiados que rodean nuestras fronteras, las condiciones de vida que se ven
obligados a soportar y las historias personales que arrastran, individualmente,
hace tiempo que debieran haberse convertido en una prioridad, pero claro, no
producen ningún tipo de beneficio económico, que en realidad, es lo único que
importa, en estos tiempos.

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