domingo, 11 de febrero de 2018

Héroes sin medallas



Cuando los bomberos sevillanos Manuel Blanco, Julio Latorre y Quique Rodríguez, decidieron emplear su tiempo de vacaciones en prestar ayuda humanitaria a los que, a través del Mediterráneo, buscaban una manera de sobrevivir al horror del hambre y de las guerras, no imaginaban que su acto de buena voluntad, podía terminar teniendo que enfrentarse a una acusación por tráfico de personas, cursada por la justicia griega, que pide 10 años de prisión para estos cooperantes, que antes de ser detenidos, ya habían intervenido en varias acciones de rescate en Lesbos.
Las terribles imágenes que todos hemos podido contemplar en numerosísimas ocasiones y las espantosas condiciones en las que se ven obligados a viajar, los hombres, mujeres y niños que buscan en el viejo continente una manera de sobrevivir al horror que  les ha perseguido durante años en sus propios países, produce en quiénes tenemos la suerte de sentirnos seguros en un entorno que nos resulta familiar y cercano, la imperiosa necesidad de reclamar soluciones urgentes para estos genocidios que proliferan, cada vez con más fuerza, a nuestro alrededor y que no parecen preocupar suficientemente  a los Gobiernos del llamado mundo civilizado, a juzgar por la falta de medios empleados, no sólo en el rescate de los refugiados de toda índole y procedencia, sino  también, en tratar de erradicar los factores de fondo que dan origen a estos problemas.
El cementerio en que se está convirtiendo el Mediterráneo en los últimos tiempos podría aumentar su dimensión, de no ser por la actuación impagable que prestan en sus aguas Asociaciones sin ánimo de lucro, como es el caso de Proem-Aid, a la que se adhirieron los tres bomberos mencionados, para poner a su servicio sus conocimientos profesionales, de manera altruista y sólo con la intención de salvar algunas de las vidas que se pierden en los naufragios de las barcazas que transportan a estos miles de seres humanos, que explotados por las mafias, se arriesgan a navegar en condiciones de total inseguridad, con la esperanza de alcanzar un destino que garantice su deseo de supervivencia.
Una serie de circunstancias adversas, la avería del barco de rescate perteneciente a Proem-Aid y una alarma nocturna que aunque luego resultó ser falsa, reclamaba una intervención inminente, se conjugaron una noche en contra de estos tres voluntarios, que fueron inmediatamente detenidos por las autoridades de Lesbos y puestos a disposición judicial, transformando una historia de sacrificio personal, en una pesadilla que se ha prolongado en el tiempo y que les llevará el día siete de Marzo, ante un Tribunal, de cuya sentencia dependerá el futuro que les aguarde, tras esta historia ciertamente rocambolesca.
Nada se ha podido hacer de momento por remediar este malentendido, que pone en evidencia el mal funcionamiento de los cuerpos encargados de vigilar las condiciones de los rescates en Grecia, pues la trayectoria de los bomberos españoles, en general, goza de un bien ganado reconocimiento internacional y de todos es sabido que por ello, han sido reclamados en numerosas ocasiones, para intervenir en situaciones catastróficas, en las que han conseguido rescatar muchas vidas, que de otro modo se hubieran perdido irremediablemente.
Así que dudar de las intenciones que movieron a estos tres hombres, en principio, ya ofende y resulta incomprensible que durante el tiempo transcurrido desde su detención, no se haya investigado en profundidad lo ocurrido durante la noche en que se produjeron los hechos, a pesar de los múltiples esfuerzos realizados, no sólo por las Asociaciones que se mueven en Grecia, sino también por la gente de a pie, que ha estado recogiendo firmas para que se anule la celebración de este absurdo juicio, mientras miles de personas siguen muriendo en los mismos escenarios, en las mismas tragedias.
Es, como si la locura se hubiera apoderado definitivamente del mundo en el que estamos viviendo y que en lugar de premiar la valentía y la abnegación de quiénes se atreven a enfrentarse a estas situaciones de riesgo, sin otro ánimo que el de colaborar desinteresadamente, se tratara de persuadir a quiénes pudieran estar considerando la posibilidad de ayudar, tratando de frenar su impulso solidario, en razón de unos legalismos que carecen de toda lógica natural, cuando se trabaja con la urgencia de establecer dispositivos de rescate, a cualquier hora del día o de la noche.
La experiencia vivida por estos bomberos, no hace más que confirmar esta teoría que cobraría aún más fuerza, si se pensara que tal vez, la labor que cumplen los voluntarios no deben ser del agrado de los Organismos oficiales encargados de este problema y hasta se podría creer que, en cierta medida, desagrada que sean testigos de la auténtica realidad cotidiana que se vive y de la magnitud de la tragedia.
Europa, una vez más, quiere cerrar los ojos ante una situación que la desborda, por la intranquilidad  que produce en la estabilidad de su ambiente y  se convierte por su insolidaridad manifiesta, en cómplice de una situación, que priva a cientos de miles de seres humanos de los derechos que les corresponden, simplemente por nacimiento.
Estos bomberos, que en cierto modo, somos todos los que no hemos perdido la inmensa virtud de la misericordia hacia los demás, se convierten en una causa que debemos defender, hasta sus últimas consecuencias, porque si a nuestros dirigentes les quedara un atisbo de humanidad, los refugiados que rodean nuestras fronteras, las condiciones de vida que se ven obligados a soportar y las historias personales que arrastran, individualmente, hace tiempo que debieran haberse convertido en una prioridad, pero claro, no producen ningún tipo de beneficio económico, que en realidad, es lo único que importa, en estos tiempos.


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