Coincidiendo con la celebración del día de Andalucía y a la
espera de que se produzca el relevo del ministro de Guindos, aunque Rajoy ya ha
anunciado que no habrá más cambios en su Gobierno, se publican los datos de una
encuesta realizada precisamente en esta Comunidad, que confirma, como viene
ocurriendo últimamente, el ascenso imparable de Ciudadanos, que sube nada menos
que diez puntos en la intención de voto de los andaluces, colocándose en
segundo lugar y por encima de PP y Podemos.
El caso de la
Comunidad andaluza, en la que siempre ha gobernado el PSOE, desde hace casi
treinta años, ha sido una espina clavada en la columna vertebral de los
conservadores, que nunca han conseguido convencer a los habitantes de esta
parte del territorio español, teniendo que conformarse con algún que otro
triunfo en los Ayuntamientos de las grandes ciudades y que jamás han logrado
sacarse, a pesar de las muchas veces que lo han intentado, con viejos y nuevos
candidatos que a la mayoría de la gente, no han generado ningún tipo de
confianza.
Ni siquiera el gravísimo asunto de los ERE, o la imputación
en el mismo de dos ex Presidentes, como Cháves y Griñán, han podido cambiar de
manera radical el amor a los socialistas que late en el corazón de Andalucía y
sólo el enfrentamiento de Susana Díaz con Pedro Sánchez logró apearles de la
mayoría absoluta que hasta entonces habían disfrutado, colocando a la lideresa
en una difícil situación, que le costó tres intentos y un acuerdo con los de
Albert Rivera, hasta conseguir la Presidencia.
La encuesta, que vuelve a dar como ganador al PSOE, con más
de un treinta y cuatro por ciento, empieza a valorar, sin embargo, el papel
interpretado por esta derecha de nuevo cuño que desea marcar diferencias con
los conservadores de la vieja escuela y que además, presume de haberse
convertido en el azote de los casos de corrupción, aunque en realidad,
continúen apoyando, en Andalucía y en el país, a los mismos a los que señalan
como culpables de esta plaga que nos invade de modo irresoluble, por el
momento.
Andalucía ha sido, en el pasado, una de las regiones más
vapuleadas por las desigualdades entre clases sociales, en la que los grandes
latifundios, dirigidos con mano de hierro por unas cuantas familias poderosas
de este país, dominaban la vida de los más humildes, a los que consideraban
habitualmente como siervos y a los que negaban sistemáticamente la más mínima
posibilidad de poder escapar de su dominio, a través de la lucha por sus
derechos y también, un territorio continuamente vilipendiado por la mayoría de
los habitantes de otras regiones , que durante muchos años consideraron a los
andaluces como una especie de raza inferior, llegando incluso a dudar de que
poseyeran cualquier tipo de inteligencia.
Este recuerdo, que se fue transmitiendo de padres a hijos, por
tradición oral y que precisaba de una auténtica revolución territorial que hiciera
posible un cambio de la opinión generalizada que de esta tierra se tenía, sólo
pudo empezar transformarse, cuando
terminaron los cuarenta años de dictadura, aunque para entonces, una buen parte
de la población se había visto obligada a emigrar a ciudades industriales, como
Barcelona o Bilbao, en las que ayudaron de manera impagable a generar unos
beneficios, que ya hubieran querido para su propia tierra.
Seguramente los andaluces nunca perdonaron a la derecha, por
el irreparable daño que sus representantes les habían infringido y en cuanto
les llegó la oportunidad de poder pronunciarse, a través de un voto en igualdad,
decidieron dejar atrás la terrible dureza de los malos tiempos, optando por
elegir a quienes directamente les prometían una vida que habían estado soñando
durante siglos, sin exigirles el vasallaje que habían tenido que pagar, a base
de sumisión, a los señores.
Esta tierra enloqueció cuando el joven Felipe González apareció
por primera vez ante las cámaras de la televisión estatal y dejó boquiabierto
al país, con su marcado acento andaluz y sus innegables dotes de seducción, a
través de un mensaje que hablaba sin rodeos, de la tierra prometida y mucho
más, cuando después de la celebración de aquellas primeras elecciones del 77,
pudo comprobarse que su arrolladora aparición
en la escena política, rompía en mil pedazos todos los estereotipos
establecidos, pues para entonces ya apuntaba maneras de Presidente.
Aquel momento, que fue histórico para Andalucía, dejó en el
pueblo un poso de eterno agradecimiento y ayudó a conseguir una transformación
abismal, que a base de un esfuerzo gigantesco, jamás valorado del todo, colocó
a Andalucía a un nivel de desarrollo muy similar al que gozaban entonces, las
Comunidades que habían sido consideradas, hasta entonces, punteras y transformó, para asombro de todos,
a esta tierra , en un ejemplo de progreso, en el que los socialistas
encontraron un granero de votos leales, que ha perdurado hasta el momento.
Pero esa fidelidad, pronto se convirtió en un arma de doble
filo, pues en cierto modo acabó por encadenar de por vida a los andaluces a un
único Partido y a una serie de líderes que, con el paso del tiempo, fueron
abandonando sin reservas, aquel entusiasmo del principio y hoy por hoy, a pesar
de los avatares ocurridos en el país, de las promesas incumplidas y la
degeneración que ha experimentado el pensamiento socialista en los últimos
tiempos, Andalucía jamás se ha vuelto a atrever a dar un paso más y permanece
anclada en una gratitud, que ya no tiene
ningún sentido.
Que Andalucía se siente mayoritariamente de izquierdas y que
la idea que allí se tiene del PP, se encuentra estrechamente relacionada con la
imagen de los latifundistas, no constituye ningún secreto, pero la dureza de
los tiempos que vivimos y la incorporación a las listas electorales de un
sector de juventud, que considera
absolutamente superado aquel pasado incierto, preludian que se avecinan tiempos de cambio,
también para esta Comunidad y que la izquierda, la vieja por adoptar
posicionamientos lejanos a su primigenia ideología y la nueva, por no haber
sabido tomar el relevo, actuando de manera más convincente, con un mensaje más
esperanzador, puede que hagan posible que por primera vez en su Historia, los andaluces
voten a una derecha, perfectamente disfrazada de Partido de Centro.
Las continuas rencillas entre PSOE y Podemos, que se han
venido materializando en el territorio andaluz, a base de los durísimos
enfrentamientos protagonizados por Susana Díaz y Teresa Rodríguez, han contribuido y mucho, a ofrecer una imagen
de desunión que debilita de manera irreparable, las posibilidades de alcanzar
acuerdos, cuestión que ha sido
inmediatamente aprovechada por los seguidores de Rivera, para tomar posiciones
en una meta de salida, a la espera de un pistoletazo que les catapulte al
poder, o que al menos, les convierta en imprescindibles para quienes ganen las
elecciones.
La lección, servida a la carta, a través de los resultados de
las encuestas, apremia a todos a intentar cambiar su actitud y pone en manos de
los indecisos el posible futuro que aguarde a esta milenaria
Comunidad, pero ignorar la historia o tratar de olvidarla, suele traer consigo
el riesgo de que se repita, por lo que a la izquierda andaluza le convendría
iniciar de inmediato una negociación, si no quieren perder también este tren o
entregárselo en bandeja de plata, a los de Rivera.

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