viernes, 9 de febrero de 2018

La inocencia robada



Leemos con estupor, la espeluznante noticia de que un niño de sólo nueve años, en un Colegio  de Jaén, ha sido reiteradamente violado durante las horas de recreo, por cuatro compañeros con edades que oscilan entre los doce y catorce años, cuyos ataques han sido descubiertos durante un examen médico al que fue sometido el menor e inmediatamente denunciados  por los profesionales sanitarios correspondientes.
Haciendo un examen de conciencia, que resulta ser para todos nosotros, no sólo necesario, sino urgente, no cabe por menos que preguntarse qué clase de mundo estamos dejando en herencia a los que nos suceden y en qué momento comenzamos a ser cómplices del robo de la dulce inocencia que caracterizaba a la infancia hasta hace unos años, creando, con nuestra manera de educar y permitiendo a los niños un acceso a la información que se ofrece a través de las redes, con excesiva precocidad, esta especie de monstruos imberbes, capaces de cometer tan deleznables acciones grupales de violencia  y que condena, desde sus primeros años de existencia, a los más débiles, a una vida de terror que, normalmente, sufren en silencio, paralizados  por el miedo que les acompaña, al no tener la edad suficiente para hacer frente al odio extremado ante el que se encuentran.
Casos como éste, que estamos conociendo todos los días y que demuestran fehacientemente los gravísimos errores que estamos cometiendo entre las paredes de nuestros hogares, con nuestros propios hijos, reclaman soluciones que podrían parecer absolutamente drásticas, cuando se sacan de contexto, pero que seguramente conseguirían frenar esta ola de fanatismo que corroe las venas de los jóvenes instalándose en ellas, probablemente para quedarse durante el resto de sus malogradas existencias y que les hacen creer que poseen un poder ilimitado para dominar, sine die, la voluntad de otros más frágiles, por carácter o por pertenecer a colectivos diferentes, a los que no se intenta siquiera comprender  o aceptar, sobre todo si los tiranos pertenecen a familias, cuya mentalidad se encuentra decididamente instalada en roles decimonónicos que les impiden evolucionar para adaptarse a la diversidad  que caracteriza a la Sociedad en que vivimos y que no se cortan en defender, ante los menores, conceptos de corte machista o que potencian la obligación de hacer evidente ante los otros, una supremacía xenófoba, homófoba, o simplemente concebida para probar una prepotencia estremecedora, sobre todo cuando se está marcando un camino a seguir, a los que se están iniciando en la vida.
Tampoco ayuda en nada, esta Ley del Menor, que ciertamente fue concebida desde la mejor voluntad, pero que se ha demostrado que más que proteger a los frágiles, anima, por la impunidad que les ofrece, a los fanáticos, a continuar ejerciendo este tipo de acciones y que por tanto, habría de ser necesariamente revisada, para ser adaptada a una realidad que cada vez se hace más presente, en este mundo absurdo en que vivimos.
Oíamos ayer la propuesta de que se rebaje la edad de los votantes hasta los dieciséis años, alegando que los jóvenes de esta edad se encuentran perfectamente capacitados para decidir la opción de Gobierno que prefieren y choca, que en contraposición a esta idea, se les continúe considerando menores, hasta los dieciocho y que por tanto, no se les pueda juzgar ni condenar, por la comisión de delitos de la naturaleza a que aludíamos al comienzo de esta artículo y que traspasan todos los límites de la imaginación de cualquier persona normal, por la violencia que engendran.
Las edades de los violadores, pueden dar una idea del conocimiento de la sexualidad que pueden tener y sobre todo, ofrece una información impagable, sobre la calidad del entorno en que deben vivir y también, de la educación que  deben haber recibido de sus mayores.
Al final, en este tipo de terribles acciones, es siempre la víctima, la que debe tratar de convivir con lo que le ocurrió, aunque escenas como éstas, te acompañan durante el resto de tu vida.
Todos y cada uno de nosotros, somos culpables, unos por enaltecimiento de estos pensamientos y otros muchos, por inacción, de la tremenda pérdida de valores que está sufriendo la infancia en la actualidad, olvidando tal vez, que estos serán los hombres y mujeres del futuro que nos aguarda.
Si no hacemos nada por remediarlo, a la mayor brevedad posible, el nuestro será mañana un Mundo inseguro y terrible, en el que la convivencia pacífica en la diversidad, será definitivamente imposible. Se podría decir que volveremos a las cavernas y que nuestra evolución como seres humanos, habrá resultado un estrepitoso fracaso.

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