Leemos con estupor, la espeluznante noticia de que un niño de
sólo nueve años, en un Colegio de Jaén,
ha sido reiteradamente violado durante las horas de recreo, por cuatro
compañeros con edades que oscilan entre los doce y catorce años, cuyos ataques
han sido descubiertos durante un examen médico al que fue sometido el menor e
inmediatamente denunciados por los
profesionales sanitarios correspondientes.
Haciendo un examen de conciencia, que resulta ser para todos
nosotros, no sólo necesario, sino urgente, no cabe por menos que preguntarse
qué clase de mundo estamos dejando en herencia a los que nos suceden y en qué
momento comenzamos a ser cómplices del robo de la dulce inocencia que
caracterizaba a la infancia hasta hace unos años, creando, con nuestra manera
de educar y permitiendo a los niños un acceso a la información que se ofrece a
través de las redes, con excesiva precocidad, esta especie de monstruos
imberbes, capaces de cometer tan deleznables acciones grupales de
violencia y que condena, desde sus
primeros años de existencia, a los más débiles, a una vida de terror que,
normalmente, sufren en silencio, paralizados
por el miedo que les acompaña, al no tener la edad suficiente para hacer
frente al odio extremado ante el que se encuentran.
Casos como éste, que estamos conociendo todos los días y que
demuestran fehacientemente los gravísimos errores que estamos cometiendo entre
las paredes de nuestros hogares, con nuestros propios hijos, reclaman
soluciones que podrían parecer absolutamente drásticas, cuando se sacan de
contexto, pero que seguramente conseguirían frenar esta ola de fanatismo que
corroe las venas de los jóvenes instalándose en ellas, probablemente para
quedarse durante el resto de sus malogradas existencias y que les hacen creer
que poseen un poder ilimitado para dominar, sine die, la voluntad de otros más
frágiles, por carácter o por pertenecer a colectivos diferentes, a los que no
se intenta siquiera comprender o
aceptar, sobre todo si los tiranos pertenecen a familias, cuya mentalidad se
encuentra decididamente instalada en roles decimonónicos que les impiden
evolucionar para adaptarse a la diversidad
que caracteriza a la Sociedad en que vivimos y que no se cortan en
defender, ante los menores, conceptos de corte machista o que potencian la
obligación de hacer evidente ante los otros, una supremacía xenófoba, homófoba,
o simplemente concebida para probar una prepotencia estremecedora, sobre todo
cuando se está marcando un camino a seguir, a los que se están iniciando en la
vida.
Tampoco ayuda en nada, esta Ley del Menor, que ciertamente
fue concebida desde la mejor voluntad, pero que se ha demostrado que más que
proteger a los frágiles, anima, por la impunidad que les ofrece, a los
fanáticos, a continuar ejerciendo este tipo de acciones y que por tanto, habría
de ser necesariamente revisada, para ser adaptada a una realidad que cada vez
se hace más presente, en este mundo absurdo en que vivimos.
Oíamos ayer la propuesta de que se rebaje la edad de los
votantes hasta los dieciséis años, alegando que los jóvenes de esta edad se
encuentran perfectamente capacitados para decidir la opción de Gobierno que
prefieren y choca, que en contraposición a esta idea, se les continúe
considerando menores, hasta los dieciocho y que por tanto, no se les pueda
juzgar ni condenar, por la comisión de delitos de la naturaleza a que aludíamos
al comienzo de esta artículo y que traspasan todos los límites de la
imaginación de cualquier persona normal, por la violencia que engendran.
Las edades de los violadores, pueden dar una idea del
conocimiento de la sexualidad que pueden tener y sobre todo, ofrece una
información impagable, sobre la calidad del entorno en que deben vivir y
también, de la educación que deben haber
recibido de sus mayores.
Al final, en este tipo de terribles acciones, es siempre la
víctima, la que debe tratar de convivir con lo que le ocurrió, aunque escenas
como éstas, te acompañan durante el resto de tu vida.
Todos y cada uno de nosotros, somos culpables, unos por
enaltecimiento de estos pensamientos y otros muchos, por inacción, de la
tremenda pérdida de valores que está sufriendo la infancia en la actualidad,
olvidando tal vez, que estos serán los hombres y mujeres del futuro que nos
aguarda.
Si no hacemos nada por remediarlo, a la mayor brevedad
posible, el nuestro será mañana un Mundo inseguro y terrible, en el que la
convivencia pacífica en la diversidad, será definitivamente imposible. Se
podría decir que volveremos a las cavernas y que nuestra evolución como seres
humanos, habrá resultado un estrepitoso fracaso.

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