En medio de una ola de frío ártico que va in crescendo y con
el habitual espíritu combativo que siempre ha caracterizado a las actrices y
actores españoles, se celebró el Sábado la Gala de los Goyas, en Madrid,
fuertemente marcada por las palabras pronunciadas, unos días antes, por el
Presidente Rajoy, en el programa de Carlos Alsina, cuando fue preguntado por la
brecha salarial existente entre los hombres y mujeres de este país y contestó,
literalmente, “mejor, dejemos eso”
Enfundado en sus mejores galas y con las enormes dosis de glamour
que suelen ser normales cada año en esta pasarela, el mundillo del cine acudía en
pleno a la ceremonia programada y se presentaba ante los aficionados al Séptimo
Arte, en todo su esplendor, para premiar, según su criterio, los mejores
trabajos de este pasado año.
Echando de menos, desde el primer momento, la presencia de
Dani Rovira, al que no se puede negar una gracia natural de la que carecen
absolutamente los presentadores de esta edición, el evento y los premios
concedidos, se convirtieron en un fiel reflejo de la diversidad que se da en
esta península nuestra y que forma parte de una identidad con la que tenemos
que convivir a diario, sin que esto pueda representar, en modo alguno, un
elemento de discordia, sino más bien, una muestra de riqueza cultural que ya
quisieran para sí, un buen número de países del mundo.
Ataviados con abanicos rojos, como símbolo de apoyo a la
igualdad laboral y personal entre sexos
y en contra de la violencia machista, este público tan particular que abarrotaba la sala, aplaudiendo cada una de las intervenciones
en las que se hacía referencia a éstos temas, soportó estoicamente el
aburrimiento del guion que traían preparado los dos presentadores de turno e
incluso hicieron un esfuerzo por devolver una sonrisa a cada una de sus
alusiones, intentando que el tiempo transcurriera, sin que se notara el tedio
que producía la insulsez continuada de
los diálogos que se sucedían, cada vez que pisaban el escenario los maestros de
ceremonia de la fiesta.
Los premios, que se repartieron fundamentalmente, la película
“Handía”, rodada íntegramente en euskera y que consiguió diez estatuillas, a lo
largo de toda la noche y “La librería”, de Isabel Croixet, que fue recompensada
con los galardones a la Mejor dirección y Mejor película, apenas dejaron
espacio a otras películas y sólo el reconocimiento a Mejor actor, otorgado a
Javier Gutiérrez, por “El Autor” y a Nathalie Poza, por “No sé decir adiós”,
rompieron el ritmo marcado por los directores vascos y catalana, que fueron los
auténticos vencedores de la noche.
Se echó de menos, la contundencia reivindicativa de otras
galas, como aquella del “No a la Guerra”, convertida en un referente del
espíritu de luchador de esta profesión, pues las alusiones a la igualdad fueron lanzadas con cierta circunspección, por
parte de todos los que subieron a escena y a los que faltó ese espíritu
desgarrador, capaz de mover las conciencias de los espectadores y también de
los políticos de turno, encargados de hacer posible que la desigualdad pueda
ser corregida, a la mayor brevedad posible.
Tampoco fueron referidas las experiencias de acoso que dicen
haber tenido que sufrir las actrices, como ha ocurrido en Hollywood y faltó, el
efecto emocional que produce una sala en pie, que sólo se dio cuando la gran
Marisa Paredes, recogió su Goya honorífico.
Sin poner en duda la calidad de las películas y de los
profesionales que las hicieron posibles, esta Gala pasará , sin pena ni gloria
y sólo los cinéfilos fanáticos se acordarán de lo que sucedió en ella, cuando pasen un par de años.
Con nuestra felicitación a los premiados y nuestra palmadita
en la espalda a los muchos que se quedaron con las ganas de serlo, la crónica
de los Premios Goya de anoche, no dio para más y aunque sabemos que contamos
con un gran elenco de profesionales dedicados a esto del cine, sentimos decir
que esta vez, las expectativas que siempre ponemos en la esta celebración
anual, no se correspondieron en absoluto, con lo que esperábamos de ella.
Los Ministros
asistentes a la sala, deben estar contentos con la tibieza de las
intervenciones, aunque esto tiene el inconveniente de que por lo menos, hasta
el año que viene, no podrán criticar a nuestras actrices y actores ni
calificarlos de rojos subversivos, como han hecho otras muchas veces.

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