domingo, 3 de septiembre de 2017

Un Agosto sangriento


Nos despide Galicia, con esa lluvia menuda que cubre sus calles y plazas de una melancolía silenciosa que preludia la llegada de un otoño temprano y aconseja a los visitantes que regresen a los lugares desde los que llegaron aquí, para recuperar la vida que dejaron atrás, en un paréntesis esperanzador  que se acaba con el final del verano.
Durante este mes en que no hemos tenido ningún tipo de comunicación, han ocurrido sin embargo muchas cosas y algunas, que no tienen ya vuelta atrás, nos han pillado lejos de casa, recordándonos con inesperada crudeza, que el camino suicida emprendido por los artífices del terror, no sólo no da tregua a este viejo continente nuestro, sino que atrapa entre sus garras, no se sabe por qué extraños mecanismos, a multitud de adolescentes que, a pesar de haber crecido a nuestro lado, nunca debieron encontrar un motivo suficientemente convincente para amar la vida, convirtiendo el desprecio y el odio hacia los demás, en una bandera a la que seguir fanáticamente hasta la muerte, como si los caminos de la razón jamás hubieran existido y los hombres permaneciéramos aún, anclados a la Edad de Piedra.
La matanza de Barcelona, que ha conseguido eclipsar cualquier otra noticia de interés, tiñendo de nuevo con la sangre de los inocentes este cansado país nuestro, inevitable por lo imprevisible de la acción y criminal hasta el punto de habernos hecho reflexionar sobre la fugacidad de nuestra propia existencia, ha servido, no obstante, para recordarnos cuánto puede unir el dolor y que los símbolos, las banderas y hasta el concepto mismo de Patria, nada son cuando la tragedia se apodera  repentinamente del corazón, infringiendo una herida incurable que precisa con urgencia de la solidaridad y el calor de todos, para poder levantar la cabeza de nuevo, pues todo lo demás se convierte en nimio, cuando se roban vidas humanas sin sentido, ofreciendo la peor de las caras que posee el ser humano, al perder la racionalidad que le distingue de los animales, en muchos casos, más misericordes y tiernos.
Deshechos por la magnitud de este drama, que nos afecta de la misma manera de aquel que ocurriera el 11M en Madrid, procuramos retomar la vida que por suerte conservamos intacta, por un mero azar del destino e intentamos aferrarnos, en la medid de lo posible, a la poca o mucha alegría que nos produce el reencuentro con nuestro entorno, que nos espera inmóvil, tal como lo dejamos al partir, aunque después de lo ocurrido, ya no seamos, por desgracia, los mismos.
Nos duele la cobardía de los autores y a la vez, la incompetencia de los gobiernos para atajar con soluciones menos virtuales esta lacra de nuestros tiempos que no hace, sino abrir brechas insalvables entre civilizaciones y aumentar distancias entre hombres sin encontrar un camino común por el que transitar en paz hacia una vida armónica en la que quepamos todos, con nuestras coincidencias y nuestras diferencias y en el que la importancia de los poderes económicos cedan paulatinamente terreno a las necesidades perentorias que abaten a la humanidad, llevándola de la mano hacia su propia destrucción, sino ocurre un milagro que lo remedie.
Pero no queda otro remedio que volver. Con la cabeza alta e intacta la ilusión de poder cambiar el curso de la Historia futura y comprendiendo que la naturaleza del dolor puede convertirse en una fuente inagotable de aprendizaje de la que beber para cometer menos errores y que el miedo ha de ser, necesariamente superado, si no se quiere sucumbir a la barbarie que embrutece a la especie a la que pertenecemos, sumiéndola en la ignorancia supina que nos arrebata, por igual, la libertad y el orgullo de ser partes de la transformación de un todo, que no es otro que este mundo en el que nos ha tocado vivir y por el que debemos obligatoriamente velar, pues es el legado que dejaremos a los que nos sucedan en el transcurso de los tiempos.
Hay pues, que mirar al frente y alegrarse de este reencuentro que protagonizamos hoy, ustedes y yo, apartando las tinieblas en las que nos sumieron los pasados acontecimientos y saludar con júbilo esa vida que conservamos para compartir de nuevo, la verdad de lo bueno y también de lo malo que nos pueda ocurrir, pues recuperar la normalidad, será sin duda el mejor homenaje que podamos ofrecer a las víctimas de los atentados y a esas familias que ahora luchan desesperadamente por paliar los efectos que dejan las ausencias y los malos recuerdos que todos podemos ayudar a reconstruir, centímetro a centímetro, con la fuerza de nuestros sentimientos.

Hace apenas un mes, me despedía de ustedes, mis lectores, con la esperanza de recorrer un camino de sanación mental y espiritual que me permitiera afrontar nuevos retos. La prueba a que nos ha sometido a todos este Agosto sangriento, ha colocado el listón mucho más alto de lo que se pudiera, por lógica, esperar y sin embargo, estoy absolutamente segura de que juntos, venceremos.

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