Nos despide Galicia, con esa lluvia menuda que cubre sus
calles y plazas de una melancolía silenciosa que preludia la llegada de un
otoño temprano y aconseja a los visitantes que regresen a los lugares desde los
que llegaron aquí, para recuperar la vida que dejaron atrás, en un paréntesis
esperanzador que se acaba con el final
del verano.
Durante este mes en que no hemos tenido ningún tipo de
comunicación, han ocurrido sin embargo muchas cosas y algunas, que no tienen ya
vuelta atrás, nos han pillado lejos de casa, recordándonos con inesperada
crudeza, que el camino suicida emprendido por los artífices del terror, no sólo
no da tregua a este viejo continente nuestro, sino que atrapa entre sus garras,
no se sabe por qué extraños mecanismos, a multitud de adolescentes que, a pesar
de haber crecido a nuestro lado, nunca debieron encontrar un motivo
suficientemente convincente para amar la vida, convirtiendo el desprecio y el
odio hacia los demás, en una bandera a la que seguir fanáticamente hasta la
muerte, como si los caminos de la razón jamás hubieran existido y los hombres
permaneciéramos aún, anclados a la Edad de Piedra.
La matanza de Barcelona, que ha conseguido eclipsar cualquier
otra noticia de interés, tiñendo de nuevo con la sangre de los inocentes este
cansado país nuestro, inevitable por lo imprevisible de la acción y criminal
hasta el punto de habernos hecho reflexionar sobre la fugacidad de nuestra
propia existencia, ha servido, no obstante, para recordarnos cuánto puede unir
el dolor y que los símbolos, las banderas y hasta el concepto mismo de Patria,
nada son cuando la tragedia se apodera repentinamente
del corazón, infringiendo una herida incurable que precisa con urgencia de la
solidaridad y el calor de todos, para poder levantar la cabeza de nuevo, pues
todo lo demás se convierte en nimio, cuando se roban vidas humanas sin sentido,
ofreciendo la peor de las caras que posee el ser humano, al perder la
racionalidad que le distingue de los animales, en muchos casos, más misericordes
y tiernos.
Deshechos por la magnitud de este drama, que nos afecta de la
misma manera de aquel que ocurriera el 11M en Madrid, procuramos retomar la
vida que por suerte conservamos intacta, por un mero azar del destino e
intentamos aferrarnos, en la medid de lo posible, a la poca o mucha alegría que
nos produce el reencuentro con nuestro entorno, que nos espera inmóvil, tal
como lo dejamos al partir, aunque después de lo ocurrido, ya no seamos, por
desgracia, los mismos.
Nos duele la cobardía de los autores y a la vez, la
incompetencia de los gobiernos para atajar con soluciones menos virtuales esta
lacra de nuestros tiempos que no hace, sino abrir brechas insalvables entre
civilizaciones y aumentar distancias entre hombres sin encontrar un camino
común por el que transitar en paz hacia una vida armónica en la que quepamos
todos, con nuestras coincidencias y nuestras diferencias y en el que la
importancia de los poderes económicos cedan paulatinamente terreno a las
necesidades perentorias que abaten a la humanidad, llevándola de la mano hacia
su propia destrucción, sino ocurre un milagro que lo remedie.
Pero no queda otro remedio que volver. Con la cabeza alta e
intacta la ilusión de poder cambiar el curso de la Historia futura y
comprendiendo que la naturaleza del dolor puede convertirse en una fuente
inagotable de aprendizaje de la que beber para cometer menos errores y que el
miedo ha de ser, necesariamente superado, si no se quiere sucumbir a la
barbarie que embrutece a la especie a la que pertenecemos, sumiéndola en la
ignorancia supina que nos arrebata, por igual, la libertad y el orgullo de ser
partes de la transformación de un todo, que no es otro que este mundo en el que
nos ha tocado vivir y por el que debemos obligatoriamente velar, pues es el
legado que dejaremos a los que nos sucedan en el transcurso de los tiempos.
Hay pues, que mirar al frente y alegrarse de este reencuentro
que protagonizamos hoy, ustedes y yo, apartando las tinieblas en las que nos
sumieron los pasados acontecimientos y saludar con júbilo esa vida que
conservamos para compartir de nuevo, la verdad de lo bueno y también de lo malo
que nos pueda ocurrir, pues recuperar la normalidad, será sin duda el mejor
homenaje que podamos ofrecer a las víctimas de los atentados y a esas familias
que ahora luchan desesperadamente por paliar los efectos que dejan las
ausencias y los malos recuerdos que todos podemos ayudar a reconstruir,
centímetro a centímetro, con la fuerza de nuestros sentimientos.
Hace apenas un mes, me despedía de ustedes, mis lectores, con
la esperanza de recorrer un camino de sanación mental y espiritual que me
permitiera afrontar nuevos retos. La prueba a que nos ha sometido a todos este
Agosto sangriento, ha colocado el listón mucho más alto de lo que se pudiera,
por lógica, esperar y sin embargo, estoy absolutamente segura de que juntos,
venceremos.

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