Tras los gravísimos acontecimientos acaecidos durante la
pasada semana en el Parlament de Cataluña y la durísima batalla legal que se
libra en estos momentos, entre el Estado español y los representantes más
significativos del movimiento independentista, el peso de una incertidumbre
espesa atrapa indefectiblemente a los ciudadanos de aquellas tierras,
sumiéndolos en un mar de dudas que ninguno de los principales actores de esta
guerra se atreve a descifrar y que no obstante, queda camuflada entre los
estallidos de una euforia incontrolable, que mueve a las masas a seguir
ciegamente ese deseo de libertad que cuidadosamente se ha venido alimentando
durante muchos años y que se ha hecho más evidente desde que el Gobierno de Rajoy tensara la cuerda provocando un enfrentamiento
despiadado contra los ciudadanos de Cataluña, que se sintieron desde entonces
profundamente amenazados fuera de su
territorio natal, hasta que no les quedó otro remedio que convertirse, por mero
pundonor, en exacerbados nacionalistas.
Muchas veces hemos avisado de que ésto podría suceder y
rogado encarecidamente que se revisara en profundidad la manera de afrontar el
diálogo entre los Gobiernos de España y Cataluña, fundamentalmente desde las
primeras veces que se empezó a hablar seriamente del Proceso de secesión y se
intuyó, por la composición variopinta del nuevo Parlament, que parecía haber
llegado el momento en que se daban las circunstancias perfectas para la
reclamación de la independencia, aunque la consabida flema de Rajoy, haya ido
retrasando el instante de tomar cualquier tipo de decisión al respecto, acorde
con su curiosa teoría de que las cosas suelen resolverse, simplemente con el
paso del tiempo.
Sin voluntad de diálogo y habiendo dado a lo que pasó el 9N
en Cataluña, mucha menos importancia de la que merecía un evento de tal calado
social, a Rajoy se le ha venido encima una avalancha imparable que puede terminar por sepultarlo,
si no mide escrupulosamente las decisiones que va a tener que improvisar
apresuradamente y mucho nos tememos que el primero de Octubre, sí o sí,
millones de catalanes votarán, en las condiciones que sean, en este Referendum
que desde el principio debió ser legal, pues de este modo, no sólo se habría
aclarado hace tiempo el pensamiento real una sociedad, que al haber sido
llevada después a extremos inaceptables por la incompetencia del Gobierno
central, ya no concibe otro deseo que cumplir el sueño de participar en el que
se ha hecho aparecer como el día más importante de su vida, aunque para ello
tenga que optar por una desobediencia descarada y ostentosa, que ahora
consideran como un símbolo de patriotismo frente a la represión de un Estado
español que tiraniza a los ciudadanos catalanes, negándoles el inalienable
derecho de decidir sobre su propio destino.
Rajoy, que continúa sin aclarar que hará el dos de Octubre,
cuando las masas enardecidas crean firmemente que se han entrado a formar parte
de un Estado de nueva creación en forma de República y que viene dejando en
manos de su valiente vicepresidenta cualquier comparecencia ante los españoles,
interviniendo únicamente en actos en los que es aclamado por los suyos
incondicionalmente, carece sin embargo, de la altura política que se
necesitaría para ofrecer soluciones pacíficas a un problema que se ha
enquistado precisamente por su inactividad y permanece anclado a la intención
de continuar aplicando unas leyes, que naturalmente, pueden ser transgredidas,
como ha ocurrido cientos de veces, en conflictos de toda índole.
En esta tesitura, lo ocurrido en el Parlament en días
pasados, no dice mucho a favor de quienes pretenden dirigir la desconexión, si
es que piensan acometer el gran acontecimiento con la misma falta de democracia
política con que se han comportado en las maratonianas sesiones en las que se
ha despreciado vilmente la opinión de las minorías, sino que más bien, pone al
descubierto una absoluta falta de preparación y sensatez como gobernantes, que
hacen temer seriamente por el futuro de Cataluña, pues por muy grandes que sean
los sueños, la cruda realidad poco o nada suele tener que ver con aquello que
en un principio se imaginó y menos aún, cuando hay que partir de cero y sin
apoyos reales, sobre todo en las cuestiones meramente crematísticas.
Así, no parece muy afortunado jugar
con la ilusión de la gente, sin haber explicado al detalle cómo piensan
afrontar los señores Puigdemont o Junqueras, por ejemplo, lo que será la vida cotidiana de todos los catalanes, a
partir de su declaración unilateral de independencia y aclarando, sin mayor
dilación, qué pasará, para empezar, con la deuda de 75.000 millones de euros
que tienen con el Estado Español y que habrían de abonar de inmediato, si la desconexión
fuera un hecho o de qué modo podría asumir la nueva República que todos los
funcionarios ubicados en el territorio pudieran conservar sus puestos y sueldos
en idénticas condiciones o cómo se afrontaría el pago de las pensiones
correspondientes, si el dinero con el que se contaba hasta ahora procedía en su
totalidad de la caja única de una Seguridad Social, cuyos gastos habrían de
asumir, igual que los de la Educación y la Sanidad, solos, desde un primer
momento.
Arriar señeras, al grito de libertad
y alentar a las masas a salir a las calles e incumplir las leyes que al menos
hasta el momento, son para todos, está bien y hasta imprime de cierta pátina
revolucionaria y progresista el Proces, pero es enorme el peso de las
muchísimas preguntas que quedan, desafortunadamente, sin respuesta.
Aquí, ya no se trataría de hacer
Patria a base símbolos, idiomas o legítimas reclamaciones de derechos
decisorios que a todos nos corresponderían igualitariamente. Se trata, de poder
vivir. Y aunque ya saben que reiteradamente hemos apostado por la celebración
legal de un Referendum en Cataluña, esta Generalitat actual, con sus luces, sus
sombras y sus ansias de inmediata independencia, cueste lo que cueste, no
parece ofrecer las garantías necesarias que la gente necesitará, en cuanto pase
la euforia incontrolable de este momento.
Causa enorme pesar que se pueda jugar
impunemente con los sentimientos de las personas y en esta guerra, éso
exactamente, es lo que unos y otros vienen haciendo.

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