En este día nublado que empieza a parecerse, por su color, a
los que tradicionalmente suelen definirse como otoñales y en el que una cierta
modorra se apodera inexorablemente de la cabeza y el espíritu, desestabilizando
la trepidante rutina que acostumbramos a vivir , para recordarnos, tal vez, que
los seres humanos tenemos también, un límite de resistencia, me siento
desbordada por la profusión de noticias que se están produciendo de manera
torrencial en nuestro país y he de confesar, que me encuentro en uno de esos
momentos en que odio escribir de ninguna otra cosa que no tenga que ver con mis
propios sentimientos.
De manera que mientras las cosas continúan complicándose, si
es que eso resulta aún posible, más y más, en relación con el problema de
Cataluña y Mariano Rajoy exhibe orgulloso, su arte al haber conseguido traer a
Trump a su terreno, a mi y también a otros a los que aunque no quiera, oigo
hablar a mi alrededor, nos invade una sensación de hartazgo y desgana, para la
que no se entiende otra vía de solución, si no es la de hacer acopio de
paciencia y esperar a ver qué ocurre, por fin, ese anunciadísimo Primero de
Octubre, pues en nada va a influir nuestra opinión en las intenciones que
tengan, los unos y los otros.
Así que dedicar la tarde al relax y a procurarse los pequeños
placeres que pueda ofrecernos nuestra agitada vida, se convierte en una
fijación a la que, de ningún modo, pienso renunciar, como demuestra la
intención de improvisar un artículo en el que las palabras que encadene sean
las que vayan saliendo del corazón y en el que toda radicalidad, profundidad de
pensamiento o simple sugerencia, queden aparcadas, a la espera de un minuto
mejor, en el que los acontecimientos me dicten un camino por el que transitar,
lejos de manipulaciones políticas, que la verdad, nunca me fueron ni vinieron.
Recordando el motivo por el que empecé a escribir, yo debía
tener entonces como unos siete años, se me aparece en primer lugar, como no
podía ser de otra manera, esa mezcla explosiva de pavor al papel en blanco
confundida con la excitación jamás superada de ser capaz de hilar frases con
sentido, en aquel rincón de la casa, en el que solía buscar la soledad y la
frenética sensación de haber conseguido, al
leer el resultado de lo escrito, un texto que solía interesar, a pesar
de su absurda sencillez, a los pequeños que me rodeaban, despertando en ellos,
que a duras penas eran capaces de entender mi letra endiablada, una tácita
admiración que en muchos casos perduró hasta que la vida se encargó de ir
separando nuestros destinos, que entonces creíamos unidos para siempre.
He de decir, que aquellas primeras experiencias han
continuado acompañándome todo el camino, creando en mí una necesidad casi
enfermiza de escribir, que permanece intacta, cada vez que oigo la llamada de
las que algunos llaman musas, pero que yo calificaría simplemente, como una
vocación incondicionalmente amada, que jamás he podido abandonar, a pesar de
haber hecho vanos intentos de conseguirlo, en momentos de los que no merece la
pena hablar, pues pasaron, se superaron y me enseñaron cosas que después me
sirvieron, para fortalecer mi carácter.
Esta profesión obligatoriamente solitaria que elegí entonces
como la mejor que pudiera existir y por la que no voy a negar sentir un exceso
de querencia, me ha traído, después de muchas idas y venidas, de ensayos
múltiples, aciertos y fracasos, hasta aquí y gracias a ella, se podría decir
que soy la persona que soy y que las luces y las sombras que habitan, como en
todos, en mí, podrían considerarse un claro reflejo del enriquecimiento que me
proporcionó tener el don de saber unir palabras, no sé si por aprendizaje, o de
nacimiento.
No sé por qué, en esta tarde de apacible desidia se me ha
ocurrido compartir estos pasajes de mi intimidad, con aquellos desconocidos que
me honran a diario leyendo lo que sale de mis manos, como si de verdad fuera
importante. Les aseguro que para mí lo es, supone el esfuerzo de toda una vida
y por ello, mis lectores merecían hace tiempo, saber cómo fueron aquellos
comienzos.
Los recuerdos de esta humilde trayectoria, tienen en mí, un
efecto dulcificador que es la medicina perfecta para paliar los efectos de los
tiempos convulsos que vivimos.
Los cronistas, también somos, primero que todo lo demás,
personas y me apetecía que ustedes lo tuvieran presente, para que entiendan
mejor estas rarezas que a veces nos atacan por sorpresa.

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