La respuesta a las gravísimas medidas tomadas ayer por el
Gobierno de Rajoy en Cataluña no se ha hecho esperar ni un segundo y una
ingente multitud de ciudadanos se ha ido instalando paulatinamente en las
calles, dispuesta a resistir el órdago lanzado desde Madrid para frenar en seco
un Referendum, que se ha convertido en un símbolo representativo de la
identidad catalana, independientemente de lo que pensaran votar, hasta hoy, los
que participan activamente en estas multitudinarias protestas.
Sumidos en la estupefacción y asaltados a la vez por el temor
a que los acontecimientos acaben derivando hacia caminos menos pacíficos que
los que se están recorriendo, los habitantes de esta parte del territorio que
compartimos y en el que hemos convivido hasta ahora, en un ambiente
sosegado que parece contaminarse por
momentos, miramos con inquietud cómo el enfrentamiento entre nacionalidades
parece recrudecerse por momentos, como si las acciones policiales y judiciales
aplicadas desde ayer en Cataluña, contaran con el apoyo de nuestra sociedad en
general, cuestión que dista mucho de ser cierta.
La verdad es que en este conflicto hace tiempo que las
cuestiones de forma pasaron a un segundo plano,
tiñendo la gestualidad de ambas
partes con un poso de tácita violencia y
sólo la vuelta a la cordura, que aconseja solucionar por medio del diálogo
pausado, las gravísimas diferencias que nos separan, podrían, tal vez, hallar
una vía de entendimiento, que hiciera del respeto común, una barrera inviolable
que nadie se atreva a traspasar, pues no se debe reprimir en modo alguno, la
libertad de pensamiento.
Aceptar esa premisa, se ha convertido en primordial para
poder abordar este problema en un plano de igualdad que extermine las raíces
xenófobas que están creciendo entre nosotros, como la mala hierba, pues al fin
y a la postre, catalanes y españoles somos, querámoslo o no, ciudadanos de un
mismo mundo y quizá sea este el momento de demostrar que no hay cosa peor, que
la institución emocional de nuevas fronteras.
Y no hablo de separaciones territoriales, de idiomas o
particularidades de las que evidentemente cada cual puede disfrutar
soberanamente, sino de estigmas que se instalan sinuosamente entre nosotros, de
una manera casi imperceptible y que suelen nublar la razón, impidiéndonos mirar
más allá del punto exacto en el que nos encontramos, defendiendo los bastiones
entusiastas que nos mueven, robando a quiénes tenemos enfrente, sin
pretenderlo, la oportunidad de ofrecer sus argumentos, tan válidos como los
nuestros, si de veras se cree que la libertad de expresión es un inalienable derecho.
En estas horas, en las que todo parece confundirse en una
niebla densa y en la que los políticos que dicen representarnos no hacen otra
cosa más que emponzoñar, de parte a parte, la deriva que está tomando este
problema, la cordura de la calle, de esos catalanes que hacen guardia en las
plazas, reclamando más que la independencia, el derecho a decidir sobre ella, no
puede correr el riesgo de contaminarse, ni siquiera con frases malsonantes dedicadas
a los españoles, pues la razón que les asiste y que muchos reconocemos a pesar
de no vivir allí, se perdería tajantemente sepultada por la injusticia de
atacar a quienes sin duda no lo merecen.
Las escenas de vandalismo que pudimos contemplar en la larga
noche que sucedió al intenso día que todos vivimos con tristeza ayer, los
insultos indiscriminados que se vertieron sobre unas fuerzas de seguridad que
acataban órdenes superiores y las apelaciones malsonantes hacia la prensa, no
fueron, precisamente, un ejemplo de civismo, sino más bien, un patrón de
nacionalismo trasnochado, rayano en una ordinariez, impropia de una sociedad
que siempre se caracterizó por su civismo.
Esos brotes, que ofrecen una perspectiva distorsionada del
pulso que la calle está echando a unos políticos incapaces de responder a sus
reclamaciones más urgentes, han de ser necesariamente, cercenados, por la serenidad
de las mayorías.
En cuanto al discurso ofrecido anoche por Rajoy, que parecía haber sido acuñado en su
totalidad, en su contenido, por Rivera, poco o nada habría que decir, pues la
inmovilidad manifiesta en que se encuentran el Presidente y los suyos, las vías
por las que se han decidido y que convierten a los detenidos en los primeros
presos políticos desde los años de la dictadura, no contribuyen precisamente a
serenar los ánimos de nadie. Tampoco los de la mayoría de los españoles.
Preparados para otra noche de vigilia, una buena parte de los
ciudadanos catalanes, se agrupan en los lugares señalados por sus líderes, como
demostración de fuerza. No todos son partidarios de la independencia, pero
todos exigen el derecho a poder decidir si la quieren. Al menos, hay que
reconocerles la valentía de hacerlo abiertamente.

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