Con una evidente fractura entre Partidos nacionalistas y
Unionistas, la celebración de la Diada catalana, en la que han participado
cerca de un millón de personas, que se han echado a las calles reclamando el
derecho a votar en el Referendum sobre la Independencia, queda suficientemente
probado que las querellas y los
mecanismos legales propuestos por el PP, como única vía para solucionar el
problema, han fracasado estrepitosamente y
que el estallido popular que hoy se vive en las calles de Barcelona,
podría ser la tónica general que nos encontraremos, por lo menos hasta el 1de
Octubre, por lo que al Gobierno central le va a resultar prácticamente
imposible controlar una situación, a la que se ha llegado fundamentalmente por
la inacción y la falta de diálogo que han caracterizado los dos mandatos de un
Rajoy, seguramente angustiado por el alud que se le viene encima.
Mucho debe estar arrepintiéndose hoy el Presidente de no
haber escuchado a los que le aconsejaban desde otras Formaciones que hallara la
manera de legalizar aquella otra consulta celebrada un 9 de Noviembre y a la
que decidió no dar ninguna importancia, a pesar de ser secundada por una gran
mayoría de catalanes que acudieron a votar aquel día y que, por cierto,
decidieron en las urnas, por un estrecho pero valioso margen, continuar
formando parte de España, como todos recordaremos, aunque desde entonces haya
llovido mucho y las circunstancias hayan propiciado un aumento más que
considerable de partidarios de la Independencia, que más que nacionalistas
convencidos, son indignados contra un Estado que les ha negado sistemáticamente
un derecho a decidir, que resulta mucho más apetecible desde el momento en que
se convirtió en una especie de fruta prohibida.
Mirando las imágenes de lo que está ocurriendo en la
actualidad, visionando las sesiones parlamentarias acaecidas en Cataluña la
semana pasada y oyendo la disposición a desobedecer claramente expresada por el
President Puigdemont, en cada una de las intervenciones que protagoniza en los
medios y el clamor de una mayoría de la sociedad catalana, que exige votar y
que acata sumisamente el mensaje lanzado por la cúpula nacionalista, Mariano
Rajoy ha de estar sin duda preguntándose, por qué no aceptaría como legal el
otro Referendum , pues a tenor del resultado obtenido en aquella ocasión, todo
este problema que se ha convertido en el más grave de cuántos ha tenido que
soportar durante su mandato, se habría entonces zanjado, pero las cosas, que
nunca tienen desgraciadamente marcha atrás, son en estos momentos como son y el
callejón sin salida a que nos ha llevado su incomprensible voluntad de
silencio, no preludia un final feliz para esta historia, que en cualquier
momento puede pasar del pacifismo festivo a la violencia, pues detener el
acaloramiento de cientos de miles de personas, convencidas en su interior de
que el 1 de octubre formarán parte de una Nación nueva, no es tarea fácil, para
quién tanto tiempo necesita para dar un paso que garantice la estabilidad, como
bien sabemos todos los ciudadanos, por lo que llevamos vivido.
No nos cabe la menor duda de que Rajoy y su Gobierno no han
parado de cometer gravísimos errores en este asunto desde que asumieron el
poder y muy especialmente desde que encontraron apoyo en socios afincados en
posiciones aún más conservadoras que las que ellos defienden, como es el caso
de Ciudadanos, que no ha hecho más que ahondar en una herida que Rivera ya
tenía abierta desde que se decidiera a fundar su Partido, precisamente en
Cataluña y en contraposición explícita a los Partidos nacionalistas de los que
siempre abominó, con ese viso de
patrioterismo barato que ha solido caracterizar a los líderes de la
extrema derecha.
Lo peor, es que Mariano Rajoy, cegado quizá por la adulación
permanente de los suyos y de estos aliados que decidieron acompañarle desde el
mismo momento en que entraron a formar parte del Parlamento, no ha sabido
reconsiderar sus posturas ni aprender de sus equivocaciones pasadas y ese
empecinamiento tiránico que lo define, ha terminado por traspasar las líneas de
su propia intimidad, trasladando a la calle y en definitiva, a esta sociedad a
la que todos pertenecemos, un sentimiento de incertidumbre que afecta directamente nuestra manera de vivir y que nos
hace temer seriamente por una estabilidad que puede peligrar, si se complican
los acontecimientos.
El único triunfo que puede apuntarse el PP es el de haber
logrado dividir la opinión de los ciudadanos, abriendo una brecha entre
personas que hasta ahora convivían pacíficamente, que será difícil cerrar si
continúa aumentando la tensión existente.
Los que creemos en la universalidad, por encima de los
territorialismos, en la conciliación más que en las diferencias y en el
respeto, por encima de la barbarie, sólo podemos desear que este problema, que
nos aflige como nuestro, pueda resolverse sin riesgos de violencia y que la
concordia sea posible entre todos, por medio de la palabra y no por la fuerza.
De ahí, que añoremos aquel dulce Noviembre, en el que todo
hubiera sido posible, de un modo bien distinto, para esa sociedad plural, de la
que formamos parte, simplemente por una cuestión de nacimiento.

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