lunes, 11 de septiembre de 2017

Aquel dulce noviembre


Con una evidente fractura entre Partidos nacionalistas y Unionistas, la celebración de la Diada catalana, en la que han participado cerca de un millón de personas, que se han echado a las calles reclamando el derecho a votar en el Referendum sobre la Independencia, queda suficientemente probado que  las querellas y los mecanismos legales propuestos por el PP, como única vía para solucionar el problema, han fracasado estrepitosamente y  que el estallido popular que hoy se vive en las calles de Barcelona, podría ser la tónica general que nos encontraremos, por lo menos hasta el 1de Octubre, por lo que al Gobierno central le va a resultar prácticamente imposible controlar una situación, a la que se ha llegado fundamentalmente por la inacción y la falta de diálogo que han caracterizado los dos mandatos de un Rajoy, seguramente angustiado por el alud que se le viene encima.
Mucho debe estar arrepintiéndose hoy el Presidente de no haber escuchado a los que le aconsejaban desde otras Formaciones que hallara la manera de legalizar aquella otra consulta celebrada un 9 de Noviembre y a la que decidió no dar ninguna importancia, a pesar de ser secundada por una gran mayoría de catalanes que acudieron a votar aquel día y que, por cierto, decidieron en las urnas, por un estrecho pero valioso margen, continuar formando parte de España, como todos recordaremos, aunque desde entonces haya llovido mucho y las circunstancias hayan propiciado un aumento más que considerable de partidarios de la Independencia, que más que nacionalistas convencidos, son indignados contra un Estado que les ha negado sistemáticamente un derecho a decidir, que resulta mucho más apetecible desde el momento en que se convirtió en una especie de fruta prohibida.
Mirando las imágenes de lo que está ocurriendo en la actualidad, visionando las sesiones parlamentarias acaecidas en Cataluña la semana pasada y oyendo la disposición a desobedecer claramente expresada por el President Puigdemont, en cada una de las intervenciones que protagoniza en los medios y el clamor de una mayoría de la sociedad catalana, que exige votar y que acata sumisamente el mensaje lanzado por la cúpula nacionalista, Mariano Rajoy ha de estar sin duda preguntándose, por qué no aceptaría como legal el otro Referendum , pues a tenor del resultado obtenido en aquella ocasión, todo este problema que se ha convertido en el más grave de cuántos ha tenido que soportar durante su mandato, se habría entonces zanjado, pero las cosas, que nunca tienen desgraciadamente marcha atrás, son en estos momentos como son y el callejón sin salida a que nos ha llevado su incomprensible voluntad de silencio, no preludia un final feliz para esta historia, que en cualquier momento puede pasar del pacifismo festivo a la violencia, pues detener el acaloramiento de cientos de miles de personas, convencidas en su interior de que el 1 de octubre formarán parte de una Nación nueva, no es tarea fácil, para quién tanto tiempo necesita para dar un paso que garantice la estabilidad, como bien sabemos todos los ciudadanos, por lo que llevamos vivido.
No nos cabe la menor duda de que Rajoy y su Gobierno no han parado de cometer gravísimos errores en este asunto desde que asumieron el poder y muy especialmente desde que encontraron apoyo en socios afincados en posiciones aún más conservadoras que las que ellos defienden, como es el caso de Ciudadanos, que no ha hecho más que ahondar en una herida que Rivera ya tenía abierta desde que se decidiera a fundar su Partido, precisamente en Cataluña y en contraposición explícita a los Partidos nacionalistas de los que siempre abominó, con ese viso de  patrioterismo barato que ha solido caracterizar a los líderes de la extrema derecha.
Lo peor, es que Mariano Rajoy, cegado quizá por la adulación permanente de los suyos y de estos aliados que decidieron acompañarle desde el mismo momento en que entraron a formar parte del Parlamento, no ha sabido reconsiderar sus posturas ni aprender de sus equivocaciones pasadas y ese empecinamiento tiránico que lo define, ha terminado por traspasar las líneas de su propia intimidad, trasladando a la calle y en definitiva, a esta sociedad a la que todos pertenecemos, un sentimiento de incertidumbre que  afecta  directamente nuestra manera de vivir y que nos hace temer seriamente por una estabilidad que puede peligrar, si se complican los acontecimientos.
El único triunfo que puede apuntarse el PP es el de haber logrado dividir la opinión de los ciudadanos, abriendo una brecha entre personas que hasta ahora convivían pacíficamente, que será difícil cerrar si continúa aumentando la tensión existente.
Los que creemos en la universalidad, por encima de los territorialismos, en la conciliación más que en las diferencias y en el respeto, por encima de la barbarie, sólo podemos desear que este problema, que nos aflige como nuestro, pueda resolverse sin riesgos de violencia y que la concordia sea posible entre todos, por medio de la palabra y no por la fuerza.

De ahí, que añoremos aquel dulce Noviembre, en el que todo hubiera sido posible, de un modo bien distinto, para esa sociedad plural, de la que formamos parte, simplemente por una cuestión de nacimiento.

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