Sin valor para reconocer que todas las medidas tomadas hasta
ahora en Cataluña han resultado ser un fracaso y sin saber cómo manejar la
avalancha humana que se ha instalado en las calles de manera casi permanente,
el Gobierno de Rajoy toma la decisión desesperada de nombrar al Coronel de la
Guardia Civil, Diego Pérez de los Cobos,
como coordinador general de las Fuerzas de Seguridad en aquella parte de la
Península, relegando a los mossos de squadra, a un papel secundario,
argumentando la poca colaboración que de
ellos están obteniendo, en la requisa permanente de material relacionado con el
Referendum.
Esta intervención encubierta, que resulta ser un paso más en
la tácita aplicación del artículo 155 y que arrebata a la Generalitat una de
las funciones más importantes de cuántas constituyen su cometido, viene a sumar
tensión al clima que se vive en los pueblos y ciudades estos últimos días, demostrando que el
Ejecutivo está dispuesto a saltarse todas las normas que sean necesarias, con
tal de evitar que el próximo día 1, la gente pueda votar, por lo que se intuye
que a partir de ahora, podrían empezar a reprimirse con dureza las
concentraciones de personas que se están produciendo y cuyo comportamiento era,
hasta cierto punto, frenado por los mossos, que ya han manifestado su protesta
al sentirse oficialmente sobrepasados por la policía nacional y la guardia
civil, aunque nadie lo haya reconocido.
Lejos de amedrentar a la gente, que ha llegado a un clima de
exaltación de la libertad, similar al del 15M, muchas personas que aún
continuaban en casa, dudando seriamente entre lo que ordenaba la legalidad
reclamada desde Madrid y la que aconsejan los líderes de la Generalitat, han
dado un paso al frente colocándose al lado de sus conciudadanos, empujados a
empatizar con lo que defienden los que ya estaban en la calle y que no sólo
tiene que ver con su deseo de independencia, sino más bien, con la indignación
de ver cómo se intenta someter a la población, sin permitirle siquiera su
inalienable derecho a expresarse, en un sentido u otro, en una votación que se
hace cada vez más necesaria, si se quiere salir del laberinto en el que nos
hallamos perdidos.
Tampoco el gobierno de la Generalitat se mueve ni un
milímetro de sus posiciones, pues la dificultad de manejar la situación a la
que se ha llegado no debe ser, en estos momentos, nada fácil, con lo que la
solución real del problema se intuye como cada vez más lejana, como si una ola
de sobrevenida locura se hubiera apoderado de los que manejan el poder, en uno
y otro bando y los recursos políticos hubieran sido superados por las
resoluciones judiciales y policiales, como única salida.
Verdad es, que ni Puigdemont
ni Rajoy, pueden permitirse, a estas alturas, defraudar a quiénes les
siguen en sus planteamientos, pues el acaloramiento de los ánimos, que ha
entrado en una efervescencia imparable, no lo aconseja, pero habrían de considerar con urgencia, que la apertura de la enorme
brecha social que están generando con su exacerbado empecinamiento sólo puede
traer consecuencias nefastas y que ceder, aunque sólo sea de manera
testimonial, forma parte importante de la grandeza de los políticos, aunque tal
acción sea continuamente menospreciada, en los tiempos que vivimos, por los que
nos gobiernan.
Porque a nadie, en su sano juicio, se le ocurre otro remedio
mejor que acudir al diálogo y la negociación para poder encontrar un camino que
nos saque de éste, que no conduce a ninguna parte y que para ello, Rajoy y
Puigdemont, habrían de renunciar por igual a cuánto ha venido ocurriendo en
estos últimos años, para partir necesariamente de cero, aunque ello les
costara, a los dos, una pérdida considerable de
adeptos o incluso tener que abandonar los cargos que ocupan, a favor de
la conciliación y el respeto que reclaman la mayoría de los ciudadanos que les
eligieron.
Ni se puede desoír las reclamaciones de millones de
ciudadanos catalanes, ni imponer, del modo que se ha hecho, la celebración del
Referendum. Sobran, los dos protagonistas que instigaron estas acciones y sobran,
incluso las palabras, cuando de antemano se ha perdido la razón, por lo mal que
se ha gestionado el conflicto.
Puede, que a muchos
les desilusionara tener que volver a empezar, pero eso pasa, cuando se juega
peligrosamente con la esperanza de la gente.
Abrir vías de entendimiento, ha de ser la primera obligación
de cualquier político que ejerza sus funciones en un país democrático y la
aplicación de la fuerza, la represión o la instigación al odio hacia los
disidentes, desgraciadamente no puede, sino recordar a los métodos empleados por las dictaduras, sean
del signo que sean y se encuentren dónde se encuentren.

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