martes, 12 de septiembre de 2017

A la deriva


Todos los problemas del país, el paro, la corrupción,  la precariedad laboral y los recortes que están llevando al límite la salud de los ciudadanos y su educación, parecen haberse diluido en el flujo continuo que genera el conflicto independentista catalán, que mantiene a la Sociedad con el aliento contenido, mientras Rajoy y Puigdemot, libran su batalla sin consentir en moverse de sus posiciones de fuerza, establecidas como bastiones consolidados, aunque ambos aparenten una ficticia normalidad, absolutamente inexistente para los que tratamos de comprender lo que verdaderamente está ocurriendo.
Interpuestas y ganadas en el Tribunal Constitucional todas las querellas posibles y asumiendo como una realidad palpable que la desobediencia de la Generalitat será un hecho, los continuos reproches y amenazas vertidos de parte a parte, sin mesura y el ensanchamiento de la brecha abierta entre los partidarios del sí y los del no, presentan ante nuestros ojos un panorama desolador, sin que podamos adivinar cuáles serán los próximos movimientos de los unos y los otros, en esta especie de teatro del absurdo que nos sorprende hasta el hartazgo, también por la persistencia machacona de los medios.
Sumidos en un mar de dudas que nadie tiene el valor de resolver, los funcionarios y fuerzas de seguridad asentados en Cataluña, se debaten entre aquello que pueda dictarles su propia conciencia ideológica y la pretendida obligación de obedecer a unas leyes de las que sus propios mandatarios abominan, con la esperanza de que alguien les garantice algo tan fundamental como su propia estabilidad personal, pues al no pertenecer casi ninguno a los más altos estamentos, la imposibilidad de afrontar las sanciones económicas que se les impondrán, si se colocan del bando secesionista, es una obviedad irrefutable, que podría frenar considerablemente su participación en los hechos.
Reafirmando de manera permanente sus planteamientos iníciales, los líderes catalanes parecen haber olvidado que las Naciones se nutren de personas físicas, cuyo derecho inalienable a vivir, habría que garantizar con algo más que palabras que casi siempre suele llevarse el viento y que el sueño del independentismo que albergan y por el que luchan legítimamente, no puede componerse únicamente de enfatizados mensajes salidos del corazón, pues la existencia real de esos millones de ciudadanos que ahora marchan detrás de las banderas, constituye la única baza que finalmente permitirá el triunfo o el fracaso futuro de todas las historias y también de ésta.
Pero el tiempo corre inexorablemente sin que las explicaciones pertinentes aclaren un panorama al que ensombrece este inexplicable silencio y todos aquellos que por su situación profesional o pasiva, como es el caso de los pensionistas, resultan ser directamente dependientes de las Arcas del Estado español, continúan sin conocer a qué se enfrentarán, si el movimiento secesionista es implantado después del primero de Octubre y sobre todo, quién se hará cargo de pagar sus salarios.
La perspectiva, por mucho que se quiera endulzar con reclamaciones de voto y libertad, no puede ser más desesperanzadora, pues las declaraciones institucionales de los líderes catalanes jamás hacen referencia a estas cuestiones de crucial importancia para un buen número de gente, como si el guión establecido no contemplara otra cosa que el deseo irrefrenable de ser Nación, aún a costa de perjudicar gravemente a ciertos colectivos imprescindibles para que cualquier país funcione, viejo o nuevo.
Tampoco el gobierno español quiere hablar del asunto y no sabe o no quiere hacer otra cosa, que apelar a una legalidad, rechazada reiteradamente por los otros actores del conflicto.
No quisiera yo estar en el pellejo de esos mossos, ni tener que tomar la decisión que de ellos exigen ambas partes, pues hagan lo que hagan, el perjuicio está asegurado para ellos.
Verán, los ciudadanos no somos muñecos de los que tirar hasta romperlos, ni entes sin corazón, a los que tratar de manejar, según soplen los vientos. Somos mucho más y apelar a nuestra importancia cuando conviene, para renegar de nosotros cuando seguimos el camino que marca nuestra propia conciencia, resulta ser abominable en todos los casos y un intento de manipulación descarada, inadmisible desde todos los ángulos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario