Todos los problemas del país, el paro, la corrupción, la precariedad laboral y los recortes que
están llevando al límite la salud de los ciudadanos y su educación, parecen
haberse diluido en el flujo continuo que genera el conflicto independentista
catalán, que mantiene a la Sociedad con el aliento contenido, mientras Rajoy y
Puigdemot, libran su batalla sin consentir en moverse de sus posiciones de
fuerza, establecidas como bastiones consolidados, aunque ambos aparenten una
ficticia normalidad, absolutamente inexistente para los que tratamos de
comprender lo que verdaderamente está ocurriendo.
Interpuestas y ganadas en el Tribunal Constitucional todas
las querellas posibles y asumiendo como una realidad palpable que la
desobediencia de la Generalitat será un hecho, los continuos reproches y
amenazas vertidos de parte a parte, sin mesura y el ensanchamiento de la brecha
abierta entre los partidarios del sí y los del no, presentan ante nuestros ojos
un panorama desolador, sin que podamos adivinar cuáles serán los próximos
movimientos de los unos y los otros, en esta especie de teatro del absurdo que
nos sorprende hasta el hartazgo, también por la persistencia machacona de los
medios.
Sumidos en un mar de dudas que nadie tiene el valor de
resolver, los funcionarios y fuerzas de seguridad asentados en Cataluña, se debaten
entre aquello que pueda dictarles su propia conciencia ideológica y la
pretendida obligación de obedecer a unas leyes de las que sus propios
mandatarios abominan, con la esperanza de que alguien les garantice algo tan
fundamental como su propia estabilidad personal, pues al no pertenecer casi
ninguno a los más altos estamentos, la imposibilidad de afrontar las sanciones
económicas que se les impondrán, si se colocan del bando secesionista, es una
obviedad irrefutable, que podría frenar considerablemente su participación en
los hechos.
Reafirmando de manera permanente sus planteamientos
iníciales, los líderes catalanes parecen haber olvidado que las Naciones se
nutren de personas físicas, cuyo derecho inalienable a vivir, habría que
garantizar con algo más que palabras que casi siempre suele llevarse el viento
y que el sueño del independentismo que albergan y por el que luchan
legítimamente, no puede componerse únicamente de enfatizados mensajes salidos
del corazón, pues la existencia real de esos millones de ciudadanos que ahora
marchan detrás de las banderas, constituye la única baza que finalmente
permitirá el triunfo o el fracaso futuro de todas las historias y también de
ésta.
Pero el tiempo corre inexorablemente sin que las
explicaciones pertinentes aclaren un panorama al que ensombrece este
inexplicable silencio y todos aquellos que por su situación profesional o
pasiva, como es el caso de los pensionistas, resultan ser directamente
dependientes de las Arcas del Estado español, continúan sin conocer a qué se
enfrentarán, si el movimiento secesionista es implantado después del primero de
Octubre y sobre todo, quién se hará cargo de pagar sus salarios.
La perspectiva, por mucho que se quiera endulzar con
reclamaciones de voto y libertad, no puede ser más desesperanzadora, pues las
declaraciones institucionales de los líderes catalanes jamás hacen referencia a
estas cuestiones de crucial importancia para un buen número de gente, como si
el guión establecido no contemplara otra cosa que el deseo irrefrenable de ser
Nación, aún a costa de perjudicar gravemente a ciertos colectivos
imprescindibles para que cualquier país funcione, viejo o nuevo.
Tampoco el gobierno español quiere hablar del asunto y no
sabe o no quiere hacer otra cosa, que apelar a una legalidad, rechazada
reiteradamente por los otros actores del conflicto.
No quisiera yo estar en el pellejo de esos mossos, ni tener
que tomar la decisión que de ellos exigen ambas partes, pues hagan lo que
hagan, el perjuicio está asegurado para ellos.
Verán, los ciudadanos no somos muñecos de los que tirar hasta
romperlos, ni entes sin corazón, a los que tratar de manejar, según soplen los
vientos. Somos mucho más y apelar a nuestra importancia cuando conviene, para
renegar de nosotros cuando seguimos el camino que marca nuestra propia
conciencia, resulta ser abominable en todos los casos y un intento de
manipulación descarada, inadmisible desde todos los ángulos.

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