Por si no bastara con los
conflictos que está generando el problema de Cataluña y la encarnizada
batalla que mantienen sus principales actores, en esta interminable trama
cargada de provocaciones continuas y descalificaciones medidas milimétricamente
con el único objetivo de desafiar la opinión del contrario, a la multitud de
adeptos que ha conseguido atraer a su causa el bloque independentista, ha
empezado a sumarse hoy, en varias ciudades del país, una serie de espontáneos
admiradores de las fuerzas de refuerzo asignadas a su nuevo destino y que
portando la bandera española y al grito de “a por ellos”, han copado los bordes
de las carreteras por las que transitaban los vehículos policiales que se
dirigían a Cataluña, haciendo gala de un nacionalismo español, que curiosamente
había pasado, al menos hasta ahora, bastante inadvertido.
Mucho han tardado, a tenor de cómo se están desarrollando los
acontecimientos estos últimos días, en producirse esta respuesta, pues la
exaltación de los ánimos y el empeño en arengar a las masas que unos y otros
llevan poniendo sobre el tapete desde hace bastante tiempo, no podía, sino
terminar generando un enfrentamiento real entre ciudadanos corrientes, a los
que resulta fácil despertar un patrioterismo barato que afortunadamente
permanecía en ellos dormido y sólo hace
falta inyectar ciertas dosis de victimismo que unida a la sensación de que se
está atacando a la tierra a la que uno por nacimiento pertenece y por la que siente querencia, para desatar
una corriente de indignación colectiva y el deseo de aplastar a quiénes
aparentemente tanto nos desprecia, quizá porque aún no sabemos medir, hasta
dónde son capaces de llegar los políticos.
Este incomprensible rencor que se está instalando entre gente
que hasta hace bien poco gozaba de un clima de cordialidad en su convivencia, es
el fruto que es están empezando a recoger los lideres catalanes y españoles,
que durante años se han dedicado a sembrar semillas de tensión y nerviosismo
que sobrevaloraban la importancia de nuestras diferencias, creando un monstruo de
incomprensión que ahora no saben
cómo dominar y que sobrevuela a diario sobre nuestras cabezas, alimentado por
la gravedad de los últimos acontecimientos.
Esta exagerada exaltación de un patrioterismo trasnochado que
huele de lejos a un cerrilismo que hace
gala de su ignorancia, envolviéndola en símbolos y banderas y que se distancia
a marchas forzadas de la posibilidad de
un entendimiento razonado a través del diálogo y la diplomacia que hacen
grandes a los pueblos, parece, como sacado de una ilustración decimonónica
deteriorada por el paso del tiempo y que no encaja con la visión de
universalidad que debiera mover a los individuos del siglo XXI, como si las
lecciones que nos diera anteriormente la Historia, hubieran caído en un saco
roto que nos hace partícipes de un incomprensible retroceso.
Cansados de clamar por el entendimiento que facilite la
convivencia y la paz entre catalanes y españoles, los que tenemos aún la suerte
de no haber caído en las provocaciones que se nos dirigen desde los púlpitos
que secuestran nuestra voluntad verdadera, encontramos ante nuestros ojos un
panorama desolador, que mata lentamente los principios en los que creímos y por
los que luchamos, durante los cuarenta años en los que se nos impuso un
pensamiento único, teóricamente, idílico y perfecto.
Si no asumimos pronto, cada cual, nuestros propios errores y
continuamos culpabilizando de todo cuanto ocurre siempre al contrario, sin oír
siquiera sus argumentos, nos convertiremos en presa fácil de una alienación
colectiva, que no puede, sino terminar generando una violencia incontrolada que
desgraciadamente, irá en aumento.
Hablar es el camino y es sencillo, si se pone energía en el
asunto y se admite, por ambas partes, que no existe el Estado perfecto. Obtener
y ceder y sobre todo, abandonar esta línea obtusa que mueve al enfrentamiento entre los
ciudadanos, con urgencia, buscando entre todos una solución que palie las
heridas que nos están abriendo, puede que para siempre, esos mismos a los que
debemos, entre otras muchas cosas, la delicadísima situación económica y social
a la que nos han llevado con sus métodos.
Pero esa es otra historia, aunque parezca que ha desaparecido
de nuestras vidas, de momento.

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