A sólo un mes de la celebración programada por la Generalitat
para el Referéndum catalán, el Presidente Mariano Rajoy mantiene un silencio desesperanzador sobre el tema, que crispa las
conciencias de los ciudadanos provocando en ellos una sensación de estar siendo
gobernados por un perfecto inútil, incapaz de afrontar cualquier problema que
lo aparte de la senda marcada para nosotros por Europa, a la que poco o nada
preocupa lo que ocurra en una parte de la península.
A día de hoy, no sabemos qué clase de medidas se tomarán, de
continuar el desafío independentista, al que Rajoy suele referirse sólo de
pasada y siempre apelando a unas leyes, que naturalmente, pueden dejar de
cumplirse y por supuesto, sin aclarar hasta dónde está dispuesto a llegar si
esto finalmente se produjera, ni si se
atreverá o no a retirar la Autonomía a los catalanes, lo que seguramente provocaría una oleada a favor de la causa que defienden quiénes se
verían obligados a pasar a una clandestinidad, nada deseada en cualquier estado
democrático que se precie.
Muchas ideas se le han ofrecido con buena voluntad al
Presidente, desde otras Formaciones políticas, en relación con este asunto y
todas han sido inmediatamente rechazadas en pos de ese patrioterismo barato que
suele exhibir el PP y que no es más que una clase de nacionalismo españolista
semi encubierto, siendo la única verdad, que desde el principio el problema
catalán le ha venido demasiado grande a Rajoy, quizá por encontrarse demasiado
ocupado con intentar salir airoso de las
gravísimas sospechas de corrupción que le persiguen de manera permanente y
también, porque mal asesorado, no ha hecho otra cosa que minimizar una idea
profundamente arraigada en Cataluña, que ha terminado, gracias a la mala
gestión del Gobierno, por rebasar con creces todas las previsiones que se
tenían sobre ella, hace solo unos cuantos años.
La incógnita de lo que hará Rajoy, si como todo parece
indicar se acaba celebrando un Referendum, legal o no, pero sumamente
indicativo de lo que se cuece en el corazón de Cataluña, pesa como una losa, no
sólo entre la gente de a pie, sino muy especialmente entre los Partidos que
conforman el arco parlamentario y que no saben muy bien a qué carta quedarse,
pues es imposible luchar contra lo que no se conoce, aunque se intuya una
catástrofe de dimensiones imprevisibles.
Y no basta con criticar cada cosa que ocurre, ni gritar a los
cuatro vientos que la Generalitat está siendo secuestrada por radicales
extremistas, pues aunque fuera cierto, continuaríamos enfrentándonos a un
problema que exigiría igualmente una solución, que a ser posible devolviera la
tranquilidad, no sólo a los ciudadanos españoles, sino muy especialmente a los
catalanes, que se encuentran directamente en una disyuntiva muy difícil de
resolver, pues seguramente se estarán planteando en qué lado de la balanza se
encontrará, después del primero de Octubre, la legalidad para ellos y a quiénes
obedecer, si se establece una lucha abierta de poderes, entre estos dos bandos
irreconciliables.
Creo, sinceramente, que todos merecemos algo mucho mejor, o
al menos, que se nos informe debidamente de la hoja de ruta que se ha pensado
en recorrer, pues el barco está a punto de zarpar sin que conozcamos, ni
siquiera su punto de destino.
Como saben, siempre estuvimos a favor de la celebración de un
Referendum legal en Cataluña, que esclarezca las posturas de una vez para
siempre y que potencie, al menos, un diálogo continuado entre poderes que a día
de hoy no sólo resulta ser inexistente, sino que nos ha llevado a una situación
de alerta continua, que no preludia buenos tiempos, ni para unos, ni para los
otros.
La grandeza de la Democracia, que está en dejar expresarse
libremente a los pueblos, se ha convertido en una pantomima carente de sentido,
en un pulso entre dos clases de nacionalismos exacerbados incapaces de ceder un
ápice en sus posiciones de fuerza y en una muestra inapelable de ineptitud, por
parte de un Gobierno que no merece continuar ejerciendo, a la vista de su
incapacidad para solucionar nada de lo que sucede a su alrededor, sino es por
medio de la fuerza.
A Rajoy, se le está acabando el tiempo y ese tic tac que
mencionara Pablo Iglesias hace unos meses, se ha convertido en el único sonido
perceptible cercano a él. Duele y mucho, este inexplicable y largo silencio.

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