Imprescindible, ver los programas de Jordi Évole, en La
Sexta, sobre los motivos que están potenciando un giro masivo del voto hacia la
ultraderecha y poner atención a los argumentos que esgrimen los participantes que explican, con meridiana claridad, que la
indignación puede ser un arma de doble filo que mal encauzada, suele acabar por
segar de raíz el rumbo de una buena parte de los países de la tierra, volviendo
a traer hasta nosotros aquel ideario atroz que se instaló en el corazón de
Europa durante los años del fascismo y que creímos haber superado tras el
desenlace de la segunda guerra mundial, en la que se perdieron millones de
vidas y no sólo por causas debidas a la contienda.
Un racismo atroz, que ni siquiera es reconocido abiertamente
por las personas que se han votado a Trump o por los que apoyan a personajes
como Le Penn, se ha ido colando por las grietas que han abierto las políticas
de exagerados recortes practicadas globalmente en los últimos años, centrándose
muy especialmente en la comunidad musulmana, que está pagando además,
injustamente, el precio de las masacres cometidas por los atentados
extremistas, alrededor de todo el mundo.
Condenados a la marginación y teniendo que soportar a diario
la ira incontrolada de muchos de los oriundos de los países en los que se han
ido asentando a lo largo de mucho tiempo, los musulmanes de hoy, son
comparativamente hablando, los judíos que después fueron sacrificados por el
fascismo en aquellos campos de exterminio y la excusa fácil que sirve a los populismos ultraconservadores, para
arengar a las masas, atrayéndolas a la idea de una vuelta a un nacionalismo
exacerbado, en el que no cabe la presencia de extranjeros en general y cuyo
discurso recuerda peligrosamente al que lanzaron en su momento, Hitler o
Mussolini.
Lo que ocurre es que oyendo hablar a la gente que ha
intervenido en los programas de Évole, uno se da inmediatamente cuenta de que
cualquiera de ellos podría perfectamente ser su vecino y que no se trata en absoluto,
de militantes tradicionales en movimientos de extrema derecha, sino de un conjunto de personas corrientes
pertenecientes a todos los ámbitos de nuestra sociedad, que por razones
diversas, deciden canalizar su miedo a la inestabilidad económica actual,
encontrando refugio en quiénes les prometen un modo de subsistencia autóctono,
libre de incómodos advenedizos que les resten oportunidades a la hora de
encontrar trabajo o que por tener costumbres distintas, ensombrezcan el
apacible panorama de las ciudades que ellos habitan y que consideran sólo
suyas.
Es ésta una indignación, bien diferente a la que se ha venido
dando, por ejemplo, en Grecia o España y aunque los políticos tradicionales se
empeñen en querer igualar por todos los medios posibles ambos movimientos, está
claro que difieren significativamente, no sólo en sus primeros planteamientos,
sino muy fundamentalmente, en las soluciones que ofrecen para poder superar los
terribles efectos de la crisis y sobre todo, en la naturaleza de sus ideologías.
Porque tratar comparar
a Le Penn o Trump, pongo por caso, con Xipras o con Iglesias, resulta ser ya
desde el principio un argumento del todo insostenible y no únicamente porque
los primeros pertenezcan definitivamente al pensamiento que corresponde enteramente
al de la extrema derecha y los segundos, simplemente, al de la izquierda
tradicional, sino también, porque su manera de actuar en la cotidianidad y por el cambio de modelo de sociedad que
proponen, podría considerárseles enemigos irreconciliables, en el fondo y en
las formas.
Lo triste es, que en pleno siglo XXI, aún queden personas
incapaces de reconocer los modelos que nos llevaron directamente a un conflicto
mundial de imperdonables consecuencias y que se dejen arrastrar mansamente por
las enardecidas soflamas de quiénes podrían ser considerados como los herederos
del nazismo, sin reconocer en ningún momento que este tipo de situación ya se
vivió, trajo las consecuencias que trajo y costó un elevado número de vidas,
hasta poder deshacerse de ella.
Desolador, oír a franceses y americanos defender la
radicalidad extrema de estos carpetovetónicos populistas modernos, sin
comprender que ese mismo fanatismo, cuando es aplicado por quiénes pertenecen a
otras culturas distintas, se denomina terrorismo y es castigado, como no podría
ser de otra manera, por la Ley, con extrema dureza.
La obligación de reflexionar que se impone para los actuales
líderes europeos es incuestionable tras el visionado de estos programas, pues
no tardará el momento en que haya que defender con uñas y dientes el concepto
de Democracia, como tal y ya no valdrá como excusa, decir que les ha pillado
por sorpresa.

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