lunes, 3 de abril de 2017

Retornando al pasado


Imprescindible, ver los programas de Jordi Évole, en La Sexta, sobre los motivos que están potenciando un giro masivo del voto hacia la ultraderecha y poner atención a los argumentos que esgrimen los participantes  que explican, con meridiana claridad, que la indignación puede ser un arma de doble filo que mal encauzada, suele acabar por segar de raíz el rumbo de una buena parte de los países de la tierra, volviendo a traer hasta nosotros aquel ideario atroz que se instaló en el corazón de Europa durante los años del fascismo y que creímos haber superado tras el desenlace de la segunda guerra mundial, en la que se perdieron millones de vidas y no sólo por causas debidas a la contienda.
Un racismo atroz, que ni siquiera es reconocido abiertamente por las personas que se han votado a Trump o por los que apoyan a personajes como Le Penn, se ha ido colando por las grietas que han abierto las políticas de exagerados recortes practicadas globalmente en los últimos años, centrándose muy especialmente en la comunidad musulmana, que está pagando además, injustamente, el precio de las masacres cometidas por los atentados extremistas, alrededor de todo el mundo.
Condenados a la marginación y teniendo que soportar a diario la ira incontrolada de muchos de los oriundos de los países en los que se han ido asentando a lo largo de mucho tiempo, los musulmanes de hoy, son comparativamente hablando, los judíos que después fueron sacrificados por el fascismo en aquellos campos de exterminio y la excusa fácil que sirve a  los populismos ultraconservadores, para arengar a las masas, atrayéndolas a la idea de una vuelta a un nacionalismo exacerbado, en el que no cabe la presencia de extranjeros en general y cuyo discurso recuerda peligrosamente al que lanzaron en su momento, Hitler o Mussolini.
Lo que ocurre es que oyendo hablar a la gente que ha intervenido en los programas de Évole, uno se da inmediatamente cuenta de que cualquiera de ellos podría perfectamente ser su vecino y que no se trata en absoluto, de militantes tradicionales en movimientos de extrema derecha, sino de  un conjunto de personas corrientes pertenecientes a todos los ámbitos de nuestra sociedad, que por razones diversas, deciden canalizar su miedo a la inestabilidad económica actual, encontrando refugio en quiénes les prometen un modo de subsistencia autóctono, libre de incómodos advenedizos que les resten oportunidades a la hora de encontrar trabajo o que por tener costumbres distintas, ensombrezcan el apacible panorama de las ciudades que ellos habitan y que consideran sólo suyas.
Es ésta una indignación, bien diferente a la que se ha venido dando, por ejemplo, en Grecia o España y aunque los políticos tradicionales se empeñen en querer igualar por todos los medios posibles ambos movimientos, está claro que difieren significativamente, no sólo en sus primeros planteamientos, sino muy fundamentalmente, en las soluciones que ofrecen para poder superar los terribles efectos de la crisis y sobre todo, en la naturaleza de sus ideologías.
Porque tratar  comparar a Le Penn o Trump, pongo por caso, con Xipras o con Iglesias, resulta ser ya desde el principio un argumento del todo insostenible y no únicamente porque los primeros pertenezcan definitivamente al pensamiento que corresponde enteramente al de la extrema derecha y los segundos, simplemente, al de la izquierda tradicional, sino también, porque su manera de actuar en la cotidianidad y  por el cambio de modelo de sociedad que proponen, podría considerárseles enemigos irreconciliables, en el fondo y en las formas.
Lo triste es, que en pleno siglo XXI, aún queden personas incapaces de reconocer los modelos que nos llevaron directamente a un conflicto mundial de imperdonables consecuencias y que se dejen arrastrar mansamente por las enardecidas soflamas de quiénes podrían ser considerados como los herederos del nazismo, sin reconocer en ningún momento que este tipo de situación ya se vivió, trajo las consecuencias que trajo y costó un elevado número de vidas, hasta poder deshacerse de ella.
Desolador, oír a franceses y americanos defender la radicalidad extrema de estos carpetovetónicos populistas modernos, sin comprender que ese mismo fanatismo, cuando es aplicado por quiénes pertenecen a otras culturas distintas, se denomina terrorismo y es castigado, como no podría ser de otra manera, por la Ley, con extrema dureza.
La obligación de reflexionar que se impone para los actuales líderes europeos es incuestionable tras el visionado de estos programas, pues no tardará el momento en que haya que defender con uñas y dientes el concepto de Democracia, como tal y ya no valdrá como excusa, decir que les ha pillado por sorpresa.



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