Mucho le ha costado a Esperanza Aguirre presentar una
dimisión que los acontecimientos reclamaban desde hace bastante tiempo y más
aún, tener que hacerlo obligatoriamente y acosada por quiénes ahora lideran el
que ha sido su Partido desde el inicio de su carrera política y con los que ha
mantenido en casi todas las ocasiones, unas profundas discrepancias ideológicas
que le han acarreado enemistades irreconciliables que sólo han podido
solucionarse tras hacerse públicos los presuntos delitos de corrupción
cometidos, por casi todos los que formaron desde siempre, su círculo.
Acostumbrada a no perder y a contar con una notoriedad del
estilo de lo que ella misma llamaría, de verlo en otros, populismo barato, Aguirre,
que se alzó por primera vez con el triunfo en Madrid, a causa del ya famoso
Tamayazo, había creado alrededor de sí misma una leyenda de inmortalidad, a la
que han ayudado durante muchos años una buena parte de los madrileños, con sus
votos, justo hasta que empezaron a conocerse las irregularidades que se estaban
cometiendo entre sus incondicionales y
que hasta ahora, pasaban sin rozarla, como si poseyera la receta de un hechizo que la libraba milagrosamente de
todos los peligros.
Convertida en un icono del PP, por los resultados que ha
reportado muchas veces a su Partido y perteneciente sin reservas al ala más
conservadora del mismo, las cosas empezaron a torcerse a nivel nacional, en el
mismo momento en que Mariano Rajoy fue designado por José María Aznar como su
sucesor y empezó a verse que el gallego no sólo tenía sus propias ideas, sino
que se hallaba dispuesto a llevarlas a la práctica, apartándose del camino que
para él habían marcado con precisión su antecesor y cuántos le profesaban
lealtad incondicional, como era el caso de la ex Presidenta.
Muchos han sido los enfrentamientos directos que Aguirre se
ha atrevido a tener con Rajoy, aunque nunca hayan sido directamente
respondidos, quizá por pecar el gallego de extrema prudencia o quizá porque la
táctica del actual Presidente siempre fue la de sentarse a esperar a que el
cadáver de sus enemigos políticos más directos pasaran delante de su puerta,
sin tener que enredarse en absurdas polémicas de las que seguramente no estaba preparado para salir, pues es bien
cierto que nunca fue lo dócil que esperaba su antecesor, para seguir mandando
en la sombra, en los destinos de su amada patria.
Impávida ante las críticas de una oposición que ha podido
llegar a ser en muchos casos durísima en los comentarios vertidos contra la ex
Presidenta y experta en la manipulación de las dificultades que la han
acompañado durante su largo recorrido
político, Aguirre ha sabido ir bandeando los peligrosísimos juegos que se
urdían a su alrededor, empleando mil y una estrategias de camuflaje que la
habían convertido en una especie de intocable del panorama político español y
en un pilar conservador resistente a cualquier tipo de temporal desatado, no
sólo en la Comunidad que regentó, sino a nivel nacional, sin que nada ni nadie
consiguiera arrebatarle un liderazgo que ya resultaba imposible de mantener,
pero que permanecía inamovible.
Esta obligada dimisión de hoy, erradica cualquier posibilidad
de organizar esa marcha ostentosa y teatralmente organizada que sin duda ella
hubiera preferido y la arroja indefectiblemente a la nada por la puerta de
atrás y con la sombra terrible de la sospecha apuntándole directamente a la
nuca, como último y principal eslabón de esa gruesa cadena de corrupción que se
había formado en el PP de la Comunidad de Madrid, ante los ojos mismos de la
que fuera su Presidenta.
Sin honores y con cierto desdoro, alimentado por el acoso de
la feroz oposición que exige que la investigación continúe mas allá de la trama
supuestamente organizada por Gónzalez y Granados y empujada directamente al
abismo por la prisa incontrolada de sus propios
y más ilustres compañeros, Aguirre es arrojada al vacio sin
contemplaciones y abandonada a una
terrible soledad, a la que no está nada acostumbrada, pues siempre le ha
encantado ser la reina de todas las fiestas.
Su dimisión, que es una gran noticia no sólo para los que
nunca comulgamos con sus recalcitrantes principios, sino que libra de una
pesada losa a un Rajoy que ni siquiera se ha dignado a comentar el
acontecimiento, resulta ser además, el principio de un arduo camino futuro para
la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid, lejos ahora de toda
protección de los suyos y sobre todo, del escudo de su aforamiento.
Malos tiempos esperan a Aguirre sin los apoyos con los que creyó
contar y sin la influencia de que anteriormente gozaron todos los que con ella,
defendieron un mismo pensamiento.
Caer en desgracia y dejar de ser, forzada por la situación,
el foco de atención de todos los medios, seguramente será la peor penitencia que
haya tenido que soportar Esperanza Aguirre, en todos sus años de vida.
A veces, a los ciudadanos, se nos brinda un motivo inesperado
que nos permite creer que existe la
justicia.

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