lunes, 24 de abril de 2017

Hasta el último aliento


Mucho le ha costado a Esperanza Aguirre presentar una dimisión que los acontecimientos reclamaban desde hace bastante tiempo y más aún, tener que hacerlo obligatoriamente y acosada por quiénes ahora lideran el que ha sido su Partido desde el inicio de su carrera política y con los que ha mantenido en casi todas las ocasiones, unas profundas discrepancias ideológicas que le han acarreado enemistades irreconciliables que sólo han podido solucionarse tras hacerse públicos los presuntos delitos de corrupción cometidos, por casi todos los que formaron desde siempre, su círculo.
Acostumbrada a no perder y a contar con una notoriedad del estilo de lo que ella misma llamaría, de verlo en otros, populismo barato, Aguirre, que se alzó por primera vez con el triunfo en Madrid, a causa del ya famoso Tamayazo, había creado alrededor de sí misma una leyenda de inmortalidad, a la que han ayudado durante muchos años una buena parte de los madrileños, con sus votos, justo hasta que empezaron a conocerse las irregularidades que se estaban cometiendo entre sus  incondicionales y que hasta ahora, pasaban sin rozarla, como si poseyera la receta de un  hechizo que la libraba milagrosamente de todos los peligros.
Convertida en un icono del PP, por los resultados que ha reportado muchas veces a su Partido y perteneciente sin reservas al ala más conservadora del mismo, las cosas empezaron a torcerse a nivel nacional, en el mismo momento en que Mariano Rajoy fue designado por José María Aznar como su sucesor y empezó a verse que el gallego no sólo tenía sus propias ideas, sino que se hallaba dispuesto a llevarlas a la práctica, apartándose del camino que para él habían marcado con precisión su antecesor y cuántos le profesaban lealtad incondicional, como era el caso de la ex Presidenta.
Muchos han sido los enfrentamientos directos que Aguirre se ha atrevido a tener con Rajoy, aunque nunca hayan sido directamente respondidos, quizá por pecar el gallego de extrema prudencia o quizá porque la táctica del actual Presidente siempre fue la de sentarse a esperar a que el cadáver de sus enemigos políticos más directos pasaran delante de su puerta, sin tener que enredarse en absurdas polémicas de las que seguramente  no estaba preparado para salir, pues es bien cierto que nunca fue lo dócil que esperaba su antecesor, para seguir mandando en la sombra, en los destinos de su amada patria.
Impávida ante las críticas de una oposición que ha podido llegar a ser en muchos casos durísima en los comentarios vertidos contra la ex Presidenta y experta en la manipulación de las dificultades que la han acompañado  durante su largo recorrido político, Aguirre ha sabido ir bandeando los peligrosísimos juegos que se urdían a su alrededor, empleando mil y una estrategias de camuflaje que la habían convertido en una especie de intocable del panorama político español y en un pilar conservador resistente a cualquier tipo de temporal desatado, no sólo en la Comunidad que regentó, sino a nivel nacional, sin que nada ni nadie consiguiera arrebatarle un liderazgo que ya resultaba imposible de mantener, pero que permanecía inamovible.
Esta obligada dimisión de hoy, erradica cualquier posibilidad de organizar esa marcha ostentosa y teatralmente organizada que sin duda ella hubiera preferido y la arroja indefectiblemente a la nada por la puerta de atrás y con la sombra terrible de la sospecha apuntándole directamente a la nuca, como último y principal eslabón de esa gruesa cadena de corrupción que se había formado en el PP de la Comunidad de Madrid, ante los ojos mismos de la que fuera su Presidenta.
Sin honores y con cierto desdoro, alimentado por el acoso de la feroz oposición que exige que la investigación continúe mas allá de la trama supuestamente organizada por Gónzalez y Granados y empujada directamente al abismo por la prisa incontrolada de sus propios  y más ilustres compañeros, Aguirre es arrojada al vacio sin contemplaciones y abandonada a   una terrible soledad, a la que no está nada acostumbrada, pues siempre le ha encantado ser la reina de todas las fiestas.
Su dimisión, que es una gran noticia no sólo para los que nunca comulgamos con sus recalcitrantes principios, sino que libra de una pesada losa a un Rajoy que ni siquiera se ha dignado a comentar el acontecimiento, resulta ser además, el principio de un arduo camino futuro para la que fuera Presidenta de la Comunidad de Madrid, lejos ahora de toda protección de los suyos y sobre todo, del escudo de su aforamiento.
Malos tiempos esperan a Aguirre sin los apoyos con los que creyó contar y sin la influencia de que anteriormente gozaron todos los que con ella, defendieron un mismo pensamiento.
Caer en desgracia y dejar de ser, forzada por la situación, el foco de atención de todos los medios, seguramente será la peor penitencia que haya tenido que soportar Esperanza Aguirre, en todos sus años de vida.
A veces, a los ciudadanos, se nos brinda un motivo inesperado que nos permite creer  que existe la justicia.



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