Recuerdo que la primera vez que vi el Guernica de Picasso, me
recorrió un sobrecogimiento especial que provocó una paralización total de mis
sentidos, sin dejarme apartar los ojos de aquel blanco y negro rotundo que
reflejaba toda la crudeza de una guerra que nunca debió empezar y el
sufrimiento atroz que provocó entre las personas que habitaban este país y que
en muchos casos, continúa, por la manera en que se ha tratado hasta ahora, el
honor y la memoria de los vencidos en la contienda.
Puedo afirmar sin reservas, que ha sido y sigue siendo el cuadro que más me ha
impresionado en mi vida y que a pesar de haber vuelto a verlo muchas veces, continúa teniendo para mí unas connotaciones
especiales que me hacen descubrir nuevos sentimientos siempre que lo miro.
Es esta una pintura que no solo llega al corazón, sino que a
pesar de haber transcurrido ochenta años de aquel terrible bombardeo, sigue
teniendo una vigencia tal, que cada una de esas imágenes que hacen de su relato casi una epopeya, bien podrían
trasladarse al día de hoy, sólo con cambiar el nombre del país en el que
aconteció y los rasgos físicos de la gente que en él aparece.
Cualquiera de los símbolos representados por ese juego de
luces y sombras que concluye en un gris oscuro que inunda la mirada de los
espectadores, hallaría una
correspondencia segura en el mundo que nos rodea y no habría que viajar muy
lejos para encontrar el mismo dolor que refleja el cuadro en toda su extensión
y la misma crudeza que se mantiene intacta en la actualidad, por ejemplo, en
los campos de refugiados en que se hacinan cientos de miles de protagonistas
similares a los que pintó el Maestro, o en la desolación total en que ha
quedado Siria.
Todos y cada uno de nosotros deberíamos ver este cuadro, al
menos una vez en la vida, pues aunque hayamos tenido delante reproducciones en
mil ocasiones, la inmensidad de su tamaño y los muchos bocetos que hizo Picasso
y que se exponen en la misma sala, atrapando a quiénes llegan allí, sin que
puedan escapar de su mágico hechizo, no debiéramos dejar pasar la ocasión de
contemplarlo in situ, incluso aunque nunca nos haya interesado este tipo de
arte y Picasso no sea un pintor que nos seduzca especialmente.
El Guernica, no es un cuadro más, es España y los que la
habitamos, retratada milimétricamente
por un ojo observador que plasma a la perfección nuestros innumerables
defectos. La soberbia que invade a los vencedores y su insidiosa persistencia
en asolar hasta el más mínimo detalle que pueda ofrecer algún tipo de esperanza
a los vencidos. Las dos Españas, perfectamente definidas, como no se había
hecho desde que Goya pintara aquel “A garrotazos”, que sería también un fiel
reflejo de nuestra idiosincrasia particular, que no somos capaces de corregir,
por mucho tiempo que transcurra.
Y es también, el grito desgarrado de los que claman a diario
contra los horrores de todas las guerras y que es lo único que purifica el aire
viciado que nos obligan a respirar todos aquellos que continúan viendo en el
belicismo moderno o tradicional, la única salida para solucionar los
conflictos.
Es la razón, contra la fuerza bruta de la violencia, que
convierte a los seres humanos en bestias irracionales capaces de cometer esta
clase de imperdonables atropellos y el ruego desesperado de los que deseamos la
paz y que no somos capaces de comprender como la inteligencia humana no ha
podido ser aún capaz de superar sus
ansias de aniquilación de individuos de su propia especie.
En este aniversario que se cumple, contemplar El Guernica, podría ser una manera de
reflexionar profundamente sobre las actitudes del mundo moderno y un modo de
analizar en detalle, los errores mil veces repetidos que nos han llevado hasta
dónde nos encontramos y que ha costado tantos y tan inútiles sufrimientos a los
hombres, sin que hayan podido dejar atrás, sus ansias incontrolables de
dominio.
Mírenlo, desde el corazón, no se puede buscar en otro sitio
para verlo y déjenlo fluir en ustedes, libremente, tal como fue pintado por su
autor, que seguramente ni siquiera se daba cuenta de la impresión que causaría
mucho después de que él mismo hubiera muerto.

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