Cada vez que Miguel Rufián (ERC) toma la palabra en el
Parlamento, se produce una especie de terremoto entre las filas conservadoras,
por la contundencia de su lenguaje, que parece haber llegado a su cenit,
después de la última intervención del catalán, al que tachan de haber perdido
el decoro que según ellos resulta ser imprescindible, cuando se ocupa un
asiento en el Hemiciclo.
No es la primera vez que los populares atacan por el fondo y
por las formas, a los diputados procedentes de la izquierda, a los que afean y
no sólo con sus gestos al cruzarse con ellos, que hagan uso continuo del idioma
tal como cualquiera de nosotros lo emplearía en la calle y hasta de cómo visten
o se peinan sus señorías, pues deben pensar que el Parlamento es una especie de
fiesta de sociedad, a la que es imprescindible acudir perfectamente engalanado,
hasta el último detalle, en el atuendo.
Debe ser que al vivir en esa especie de burbuja que se han
creado para uso y disfrute propio, hace
tiempo que perdieron el contacto físico con la gente corriente y que cualquier
cosa que les recuerde que existe otro tipo de vida fuera del ámbito que ellos
frecuentan, les produce terror, quizá
porque sienten amenazados sus privilegios, por estos Partidos de nuevo cuño,
liderados por jóvenes rebeldes y descarados, a los que no les importa expresar
con toda libertad su opinión, llamando a las cosas por su nombre y sin ningún
recato al emplear determinadas palabras que por supuesto, incluye el
Diccionario y cuyo uso es en definitiva mucho más impactante, que el discurso
remilgado y decimonónico que suelen emplear los populares, empezando por el
Presidente.
Llamar al orden a quiénes se atreven a utilizar estas
alocuciones, para reclamarles comedimiento, cuando todos sabemos a ciencia
cierta qué clase de individuos han llegado a ocupar un escaño en el Parlamento
y mientras no se admita sin tapujos que muchas veces han subido a la Tribuna gente
que después ha sido condenada, pongo por caso, por graves delitos de
corrupción, ha de sonar, necesariamente, como un insulto a la inteligencia de
los ciudadanos y también como una esperpéntica pantomima, sobre todo porque
proviene de un Partido, que no puede precisamente sentirse orgulloso del decoro
que exhiben algunos de sus miembros.
Puede que Rufián se exceda en los términos o que Podemos lo
haya hecho en alguno de sus gestos, pero al menos se puede afirmar que hasta el
momento, no hay en sus filas sospechosos o culpables de ningún delito.
Y puede, que la estética desenfadada que define a estos
nuevos políticos, choque frontalmente con el engominado estereotipo que suelen
adoptar los ilustres miembros del Partido Popular, que no suelen acudir a
vestirse precisamente a los Grandes almacenes y cuyas corbatas, con toda seguridad,
deben valer incluso más que el vestuario al completo de Pablo Iglesias, por
ejemplo, pero todos sabemos, que lo verdaderamente importante estriba en otras
muchas y evidentes diferencias.
Porque sinceramente, a nosotros nos da exactamente igual que
nuestros diputados acudan a su lugar de trabajo en pijama, si les apeteciera, o
si son capaces de llamar gánster a
alguno de sus compañeros, porque lo que reclamamos principalmente de ellos es
honradez y que defiendan con ahínco los intereses de las mayorías, pues para eso fueron elegidos.
Decoro es, acostarse con la conciencia tranquila y estando
seguro de no haber traspasado la línea de la legalidad, en el cumplimiento de
las funciones del cargo que se ocupe y poder caminar con la cabeza bien
alta, sin la desazón de ser en
cualquier momento imputado por algún caso de corrupción en el que se jugó con
dinero perteneciente a las arcas públicas, como tantas veces hemos podido
contemplar en los últimos tiempos.
Y encontrar en la estética una excusa para infravalorar los
valores reales que la gente posee, es, simplemente, una cuestión de pura
idiotez, pues la valía de cada uno suele reflejarse principalmente en sus actos
diarios y no en el precio de sus pantalones o en la melena que luce,
sencillamente, porque le gusta y también, porque está en su derecho.

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