jueves, 6 de abril de 2017

Del decoro y la estética


Cada vez que Miguel Rufián (ERC) toma la palabra en el Parlamento, se produce una especie de terremoto entre las filas conservadoras, por la contundencia de su lenguaje, que parece haber llegado a su cenit, después de la última intervención del catalán, al que tachan de haber perdido el decoro que según ellos resulta ser imprescindible, cuando se ocupa un asiento en el Hemiciclo.
No es la primera vez que los populares atacan por el fondo y por las formas, a los diputados procedentes de la izquierda, a los que afean y no sólo con sus gestos al cruzarse con ellos, que hagan uso continuo del idioma tal como cualquiera de nosotros lo emplearía en la calle y hasta de cómo visten o se peinan sus señorías, pues deben pensar que el Parlamento es una especie de fiesta de sociedad, a la que es imprescindible acudir perfectamente engalanado, hasta el último detalle, en el atuendo.
Debe ser que al vivir en esa especie de burbuja que se han creado  para uso y disfrute propio, hace tiempo que perdieron el contacto físico con la gente corriente y que cualquier cosa que les recuerde que existe otro tipo de vida fuera del ámbito que ellos frecuentan, les produce  terror, quizá porque sienten amenazados sus privilegios, por estos Partidos de nuevo cuño, liderados por jóvenes rebeldes y descarados, a los que no les importa expresar con toda libertad su opinión, llamando a las cosas por su nombre y sin ningún recato al emplear determinadas palabras que por supuesto, incluye el Diccionario y cuyo uso es en definitiva mucho más impactante, que el discurso remilgado y decimonónico que suelen emplear los populares, empezando por el Presidente.  
Llamar al orden a quiénes se atreven a utilizar estas alocuciones, para reclamarles comedimiento, cuando todos sabemos a ciencia cierta qué clase de individuos han llegado a ocupar un escaño en el Parlamento y mientras no se admita sin tapujos que muchas veces han subido a la Tribuna gente que después ha sido condenada, pongo por caso, por graves delitos de corrupción, ha de sonar, necesariamente, como un insulto a la inteligencia de los ciudadanos y también como una esperpéntica pantomima, sobre todo porque proviene de un Partido, que no puede precisamente sentirse orgulloso del decoro que exhiben algunos de sus miembros.
Puede que Rufián se exceda en los términos o que Podemos lo haya hecho en alguno de sus gestos, pero al menos se puede afirmar que hasta el momento, no hay en sus filas sospechosos o culpables  de ningún delito.
Y puede, que la estética desenfadada que define a estos nuevos políticos, choque frontalmente con el engominado estereotipo que suelen adoptar los ilustres miembros del Partido Popular, que no suelen acudir a vestirse precisamente a los Grandes almacenes y cuyas corbatas, con toda seguridad, deben valer incluso más que el vestuario al completo de Pablo Iglesias, por ejemplo, pero todos sabemos, que lo verdaderamente importante estriba en otras muchas y evidentes diferencias.
Porque sinceramente, a nosotros nos da exactamente igual que nuestros diputados acudan a su lugar de trabajo en pijama, si les apeteciera, o si son  capaces de llamar gánster a alguno de sus compañeros, porque lo que reclamamos principalmente de ellos es honradez y que defiendan con ahínco los intereses de  las mayorías, pues para eso fueron elegidos.
Decoro es, acostarse con la conciencia tranquila y estando seguro de no haber traspasado la línea de la legalidad, en el cumplimiento de las funciones del cargo que se ocupe y poder caminar con la cabeza  bien  alta, sin la desazón de  ser en cualquier momento imputado por algún caso de corrupción en el que se jugó con dinero perteneciente a las arcas públicas, como tantas veces hemos podido contemplar en los últimos tiempos.
Y encontrar en la estética una excusa para infravalorar los valores reales que la gente posee, es, simplemente, una cuestión de pura idiotez, pues la valía de cada uno suele reflejarse principalmente en sus actos diarios y no en el precio de sus pantalones o en la melena que luce, sencillamente, porque le gusta y también, porque está en su derecho.


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