domingo, 16 de abril de 2017

Juegos de guerra


Ataca Donald Trump  Afganistan por sorpresa y utiliza además  una bomba de extraordinario poder, como si quisiera dar al mundo una prueba evidente de su superioridad armamentística sobre los demás, demostrando además que no le temblará el pulso a partir de ahora,  en utilizar cuánto tenga a su alcance, con tal de garantizar a EEUU una supremacía, que pocos se atreverían a  discutir, con argumentos como éste.
Lo hace, a sólo unos días del bombardeo sobre Siria, quizá como respuesta al apoyo que Rusia presta a Al Assad y tensando la cuerda de unas relaciones entre países que podrían retroceder hasta la época de la guerra fría, dando carpetazo a los esfuerzos que todos sus antecesores en el gobierno intentaron hacer, para lograr un acercamiento real entre los dos grandes bloques, que ahora parecen volver a un punto de partida no deseado.
Busca seguramente Trump, que las demás naciones reconozcan que se encuentra dispuesto a todo por defender a su país, haciendo gala de un patriotismo trasnochado que quizá puede convencer a una gran parte del electorado que le votó, pero que sólo transmite desconfianza y temor al resto del mundo, que mira con estupefacción cómo se puede ver envuelto en cualquier momento en un conflicto internacional, de terribles e incalculables consecuencias.
Ninguno de  los líderes mundiales que hemos conocido desde que terminara la segunda guerra mundial, con las luces y las sombras propias de cada uno, se había atrevido nunca llegar tan lejos y menos aún, con esta precipitación en una toma de gravísimas decisiones, que podrían cambiar el rumbo de la Historia, si se convierten en costumbre, como parece que será la tónica, mientras dure el mandato de este particularísimo Presidente.
Europa, contiene la respiración, pues la cercanía del conflicto Sirio es para ella mucho mayor que para USA, aunque sin decidirse a criticar abiertamente estas exageradas muestras de belicismo exacerbado que tanto parecen gustar al nuevo Presidente norteamericano, cuestión que seguramente terminará por pasarle factura en cada uno  los comicios que se celebren a partir de ahora en los países que  forman el Continente y en cuyos resultados tendrán mucho que decir los Partidos pertenecientes a la extrema derecha, cuyo ascenso está siendo verdaderamente estremecedor, en los últimos tiempos.
Le Penn y otros que comparten su ideología y que probablemente apoyan a muerte las acciones de Trump, pues comparten plenamente su declarada xenofobia contra los árabes, no dudarán en capitalizar esta forma de nacionalismo  encubierto, con el argumento de estar defendiendo a los oriundos de sus respectivos países, no sólo de los problemas que a ellos trae la inmigración, sino también de los ataques terroristas que se están cometiendo indiscriminadamente en sus ciudades, sin que se haya encontrado una solución a este problema, por parte de los mandatarios actualmente en el poder.
El inexplicable silencio de la Comunidad sobre el empleo de este tipo de bombas, mientras condenan el supuesto uso de armas químicas por parte de los adeptos al gobierno Sirio, no puede, sino animar a Trump a su utilización, cada vez que lo considere conveniente y aunque las razones que viene dando no resultan para nada convincentes a nivel internacional, sí  que consiguen amedrentar y de qué manera a los pusilánimes líderes europeos, incapaces de criticar abiertamente, la gravedad de estos sucesos.
Ahí tenemos, si no, la reacción de nuestro propio Presidente, que no sólo se aviene a consentir en la participación de la Base de Rota en el bombardeo contra Siria, sino que declara públicamente su apoyo incondicional a quien considera tradicionalmente un aliado, sin percatarse de que la personalidad de Trump  y sus conocimientos sobre  la política y la diplomacia, nada tienen que ver con la de sus antecesores y si no, que se lo pregunten a México o a los latinos que pueblan las ciudades de la poderosa Norteamérica.
Verdad es que puede resultar peligroso contradecir a este personaje recién llegado al mundo de la política internacional, pero es mucho peor, a largo plazo, hacerle creer fielmente que tiene la razón, pues están en juego vidas humanas que a nadie parecen importar y, en definitiva, el futuro de este planeta.
Cada vez que un lunático se  alza con el poder, la humanidad pierde una buena parte de la racionalidad que la caracteriza. Volver a recuperarla, la historia lo ha demostrado fehacientemente, puede costar demasiado tiempo y a veces, los acontecimientos toman una deriva impredecible, que puede conllevar efectos colaterales peores.
Una especie de locura colectiva, parece haberse desatado a nuestro alrededor. Habrá pues, que conservar la cordura intacta y los ideales firmes, o seremos arrastrados por esta marea negra de violencia incontrolada que paraliza nuestras mentes.







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