Con opiniones absolutamente divididas entre los políticos y
los ciudadanos que ocupan nuestro territorio nacional, ETA escenifica un
abandono de las armas, que parece poner fin a casi cincuenta años de atentados
que causaron 829 muertos y un número incalculable de afectados por daños
emocionales, a los que con toda probabilidad, nadie logrará resarcir, aunque
muchos de ellos ya celebraron hace tiempo, el cese de la violencia.
La lista de zulos ofrecida por la organización vasca y el
armamento puesto a disposición de las autoridades francesas, a través de la
intervención de una serie de mediadores internacionales, se toma con cierto
escepticismo por parte del Gobierno español y no complace en absoluto a una
buena parte de los familiares de las víctimas, que han manifestado abiertamente
que sólo se ha entregado una parte del
arsenal que se supone se encuentra en posesión de los etarras y que
podría estar ocultándose, por si fracasara el intento de reincorporarse a la
sociedad, o alguna de las condiciones que veladamente se imponen, como el
acercamiento de sus presos.
Tampoco gusta a las asociaciones de víctimas el hecho de que
aún queden más de doscientos atentados sin resolver y muy fundamentalmente, que
el final de esta operación que se está llevando a cabo, sin la participación
activa de las autoridades españolas, termine por diluirse sin que los que
formaron parte de los comandos y nunca fueron arrestados, puedan obtener una
impunidad que no se correspondería con la naturaleza de sus acciones, ni con
las gravísimas consecuencias que se derivaron de ellas, fundamentalmente para
los que continuaron viviendo en el País vasco, siendo permanentemente acosados
y perseguidos en su rutina diaria, hasta el punto de tener que llevar escoltas
que hasta ahora no han abandonado el ejercicio de sus funciones, tras unos años
del cese de la violencia.
Las opiniones de los
Partidos políticos tampoco son en nada coincidentes y mientras la izquierda y
los independentistas catalanes y vascos celebran esta supuesta rendición,
abogando por una convivencia pacífica que consiga restañar las heridas
provocadas por este larguísimo conflicto que hasta hace bien poco, no parecía
poder llegar a su fin, el Partido Popular y el PSOE, que han sido precisamente
los que más atentados han recibido en sus carnes, tildan de pantomima el acto
de entrega de armas retransmitido ayer y exigen, una rendición incondicional y
una disolución completa, a las que no piensan corresponder en modo alguno,
quizá por temor a las reacciones que pudieran tener los familiares de las
víctimas en cuestión, a los que por cierto, han utilizado muchas veces con fines exclusivamente electorales y que
ahora les empiezan a resultar relativamente molestos, por estropearles un
momento en el que poder afirmar que han conseguido, ellos solos, terminar con
el terrorismo.
Sepultados quedan, ya que nadie se
atreve a hablar de ellos, los múltiples intentos de negociación ocurridos en
total clandestinidad en los últimos años y que han sido, en realidad, artífices
de este final agridulce que ahora vivimos y los esfuerzos aportados por gente
que permanece en el anonimato más absoluto, de una y otra parte, para que
pudiera llegarse a un entendimiento que pusiera punto y final a este terrible
capítulo de nuestra historia más reciente.
La condena por el chiste del
asesinato de Carrero Blanco, la víctima de más relevancia política asesinada
por los etarras, impuesta a una chica
hace sólo unos días, demuestra que aún existen en este país nuestro muchos que
nunca querrán olvidar lo que ocurrió y que el sentimiento de odio que
provocaron los atentados en una buena parte de la sociedad española, permanece
latente, sin que se esté dispuesto a mirar adelante, si no se cumplen
estrictamente los deseos de venganza que permanecen vivos en ellos.
Curiosamente, las cosas cambian y
mucho, en general, cuando se habla de familiares de víctimas de la guerra civil
o de los atentados del 11M, como si el dolor pudiera medirse por diferentes
raseros, según quiénes lo producen y los efectos colaterales sobrevenidos a
personas de una ideología diferente o simplemente, sin ideología alguna,
pudieran ser olvidados con mayor facilidad, estableciendo un espantoso agravio
comparativo, que nadie comprende.
El abandono de las armas, estén todas
o no, permítanme, es un paso adelante que debiera al menos ser considerado como
un avance considerable en este conflicto de larga duración que parecía ser
irresoluble y debiera, al menos, ser tenido en cuenta, en su justa medida, por
este gobierno conservador que siempre abogó por una solución meramente
policial, que no obtuvo nunca los éxitos deseados.
Igual que ocurriera en Irlanda, el
conflicto vasco necesitaba ser resuelto por medio de la negociación y la
diplomacia y efectivamente, el tiempo ha terminado por dar la razón a todos los
que desde el principio defendieron estas vías, para poder alcanzar un acuerdo.
Si a partir de ahora se hacen
concesiones o no, por parte de este Gobierno, seguramente no nos enteraremos y
sólo cabe esperar y desear que el clima de permanente terror en el que
estuvimos viviendo los ciudadanos durante estos años de incontrolado uso de la
violencia, no vuelvan a repetirse jamás.
Eso significará que de una manera u
otra hemos sido capaces de avanzar, unos y otros, en nuestros planteamientos.

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